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MADRiD- SEVILLA 20 D E F E B R E R O D E 1930. NUMERO 10 C T S D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y CERCANA A T E T U A N S E V I L L A DIARIO DO. ILUSTRA- A Ñ O V 1 GÉ SIMOSEXTO N. 8.472 ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE. SUELTO REDACCIÓN: PRADO LA ESPAÑA DE HOY El hombre y los fantasmas U n día, hace dos años aproximadamente- -yo vivía en P a r í s- me advirtieron que 1) José Sánchez Guerra acababa de llegar a la gran ciudad con pensamiento de residir indefinidamente en ella. Nunca me había aproximado a él, y menos, naturalmente, en los días que era ministro, presidente del Consejo, jefe de un partido gobernante. ¡Pero en aquel momento la curiosidad profesional y esa simpatía que en las almas bien nacidas suscitan los hombres valerosos y desinteresados, me impulsaron a visitarlo. E r a una mañana neblinosa, y la luz se filtraba a través del cielo gris como por un esmerilado cristal. Y en la habitación del hotel donde el ilustre emigrante se alojaba- -llena de libros ya. que iban a dulcificar durante me. ses. su voluntario destierro- trab é verdadero conocimiento con el hombre que había tenido en sus manos tantas veces el Gobierno de mi Patria, despojado ya del prestigio en cierto moclo intimidado! que otorga el Poder, y por lo mismo más asequible, más espontáneo, más humano. E n el tiempo que duró su estancia allí, con frecuencia torné a visitarlo. Y no ya por estí, mulos de la curiosidad, ni menos con intención de dar a la publicidad el resultado de mis observaciones, sino ganado por la atmósfera pura que de su vida emanaba y en la que- -como sucede con la imagen de un palo que se sumerge en el agua clara- -hasta 3 as más contumaces ambiciones ajenas se desviaban de su trayectoria primitiva. Iban a verle- -a veces como si ello constituyera una prueba de heroísmo- -gentes de condición e intención diversas. Trataban unos dé irritarle para que hiciese declaraciones que h a b r í a n pugnado con su historia y sus convicciones de siempre. Buscaban otros las posibles hendiduras de su carácter con esos halagos que, el día del triunfo h i potético, serían canjeables por las mercedes con que el que vuelve a mandar premia las amistades de la hora adversa. Todo era inútil. Y en él no- se adivinaba. más que una tristeza, que. no nacía de su situación personal- -en fin de cuentas apacible y honorable- sino de las mismas causas que a otro desterrado insigne le habían ya hecho Pero uno que asiste estupefacto- a lo que exclamar para justificar su melancolía: E s podríamos llamar la resurrección de los muerque me duele E s p a ñ a tos, y ve cómo se enderezan personajes que Llevaba una vida estudiosa y recoleta, durante estos años habían vivido una exissólo interrumpida para asomarse a la inten- tencia fantasma! se pregunta si es posible sa agitación intelectual y política de la capi- eliminar así a uno de los pocos hombres que, tal de Francia. Hablábamos de libros, de en. tiempo de cautela general, han mostrado obras de arte. Y o sabía- -sin que nada me virtudes vitales tan infrecuentes que hay dijera- -de qué modo se ¡e solicitaba para quien- las tiene por anacrónicas. E l no se asumir la dirección de Empresas a que, en recluyó en bufetes lucrativos, ni se consagró lo íntimo de su conciencia iba sin entusias- a empresas financieras lícitas, desde luego, mo, por desconfianza en lo ene podríamos pero especialmente beneficiosas para sus acllamar continuidad de acción de sus cola- cionistas. L o que hizo, simplemente, con su boradores. Pero a nada de esto se hacía alu- bravura y su abnegación, es dar categoría sión en aquellas entrevistas a que asistían de ideales a principios que sólo tenían jeotros compañeros de pluma. Y no era de los rarquía de intereses. Su conducta, en apaque podré fácilmente olvidar el recuerdo del riencia subversiva, y que en rigor tenía los varón ilustre qué se complacía en nuestra riesgos de tal, dio a las clases conservadotertulia de escritores y periodistas, sin que ras una garantía de orden- para el futuro la habitualidad del trato le hiciese perder au- proceloso. Y estaría bueno que el único que, toridad, antes bien, la acrecentaba por el en la hora difícil, supo reaccionar con enertácito, pero elocuente ejemplo de su con- gía, dio muestras de conciencia política ducta austera sin ostentación, de su idealis- er. suma, de vitalidad, fuera hipóc mente Varsovia mo sin retórica, de su valor sin jactancia. ación de -ctros. U n o de los contertulios, el m á s modesto, sin desterrado por una conjur duda, fué invitado a- dar una conferencia e. a quienes, como en los de Honierc el único en ía Sorbpna. Consciente de propia l i m i t a- i recuerdo de vida es el apetito. c ¡ción, no se atrevió a hablarle df ello P ero y JC- AN P U J O L x V V cuando salió a la cátedra que se llama de Michelet, y aquella noche estaba llena de un auditorio cosmopolita, que iba a escuchar una disertación sobre temas ibéricos, en la primera fila vio aparecer al Sr. Sánchez Guerra. E l conferenciante habló todo lo amenamente que supo, y, al final, lo hizo acerca de España, en los términos de amor que i m ponía su presencia en una tribuna extranjera. Rapsodia en que sólo la obligada mesura ponía freno al lirismo. Y al levantar la cabeza de las cuartillas, para agradecer los aplausos, vio a un solo espectador inmóvil, a un espectador que no aplaudía como los otros, pero a quien; por el conjuro de aquella evocación, los ojos se le habían llenado de lágrimas. Y aquella emoción que sus palabras habían suscitado fuá para el orador el mejor premio. Porque el espectador que así se conmovía ante una visión de su Patria iba pocas semanas después- -sin excusarse por su senectud ni por otros motivos, que el arte de nadar y guardar la ropa le ofrecía pródigamente- -a arriesgar la vicia por ella. Y no le volví a ver, salvo una tarde, a su regreso a Madrid, en que fui a saludarle. Me figuraba que, acrecentada su autoridad, volvería a rodearle el Estado Mayor de su partido, ampliado por las geiites a quienes la elegancia de su actuación ha inspirado respeto y simpatía. Y ya no era pertinente la presencia de un simple escritor, cuando el ambiente novelesco de antaño se había desvanecido. Pero ahora- resulta que, en el partido al que honró y debiera retenerlo, no ya como jefe, sino como penacho, como símbolo vivo, como contrapeso visible a la suma de egoísmos y prosaísmos que toda masa conservadora lleva en su seno, se intriga para buscarle substituto. Mientras él acometió empresas que, por decentes, se reputaban, quijotescas- -porque la escala del quijotismo va decreciendo día por día- ahora se buscan para alejarlo pretextos procesales, dignos de un curial de novela de Dickens. Y es que eso de que el camino más corto sea la linea recta es verdad sólo en Geometría. Pero no es cierto cuando se trata de caminar por terrenos pantanosos. Quien pisa firme se hunde en ellos. Hay que ser diestro en el arte de andar sinuosamente, y me figuro que señor Sánchez Guerra no aspira a ese campeonato. ABC EN FRONTERAS ESLAVAS En una iglesia E n una explanada, frente al Vístula, donde está el barrio de Praga, separado de V a r sovia por el río madre de Polonia, á l z a s e e ¡templo de San Elorián. E s gótico, de ocre fuerte sus muros, y sus torres, como filigranas de coral, clávanse en las nubes pesadas del Norte. Ante los altares de su crucería arden velas y agonizan crisantemos. Pocos son los fieles á aquel a hora matinal en el templo. Pronto el ruido de pasos se prolonga en las bóvedas, salen al presbiterio sacerdotes con acompañamiento, y hasta las gradas del altar llega, y se arrodilla una bella mujer, rodeada- de gentes graves. ¿Es una boda? ¿U n bautizo, en espera de la madre y el niño? Rezan los sacerdotes; respóndeles l a voz débil de la joven arrodillada, que, en un. momento de las preces, sigue al clero a ia sacristía. Con ellos vuelve al altar, y la i m ponente ceremonia de una abjuración se desenvuelve con solemnidad conturbadora. A las respuestas firmes de la mujer, a sus místicos besos al Crucifijo y a los Evangelios, ha seguido un silencio. Se ha echado cara al suelo y brazos en cruz, murmuran largo rezo los sacerdotes, y se percibe un sollozo contenido tras las gradas del presbiterio. Vuelve a quedar arrodillada la joven, fijos los ojos en el Crucifijo, con movimiento da plegaria los labios. Dos hermanas de la Resurrección asoman a la puerta de la sacristía llevando vestiduras blancas. E l sacerdote oficiante las toma; a una larga plegaria en latín responden los asistentes, levanta a la prosternada, que rodean las dos religiosas, y la visten el hábito de. su Orden. L a toca, de largos velos negros, cae sobre el hábito con pesados pliegues de mortaja. Y de rodillas todos ante el Crucifijo, donde muere perpetuamente el hijo de Dios- -escucharon en arrobamiento las- sonoridades del órgano en un Tedeum de gracias y de amor al Todopoderoso. De larga senda de dolor volvía al remanso de la paz aquella criatura. -Novicia de una Orden piadosa, la cercó el mal, y cayó en la tentación de entrar en la secta heresíaca de los nfariavitas Cuando proceso reciente demostró de níañera irrecusable la inmoralidad, la impureza de la secta mariavita- -una ele las muchas que en Polonia pretenden destruir la hegemonía católica- -y el fundador y- supuesto obispo de ella fué condenado a prisión, a l gunas, de sus incautas hijas vieron el abismo de error que bordeaban, y retrocedieron. U n a de ellas era la blanca criatura, que, limpia de la excomunión- y purificada por el arrepentimiento, volvía al seno de la Igle- sia en el augusto templo de San Florián, en Varsovia. 1 SOFÍA C A S A N O V A febrero IU I, Lea V. mañana BC