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E l alguacil Roquete se retiró, y para no ser oídos, el alcalde y M a r i Galana se fueron a otro ejxtremo del soportal. -Y a verá vuestra señoría- -dijo la Galana- -cómo ¡Corchuelos no se ha engañado. -N u n c a lo hubiera creído- -dijo Portocarrero. -Y a sabía yo lo que me decía, cuando dije que las que daban escándalo eran las que menos debían darlo; en los pueblos se sabe todo, porque siempre hay quien oiga y quien vea, y todo el mundo se conoce, y no es como en Valladolid o en Medina del Campo, que, como hay mucha gente, ¡nadie conoce a nadie. -Q u e dos hombres. han salido es verdad- dijo ¡Portocarrero- ¿Pero no podía ser muy bien que alguien se haya puesto; enfermo, y el hombre que ¡ha salido con el fraile sea médico o- cirujano? -Pues si hay enfermo, todas las noches le da jla basca y tiene que venir el médico. -i C a l l a! Que parece que entra alguien en el soportal. Y el alcalde adelantó entre lo obscuro, dejando en el otro extremo a Galana. ¡Hola! Aironcillo. ¿Sois vos? i- -Sí, señor alcalde- -contestó una voz poco segura. ¡V i v e D i o s! ¿Tenéis miedo? -dijo Portocarrero. -S í señor, s í porque he seguido- a dos almas ¡del otro mundo. ¿Q u é disparates estás ahí diciendo, menguado? -Ñ o son disparates, señor alcalde; porque ha de saber vuestra señoría que los que iba siguiendo andaban como alma que lleva el diablo y, al llegar a la encrucijada de la- iglesia parroquial, por l a parte del cementerio, me encontré con que de los dos no quedaba más que uno, y a pesar de que j o los seguía sin perderlos de vista, no sé cómo ni por dónde desapareció; el uno y el otro, el que llevaba hábitos ¡de fraile se deslizó hacia l a tapia del cementerio, y como el humo, ya no le v i más, -Porque. la noche e s obscura y vos sois torpe, imbécil- -dijo el. alcalde. -Porque eran fantasmas, señor; que l o que es yo veo de noche como los gatos, y no soy torpe (ni lerdo, ni cobarde. -Vamos, bien- -dijo el alcalde: otra noche esperaré yo mismo, y a mí no se me irán. Y a esta clareando. Vamos a recogernos; pero en silencio, sin hacer ruido. E l alcalde se fué al sitio donde se había quedado esperando la Galana y l a dijo: i- -Vamos; por esta noche hemos concluido, Y se pusieron en marcha. -Dígame vuestra señoría- -dijo l a Galana- ¿no podía ser que perdonasen los azotes a l cuitado de Corchuelos? -Hija- -contestó el alcalde- quod scripsi scripsi- -Dígantelo vuestra señoría en romance- -dijo M a r i Galana; porque yo, aunque hace mucho tiempo que trato con los estudiantes, todavía no sé latín. -E s o quiere decir que lo que escribí es lo que: jha de ser, o, lo que es lo mismo, que Corchuelos Será azotado. ¿P e r o por qué no se han de quedar los azotes en cincuenta, y por qué no se ha de decir a l verdugo que no cargue la mano? -Bastante rebaja he hecho con no ahorcarle n i lecharle a galeras. -P e r o mire vuestra señoría que me l o van a (estropear y que yo me muero por sus ojos; por l a salud de vuestra señoría, y por l a de su buena madre, y por. la de su h i j a mire vuestra señoría que es buen hombre y no tiene más sino que se le ¡calienta l a sangre y mete mano. A mí me tiene siempre muy honradamente acompañada, porque nunca me faltan cardenales. -Pues, hija, vayanse los que le hará la penca (por los que él te hace, y dale gracias a Dios porque no te meto en la cárcel con tu abuela y te mando (emplumar a ti y a ella y que os den sobre u n b u rro una zurra por esas calles. ¡Vaya! Como si se hubieran hecho mis carnes para la penca y como si a vuestra señorial ¡no le diera lástima ¡de que el verdugo para