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Con mi obligación creo que cumplo avisándoos de mis sospechas y rogándoos toméis informes de estos sujetos al alcalde Santillana, que los conoce. A g u a r do con la contestación el conocimiento de lo que he de hacer, que yo, en materia tan dificultosa, no me atrevo a hacer nada por mi propio consejo, y apelo al vuestro. -Guárdeos Dios y os mantenga en salud. -De esta villa en Madrigal a 6 de septiembre de 1595. -El doctor don Luis de Portocarrero. Cerró el alcalde esta carta, y mientras ponía en su nema el sobrescrito, mandó llamar al alguacil Periquete Anguila. Presentóse éste con una celeridad increíble. T r a í a sobre la mejilla izquierda una cataplasma, sujeta por un pañuelo atado por debajo de la barba, y hacía Ja figura m á s risible del mundo. ¿T a n fuerte fué la bofetada- -dijo el alcalde- -que habéis tenido por ella necesidad de medicinas? ¡A h señor! -dijo con voz plañidera Anguila- E l bachiller Corchuelos es muy bruto; me ha echado fuera tres muelas y tengo de alto el carrillo tres dedos; ha lo un milagro que no me mate, señor, y espero que vuestra señoría le eche de M a d r i g a l porque si el bachiller Corchuelos sale a l a calle, soy hombre muerto. -T a n le echaré, que va a ir a contarlo al otro mundo- -dijo el alcalde Portocarrero. A h s e ñ o r! S i vuestra señoría me da licenIcia, le diré que yo no piclo tanto. ¿E s decir que vos le perdonáis por vuestra parte de la pe a de horca en que ha incurrido abofeteando a un ministro de justicia? ¡A h s e ñ o r! P o r mi parte, sí, señor; si basta jado l a pobreza, para vivir humildemente de lo ¡poco que se gana en las pastelería. Esto, caballero, a nadie se lo he dicho mas que a vos, y a m i buen pariente G i l L ó p e z espero, pues, g u a r d a r é i s el secreto. -Tenedlo por cierto; contad con que nada me habéis dicho, y honradme valiéndoos de m í en todo aquello que necesitareis y en que yo os pueda s e r v i r -A l tanto me ofrezco, señor alcalde, en lo poco que valgo y puedo. -Y vos, señora- -dijo el alcalde Portocarrero- no estéis confusa; habéis elegido esposo con vues- tra libre voluntad y se lo habéis sacrificado todo. ¿Y qué sacrificio hay- -dijo Sayda Mirian- que pueda sentirse, si por él se ha alcanzado un buen esposo? -Tenéis razón, señora, y yo os deseo largos años de felicidad. E l alcalde se puso de pie, y Gabriel, M a r í a y; G i l López se levantaron. -V e d ahora que después de conoceros- -dijo el alcalde Portocarrero dando la mano a Gabriel de Espinosa- no sólo no me extraña, sino que creo muy justa vuestra cólera contra el diablo de estudiante que tenemos en la cárcel; le daremos cien azotes, le pondremos a la vergüenza durante ocho ¡ías, dos horas por l a tarde, y le echaremos de Madrigal, contando con el perdón del alguacil abofeteado; porque si éste no perdona, lo sentiré mu- cho, pero ahorco al bachiller. -Deseo que esto no suceda. A h o r a bien; ¿t e- neis algo que mandarme, señor alcalde? -Nada, sino que me tengáis por muy vuestrdj, amigo; y vos, señora, por muy vuestro servidor. -Gracias caballero- -dijo Sayda M i r i a n- si uri día vuelvo a ser lo que he sido, os m o s t r a r é en cuánta estima os tengo. Hacedme ahora l a merced, de decirme vuestro nombre. -E l doctor don Luis de Portocarrero, alcalde de casa y corte. L a despedida se prolongó aún, en un tiroteo de palabras corteses, y, al fin, Gabriel, M a r í a y G i l López salieron acompañados hasta la puerta por el alcalde. Allí hubo otro nuevo combate de cumplimientos.