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fl IS deje u s t e d efe l e e r IocI s I s cfoiaiiíacjos 11 ii mil n íiiitum iinm ni i ni u ni iiitn 1 1 n HUID n i ID nuil 1 que es ¡UN i P O R T F O L I O por la diversidad de sus fotografías. U N L I B R O por la abundancia de su texto. UN M U S E O por la belleza de sus planas artísticas; y U N R E G A L O por la baratura de su precio. l! lll! l! ll! lll ¡ll ¡l! lllill! l líl! l! III ¡U pésete e l e j e m p l a r illl! i: illlf l! l ¡li: iil ll! IIMI! i: t ¡lil en fodía E s p a ñ a RIO F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ 1 5 ÉL P A S T E L E R O D E M A D R I G A L! Sis cosa como que tenga ei pellejo curado y acostum- brado a los lapos. ¡Válgame Dios! -dijo suspirando la Mari Galana- Pues ya daría yo un ojo de la cara porque lio me lo adobaran y me le curaran al pobrecito; que para ser él valiente como el que más, no necesita de aliños. -Por no verte yo tuerta, sin uno de los soles de tu cara, rapaza- -dijo el verdugo de Medina- azotaría yo a medio mundo; porque no hay cristiano que cuando yo le entrecojo a mi derecha montado en un pollino y con la espalda al aire, al primer alza la penca y dale no ponga el grito en el cielo, no se le rompa la hiél al segundo y no entregue el espíritu al tercero. ¡Jesús! ¿Pero qué es lo que estás diciendo, Hombre o demonio? -exclamó Mari Galana poniéndose pálida como una muerta. ¡Bah, chiquilla, no hagas caso! -dijo maese Lagarto, el pregonero- Y o te digo, que mi compadre maese Cordelejo es un hombre muy chancero, que le da por asustar a las gentes, pero que Juego tiene las entrañas más blandas que una paloma. -Así las tuviera blandas quien yo me sé- -dijo maese Cordelejo, mirando con toda la ternura de que era capaz su torvo semblante a Mari Galana. -Vaya, hombre, quita allá- -dijo la niña, torciendo en un mohín de desprecio su preciosa boca- que no me ha echado a mí al mundo mi madre para que me sentara yo un día debajo de la horca. Vaya, quita allá; ni que mataran a sesenta Corchuelos. Y la joven se levantó del sitial de pino y se apartó del verdugo con aire de tormenta y echando fuego por los ojos, y salió diciendo a la vieja: -Vamos; alce, madre Martina, y de aquí más que a paso, y suceda lo que Dios quiera, que esto es ya más que castaño obscuro; y aunque lo siento y me va a costar la vida, si a tal. precio no ha de ser, por mí que le ahorquen. Yi salió. -Pues no dejarás tú de ser un mostrenco- -dijo 2 a vieja, dirigiéndose al verdugo- -si haces caso de lo que dice; ella está muy consentida y muy llena, como que señores mujr principales la tiran él oro a ios pies, y no me digas que si te has enamorado, que si no te has enamorado, porque lo mismo podrías enamorarte del sol, y de la misma manera no podrías tocarle con la mano. -Pues mire cómo ha de hacer, abuela; porque o esa mujer me mira con buenos ojos, o al tercer kirie eleyson la dejo vacante y necesitada de buscar novio. -Siempre, a más de verdugo, serás tú un animal- -exclamó la madre Martina. -De modo- -dijo maese Lagarto- -que para tratar de los azotes podíais haberos venido sola, madre, que sois un miedo de San Antón, y no haberos traído a ese pino de oro, que el que más y 1 que menos tiene su alma en su armario; y como mi compadre Cordelejo es sensible y tiene la saritén agarrada por el mango, no hay más que oírle con el respeto que él se merece, y no andarse con aspavientos ni pasos de Semana Santa. -Vamos, madre- -dijo, asomando a la puerta, la Galana- ¿no oye que no quiero más plática? A l zando y fuera, o me voy yo sola. ¡Mira la honrada compañía que perdemos, que huelen los malditos a muerte desde una legua! ¿Y a qué hueles tú, princesa? -dijo maese L a garto, que se tenía por mucha persona, poniéndose de pie y pálido de cólera, porque le había picado hasta los huesos el acento indescribiblemente despreciativo con que había pronunciado sus palabras 2 a Galana. Acertaron a entrar en la venta a echar un cuartillo dos cuadrilleros de a caballo, llegando a tan buen tiempo, que si no llegaran, no sabemos lo que ¡hubiera sucedido, y al verlos la joven, se abalanzó a ellos asustada, porque, en su cólera, maese L a garto había sacado un largo puñal e ídose para ella, y. les dijo: -Ya ven, honrados cuadrilleros, lo que ese mal hombre, vil y bajo, quiere hacer con dos pobres mujeres; puñal tiene en la mano, y no se sacan los puñales para acariciar y hacer buena obra, sino para hacer cerrar el ojo sin temor de Dios a quien no quiere que sus días sean tan breves. -Si no hubieran venido las malas con esos bergantes- -dijo uno- de los bigotudos cuadrilleros- no.
 // Cambio Nodo4-Sevilla