Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO- k k If SEXTO. ABC SEDUCCIÓN DEL PAÍS N E V A D O N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO V 1 GESIMO) f SEXTO ESDE que empieza l a season de las nieves comienzan las revistas ilustradas inglesas a publicar fotografías de los l u gares alpinos, donde los aficionados a los deportes de i n vierno pueden encontrar refugio confortable. Y a l a vez reproducen las siluetas de los sportwomen que en los expresos de lujo- -desde C a l a i s- y hasta en avión, desde el mismo Londres, emigran hacia las montañas nevadas de Suiza, de F r a n c i a y de Italia. Siempre ¡hay un fondo de paisaje t blanco, sobre el que se destaca el gran hotel, a veces con las ventanas iluminadas, bajo u n cielo de ese azul con estrellas de oró de la cola de los pavos reales. D e modo que la belleza del paisaje invernal está como limitada, como enmarcada por la arquitectura de los palaces. Y a en los Dolomitas y en Chamonix, como antes en Saint M o r i t z y en M o n treux, se puede patinar o deslizarse en los esquíes por las vertientes, sabiendo que a l a noche, cerca de los glaciares, será posible bailar en un salón fastuosamente iluminado, con mujeres a quienes l a caléf aíífción central permitirá descotarse. P e r o esta domesticación; podría decirse, del paisaje alpino, ¿no le p r i v a de su grandiosidad triste e imponente? Personalmente siento un vago desvío de la naturaleza desierta, y jamás he experimentado en medio del Océano otra sensación que la de melancolía. E s a caótica intensidad, rebelde a toda regla, en constante y estúpido movimiento, me produce una angustia metafísica. Y algo por el estilo me acontece en medio de un paisaje solitario, desolado por el invierno. A n t e un panorama así, se tiene una anticipación de lo que será, si no fracasan las previsiones de los geólogos, el fin de nuestro planeta. Y no niego D que hay cierta poesía en la perspectiva de esos árboles blanqueados, de esas llanuras selenitas, de esos torrentes helados, como si hasta la vida mecánica del agua que corre se hubiera detenido; pero nO hay duda que es una poesía funeraria. L o que hace deliciosas esas estaciones de invierno, es precisamente la anuencia de turistas, la animación, la vida humana, en suma, junto al espectáculo de la Naturaleza en trance de muerte; el pla ¡cer de seguir utilizando todos los refinamientos de la existencia ultracivilizada momentos después de un simulacro de vida primitiva y difícil. Pero la idea de la soledad en medio de ese escenario, no creo que a nadie, sinceramente, le parezca sugestiv a y risueña. Ciertos novelistas americanos, sin embargo, como James O l i v e r C u r wood, y franceses, como Constantino Weyer, han traído a la literatura la mooa de esas regiones del C a nadá o de A l a s k a que durante medio año permanecen dormidas bajo la nieve, como fondo al v i v i r aventurero de buscadores de oro, constructores de vías férreas, cazadores de renos, mercaderes de pieles, colonos de tierra que, cuando la primavera torna, ofrecen un aspecto paradisíaco, pero que mientras duran los meses de invierno son terriblemente inhospitalarias. ¿Q u é seducción puede haber en habitarlas, si hay que hacer una v i d a punto menos que subterránea en el interior dé las casas de madera? Robinson pudo subsistir en su i s l a pero uno se pregunta lo que hubiera podido hacer si la ínsula hubiese estado situada dentro del círculo polar ártico. E l encanto del país nevado, pues, sólo nace de l o que hace apreciar por el recuerdo inmediato, por el contraste y por la certeza de haülarlcs nuevamente sin dificultad, el albergue