Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
béseos suaves y los ritmos pausados de los lentos bailes japoneses, muéstranse envueltos en medias, sobre las que pasan unas cintas separando el pulgar de los otros dedos. U n ropaje suntuoso, espeso y blando raso, de un matiz deleitable, bordado y rebordado de flores, de mariposas, de lindas cabanas, de abanicos, se cierra sobre el cuerpecillp casi infantil de la danzarina y, anudándose en la espalda, crea un enorme nudo, cuyas puntas caen pesadamente junto a la mujer. E l rostro de ésta es cual una máscara de yeso y de negra laca. Ningún pensamiento ni pasión alguna parecen existir en aquella cara inmóvil, que no semeja ser de persona humana, sino de algún ente de ensueño, de fiebre o de pesadilla. L a boca, pequeñísima, ova ada, es como de pez; los ojos caen hacia la nariz imperceptible, blanda, hundida en las mejillas. L a tez se redondea como una luna llena y, sobre ella, el negro cabello luce en reluciente peinado, sobre el que pasa un ancho adorno, de metales y piedras brillantes. Y sin embargo de concepciones de belleza y elegancia tan distintas del gusto europeo, está bailarina nos obliga a contemplarla, a escudriñar su rostro, a tratar de descubrir el secreto de su hermosura, aue poco a poco se nos va revelando, con la lentitud con aue se descifran las palabras de un antiquísimo texto escrito hace milenarios por gentes distintas de nosotros en absoluto. Mas si contemplando ésta u otras pinturas semejantes, donde tanto puede haber de artificio, nos acercamos algo trabajosamente al ideal japonés, en otras donde la Naturaleza se retrata con exactitud asombrosa, no hemos de necesitar de esfuerzo alguno para comprender y asimilar su espíritu inmediatamente. Murashima Tuichi, junto al mar, sobre la arena húmeda de la playa, copió este tosco cesto donde rebullen pescados, crustáceos, todo el rico botín de las salobres ondas, expuesto al aire, después de la pesca. Con la di forme boca ensanchada por la atroz agonía de la asfixia, los peces mueren, sobresaltados sus cuerpos lucientes, donde las escamas guardan aún fugitivos reflejos de nácar, de plata, de carmines y bronces profundos. Los ojos saltan, redondos, de las órbitas, y en las mandíbulas casi rígidas las apretadas filas de los dientes muestran sus sierras tupidas y feroces. Mezclados con los pescados, los cangrejos, las langostas, los recios crustáceos, de más duro morir, agitan sus patas, sus pinzas, sus antenas, sus largos bigotes, hormiguean inquietamente, mientras un puloo extiende hacia fuera del capacho sus muelles, larguísimos, viscosos tentáculos, donde se redon- dean las ávidas bocas de las innumerables ventosas, y un pez chato, de aspecto tenebroso, parece aislarse de los otros, con los que, sin embargo, muere juntamente. L a sutilidad, la ligereza, el leve toque maestro con que la acuarela está pintada, realizan una inmarcesible obra de arte con este asunto mil veces repetido y ejecutado. Los monos y los conejos de Takenchi Seiho son también admirables en su sencillez exquisita. Sujetos a un banco por cadenas y candados que retienen la malicia de sus travesuras, tres simios realizan gestos diversos. Están al aire libre; los guarda un leve cercado de bambúes, sobre el que caen leves hoias, oblongas y alargadas cápsulas de semillas. De los tres monos, uno sentado de cara al espectador, parece contemplar, con la reconcentrada atención que es propia de estos animales, algo que atrae su mirada, inmóvil y obscura entre los l i gerísimos, sutiles pelos de la piel. L a nariz chata, la boca bestial abierta sobre los blanquísimos dientes feroces, las orejas casi ocultas entre la pelambrera del cráneo, son asombrosas, de copia exacta, de exactitud suelta y libre, sin el más remoto asomo de minucioso amaneramiento. Las cuatro patas, blandas, ligeras, alargadas, negras, de flexibles dedos, parecen reposar, prontas, sin embargo, al brinco veloz, al gesto rapidí- MURASHIMA TÜICHI. DESPUÉS D E LA PESCA
 // Cambio Nodo4-Sevilla