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tes de embarcar, casi desnudas en sus maittots de seda, e n los balandros blancos o en las agudas yolas de caoba; Mentón, que a l i nea a l a orilla del lago sus chalets saboyanos y sus palacetes con pérgolas y columnatas silueteadas de rosas al modo italiano, o con pelouses que acaban en el agua, como t a pices de góndola, y en que hay álamos y g r u pos de sauces que siempre tienen húmeda, por sumergida en el agua, su cabellera. Y al fondo de Mentón, en u n segundo término del paisaje alpino, sobre l a masa obscura del bosque, el castillo donde en el siglo x nació S a n Bernardo. L o visité u n a tarde. -E s t a es l a habitación- -dijo el guía- -donde el Santo pasó l a noche anterior al día señalado p a r a su boda con M a r g a r i t a de Mio ans. ¿N o murió soltero? -S í P e r o es porque precisamente aquella noche, para n o obedecer a su padre, obstinado en casarlo, se escapó por esa v e n tana. -S e r í a fea l a novia- -murmuró a m i lado otro visitante escéptico. -N a d a de eso; era m u y bella- -aseveró el cicerone, que parecía haberla conocido, a u n que l a pobre murió hace tantos años- S i n o que el Santo quería consagrarse a l a m e d i tación y a l a c a r i d a d y n o sentía l a vocación del matrimonio. -U n verdadero sabio- -comentó u n b u r gués de aire apacible. T o d o el país está Heno de recuerdos h i s tóricos semejantes. Monasterios actualmente deshabitados, con esos huertos de árboles gigantescos, cuyas frondas dan a l a l u z transparencias verdosas; mansiones feudales ahora trocadas en residencias de turismo, en fábricas o simplemente ocupadas por el guardián que l a s muestra a los visitantes, pero que todavía conservan l a traza imponente que les dieron sus fundadores, como sucede con l a G r a n Cartuja, y a pasado Chambery, camino de Italia. Y el agua por todas partes, despeñándose en arcos prodigiosos, b r o tando en manantiales entre los bosques, en hilos, en meandros, que al fin v a n a engrosar los ríos y los lagos- como este de Atmecy o el de L e Bourget, a n te el que compuso sus estrofas románticas Lamartine. P o r l o s c a m i n o s sinuosos de los Alpes, al cobijo de Jos castaños o de los nogales centenarios, a menudo se alza u n p i lar con una imagen devota, o u n a cruz con u n a h o r n a c i n a que sirven de hito a las peregrinaciones. Y una de esas- Vírgenes atónitas, c o m o l a s d e nuestras iglesias r u r a les, contempla con sus ojos inmóviles al v i a jero. Como las rutas suben y b a j a n s i guiendo los desniveles de la montaña, unas v e c e s los pueblecitos aparecen en las altas cumbres y laderas, y otras en el fondo de los v a l l e s -q u e casi siempre resuenan con e l estruendo de u n to Trente. Y porque la h u m e d a d l a s h i z o herrumbrosas, las cúpulas de las iglesias tienen a l a luz solar u n curioso matiz de oro viejo. P o r estas rutas por donde la cristiandad se encaminaba a Roma- -sendas p a r a las romerías y las i n- E L LAGO D E AKNECY CASTILLO D E ANNECY iTrnTnrra unTvmnirrnTininiTiri ry 9 Hll! lll3lll! IUUIIÜMIIIHIHilllU! IIH. I: IH; lll1; MI m IIIÜMIDTiril