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LAGO O E ANTNECY. LA ISLA DE LOS CISNES vasiones- -pasa ahora el tumulto de los a u tomóviles que van a Qhamonix, a E v i a n a Suiza. P o r aqui vinieron los españoles que todavía en 1472 ocuparon Annecy, cuando aún pertenecía a l a Casa de Saboya. D o s siglos antes habían arribado los católicos de Ginebra, huyendo de las persecuciones de que les hacían víctimas los secuaces de C a l v i n o con ellos venía el obispo, que desde entonces tiene en A n n e c y su sede. Y acaso por eso la ciudad guarda esa dulzura de lugar de asilo o de refugio que un día fué para los perseguidos. N o obstante las leyes seculárizadoras, dij érase que bajo el tráfago de l a vida contemporánea perpetúa su apacibilidad episcopal. Y en los dtas de verano, en que era difícil c i r c u a r por los muelles y por las calles céntricas -porque la profusión de automóviles y de turistas elegantes parecía estrechar las vías públicas- me era grato divagar sin rumbo por las callecitas de l a ciudad vieja, que tienen, como en Castilla, nombres de santos y arcadas bajo las que los menestrales conservan su gracia antigua a l a artesanía, tiendecitas en que se venden las frutas de la campiña cercana y los peces del lago, cererías donde hay velas rizadas y tarros de mié y esos relojeros- -tal vez descendientes de ginebrinos- -que a l a luz de una lámpara, cubierto el ojo por u n tubo misterioso, examinan con minuciosidad de entomólogos u n a dimintita; máquina, indiferentes al tráfico callejero, absortos en su oficio como e n una tarea monacal. JUAN PUJOL IA PLATA D E A K K E C Y
 // Cambio Nodo4-Sevilla