Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
m VHBVUH vos. E n los dos Cuerpos de Hacienda se admiten seaoriw tas. Estas clases están dirigidas por el Sr. Reus, Juez, por oposición, del Tribunal Supremo de la Hacienda pública. Programa oficiala í nuevas contestaciones y preparación en el antiguo y acreditado INSTITUTO REUS En Policía obtuvimos 143 plazas, entre ellas los números 1, 2, 3, etc. y en Hacienda, seis veces el número 1, dos veces el número 2 y 326 plazas. Los retratos y nombres de estos Éxitos definitivos se publican en el prospecto que regalamos. Solici te programas gratuitos al antiguo y acreditado I N S T I T U T O REUS T TCCTADOS. 23: PUERTA IMETÍ SOti. 13. M A Y O R t. M A D R I D Tenemos internado. v h HACIENDA Y POLICÍA Convocatoria todos los años para Policía y AtJsiliarcs d 4 T f í Y n t n T l í l i í o i íz fi v. 1 r- ir- no A n i, v i U Lea usted MADRID rústicas en toda España, compro. J. M. Brito, Alcalá, 94, Madrid. ¿Conoce U l e! parachoques luminoso? ítatuz Pruebe nuestro nuevo tipo, excelente, a 9 ptas. k. San Paulo, Paseo Recoletos, 10. esquina Olózaga, MADRID PROPAGANDA Crónica gráfica de España y extranjero. ABRÓTANO Deíiens 3 a caída áel? cabello desde ta primera loción Pídate n todas penea PERFUMERÍA M A R C O S Corredera Baja. t 9. -Madrid i Pida folleto explicativo de este poderoso accesorio. Necesítanse agentes a la comisión. Diríjanse a Sr. Ramírez, Alfonso X I I 13, Madrid. P E! Teatro, el Cine y los Toros Crónicas de la semana, Artículos varios. BICICLETAS R 0 LLS 5 aumento cambio. ARDID, GENOVA, 4 MADRID Exportación provincias. Gente Menuda Historietas, cuentos infantiles, 1 calle Ayala, 4 duplicado; precio, 995.000 pesetas; renta, 99.500; directo propietario, vive en la misma. Horas, de diez mañana a cinco tarde. Madrid, Planas en Color 812 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 309 se verían en tales aprietos. ¡E a! Dense todos presos a la Santa Hermandad, y pocas o ningunas palabras, que ya tendrán lugar de hablar con la justicia, y se verá por qué ha sido este escándalo. Y mientras decía esto el cuadrillero, bebieron él y su pareja, cada cual su cuartillo, y sacaron cordeles y se metieron dentro del cuarto donde estaban los tres bribones. E l ventero y la moza, todos curiosos, se entraron también, y ver esto la Mari Galiana, cerrar 3 a puerta, echar el cerrojo, encerrándolos a todos, salir con la madre Martina, que estaba fuera, quitar la brida a los caballos de los cuadrilleros y dar a correr haldas en cinta la moza y la vieja, a pesar de sus años, como corzas hacia el cercano Madrigal, fué todo obra de dos minutos. Las dos mujeres se perdieron muy pronto en la entrada del pueblo, y llegaron a su casa, recogieron en un envoltorio lo que valía algo, se fueron a una posada, y con el pretexto de que la Galana, a quien todo el mundo conocía, no quería estar en el pueblo a la hora de la tunda de su novio, pagaron a un arriero lo que quiso pedirles, y en tres machos, el arriero y ellas se pusieron a buen paso sobre el camino de Valladolid. Pasó el tiempo y llegó la hora de la ejecución. A 1 bachiller Corchuelos se le iba un sudor y se le venía otro, y al secretario Pedralva todo se le volvía preguntar si habían venido el pregonero y. el verdugo. Por lo demás, el asno esperaba pacientemente delante de la cárcel, y los cuatro arcabuceros y los dos cuadrilleros a caballo que debían escoltar la ejecución, estaban también dispuestos. Pero el verdugo y el pregonero no parecían. Sepamos por qué no parecían el pregonero y el verdugo. Era el caso que, por casualidad, la puerta que Tiabía cerrado por una rápida inspiración la Galana era fuerte y ajustaba bien, y en el aposento no había otra puerta, ni más que un estrecho ventanico, por donde no cabía un hombre, con marco de madera y cruz de hierro. Cuando los cuadrilleros se vieron encerrados, olvidándose por el momento ¿i atar z los trr. s hombres, se volvieron; pero en vano procuraron abrir la puerta. No había medio posible ni asidero por el cual, ayudados los dos cua- go del cementerio, y recorriendo algunas callejas, salieron al campo. Media hora después, en un cuartucho del ventorrillo de las Peñuelas, sentadas alrededor de una mesa en que humeaba sobre una fuente una inmensa cantidad de gigote, haciéndole guardia de honor en derredor cuatro enormes jarros vidriados llenos de vino pardillo, estaban la madre Martina, Mari Galana, rrraese Cordelejo, maese Tostón y rhaese Lagarto, y los servía una moza rolliza, que parecía hecha de encargo para servir dignamente a tales personajes, y entraba y salía, renovando los jarros de vino, un hombre- que, si no era un forajido, olía a mohatrero, ladrón y asesino desde uua legua. No se podía pedir junta más infamia. Aquello era lo último de la hez social. Sólo había allí una cosa que disonaba de todo aquello. La espléndida y joven hermosura de Mari Galana; su rico manto de tercianela azul celeste, que se manchaba de vino; el blanquísimo y fino pañuelo de Cambray que cubría sus hombros y su pecho, dejando ver en su cuello un delgado rosario de perlas con cruz de oro, y los ricos cintillo? que adornaban las pequeñas, mórbidas y suaves manos de la niña. Estaba tan dolorida, tan apenada la Mari Galana, que su semblante había perdido su desvergüenza, y tenía algo de puro y mucho de lánguido y melancólico, lo que hacia parecer más hermosa a la muchacha, que ya lo era mucho. -Ya ves, maese Cordelejo- -decía la vieja, presentando al verdugo de Medina un jarro de vino, del que ella üabía apurado casi la mitad- que esta perla se muere; es niña, y no está acostumbrada a estas cosas, y como todavía no le han acariciado las espaldas, se le hacen un mundo los azotes, y cree que su Corchuelos, por quien ciega y desatina, se lo van a matar. -Lo que le va a pasar al bachiller Corchuelos -dijo maese Lagarto con la boca llena de gigote, contestando por maese Cordelejo, que no podía decir palabra, porque se había aplicado a dejar seco el fondo del jarro que le había dado la madre Martina- -es que de resultas de los azotes se va a poner gordo como una nutria y va a criar bríos, porque para que un hombre llegue a endurecerse, no hay