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Paisajes de Saboya. L A CIUDAD Y E L LAGO D E ANNECY fra salido de excursión por las cercanías del lago. -De la madre de San Francisco de Sales- -me dijeron. San Francisco, como es sabido, pasó en Annecy gran parte de su vida. Y la ciudad- -a pesar de su bullicio veraniego, de sus grandes hoteles, de su animación alegre del estío- -conserva algo del carácter de otro tiempo. Ciudad antigua, cruzada de canales, por donde el agua del lago se va a recorrer y a fecundar la tierra de Francia. A cada paso se tropieza con iglesias y palacios, que delatan su noble abolengo. Los días de mercado acuden los aldeanos de toda la comarca a comprar y vender en la plaza del Ayuntamiento, no lejos del palacio de la Isla, donde estaban las viejas prisiones. Es una raza muy bella, y, lo que aún parece mejor, muy bondadosa. Influjo de una larga tradición religiosa? ¿Virtud espontánea que el aislamiento de la vida rural en la montaña ha contribuido a conservar? No podría decirlo. Lo cierto es que Saboya es el único país donde los perros campesinos no salen a ladrar al transeúnte, sino a jugar con él, como si todo viajero fuera un presunto huésped amable, del que no pareciera verosímil temer maldad alguna Y, concluido el mercado, esa multitud se dispersa hacia los pueblecitos que bordean el lago o se ocú tan tras las montañas vecinas. Me gustaba ir en uno de los pequeños vapores blancos que hacen la travesía y van recorriendo los pueblos de la ribera: Saint- Jorioz, donde he pasado días inolvidables; Düingt, con su castillo que avanza dentro del lago y refleja su torre almenada en el agua tranquila; Talloires, con su antigua abadía de benedictinos, ahora convertida en hotel, en cuyo jardín centenario, bajo los tilos de ramaje denso, siemore sonaba, en las tardes estiva es, la risa Je las muchachas que acudían a merendar después del baño o de jugar al tennis, o an- ANNECY. LA CALLE DE SANTA CLARA. (GRABADO E N MADERA POR BECHARD) A casualidad me hizo veranear en Saboya un año. Por complacencia volví al siguiente. Y en esa tierra que no conocía, y en la que apenas tengo relación alguna, sin saber por qué mi alma ha echado raíces. De Annecy, antes de verlo, me había formado una imagen en las lecturas de Henri Birdeaux y André Theuriet, que en aquella región suelen localizar sus novelas melancólicas, de las que conservo un recuerdo de adolescencia, ridículo y tierno a la vez. Y antes ya había caminado imaginariamente por la ruta que va desde la vieja ciudad a Thones, bordeando en su comienzo el lago, por la sugestión de aquella deliciosa página de las Confesiones, en que Rousseau cuenta su aventura con dos muchachas desconocidas, que le invitaron a acompañarlas, puesto que iban en la misma dirección, y cuya inocente hospitalidad pagó ayudándolas a coger y a comer las cerezas del huerto que en el valle tenían. Todos estos paisajes presentidos por las descripciones literarias en la realidad me aparecieron embellecidos. Hay quienes sienten horror a la Naturaleza ya visitada por otros viajeros, ilustre por los hombres famosos o anónimos que antaño vivieron en ella; a mí me ocurre lo contrario: los que más me seducen son los lugares en que siempre alentó la vida humana, y por eso parecen saturados de presencias latentes, como si. en ellos rondasen de modo tácito fantasmas dolorosos o risueños de ayer, que se resisten a abandonar sus lares. La historia enriquece el panorama por la razón sencilla de que lo dota de esa cuarta dimensión, que es el tiempo concreto. Y en pocos sitios del mundo la grandiosidad de un paisaje en que se mezclan las montañas ingentes, los valles umbrosos, los lagos de un azul irreal, parecerá más humanizada por el influjo del pasado histórico que en este país saboyano. En la angostura de los puertos, al cruzar la cordillera alpina, se ven frecuentemente castillos de la Edad Media: tejados de pizarra, con aleros saledizos, por donde resbalará la nieve; muros almenados, en los que la hiedra enmascaró las saeteras. Y los Alpes, cerrando el horizonte, levantan sus cimas nevadas o rocosas, que emergen sobre los, bosques de pinos y de abetos, rumorosos de brisas, de aguas corrientes y de nidos. ¿De quién fué esa fortaleza de apariencia tan noble? -pregunté un día que na 1 L UNA CALLE CON U N CANAL E N E L VIEJO ANNECY