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Lea usted í, Pídalo en todaí paru V, PERFUMERÍA MARCOS Corredera Baia, t 9. -Madrid Blanco y Negro UNA pta. ejemplar. 33 5 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EIJ P A S T E L E R O D E MADRIGAL 333 ¡E l los hace y E! los deshace! -dijo Gabriel de Espinosa. ¡L a cabeza de los Reyes es sagrada! -dijo el conde de Novoa. ¡Maldito es de Dios el que toca a los ungidos del Señor! -dijo el marqués de Almeida. -Los juicios de Dios son incomprensibles; E l rodea con una aureola de sangre la cabeza de los mártires; E l que hirió la frente de Saúl, de Nemrob y de Baltasar, castiga con una justicia inexorable los pecados de los Reyes; E l ha dicho: pro me reges reanat; E l redujo a polvo ¡a soberbia Babilonia; E l ha herido de una manera terrible la frente de los soberbios- -dijo profundamente impresionado G a briel de Espinosa y con un acento lleno de solemnidad y de grandeza. -Pero Dios no hiere a sus pueblos- -dijo el duque de Coimbra- Dios no quitará a Portugal, matándole su Rey, la esperanza de ser libre. -Portugal merece la ira de Dios- -dijo con voz íonante Gabriel de Espinosa, olvidándose de que era prudente hablar quedo. ¡Señor! -dijeron a un tiempo, como impulsados por un mismo pensamiento y con la entonación de una dolorosa protesta, los tres grandes de Portugal, pero con un profundo respeto á Gabriel de Espinosa. ¡S í! i Portugal es cobarde! -insistió Gabriel de Espinosa- Portugal, después de la muerte de mi tío el cardenal don Enrique, debió alzar su poder sobre el trono a mi primo don Antonio de Portugal, prior de Ocrato; importaba poco el incontestable derecho de mi tío el Rey don Felipe a la corona de Portugal; muerto yo o desaparecido, muerto el cardenal don Enrique, la cuestión era más alta. -Pero por lo mismo que es tan alta, se debe hablar de ella más bajo- -dijo hablando por primera vez el hombre que había abierto la puerta del cementerio a Gabriel de Espinosa- Tienes la sangre viva, demasiado viva, hermano, y el humor agrio en demasía. Has nacido para ser imprudente y para tener con el alma en la garganta a los que te aman. ¿Qué má s prueba de que eres el Rey don Sebastián, que el ser todavía, a pesar de tus años y de tus desgracias, el mismo mozo, audaz, temerario y loco que llevó a morir en una empresa insensata a la flor de la noble- rebozada en un manto, bajo el cual se la veía una muy rica saya, estuvo hablando con la M a r i Gómez, y preguntándola qué hacia en la posada el señor G a briel de Espinosa, a qué horas entraba y salía, y si venían mujeres a buscarle, a todo lo cual le contestó la M a r i Gómez lo que supo, y dice que l a dama, o la mujer, o lo que fuera, para darla un ducado sacó una mano muy fina y muy cuajada de cintillos; que no se la veía la cara porque traía el manto acandilado, y que en la calle se había quedado esperando una vieja dueña, a lo que parecía, -tan enmantada y tan tapada como su señora. -Pues sea lo que quiera el buen Espinosa- -dijo la dueña de l a posada- -Dios le dé buena salud y le ayude, por lo generoso que es y por lo bien que paga. A este tiempo salieron dos hombres de la misma posada rebozados en capas de bayeta con largas espadas al cinto y echados los sombreros tendidos al rostro, y tomaron la calle arriba. -Allá van sus criados a servirle- -dijo el mozo levantándose- y yo voy a echar pienso a la muía del arcediano, que no quiere que trate con ella otro más que yo. Y el mozo se metió en la posada. Gabriel de Espinosa anduvo y anduvo hasta que llegó a las tapias del cementerio de los ajusticiados, que se llamaba de San Andrés. T o c ó a la puerta con l a mano quedo, y sin duda de detrás de l a puerta le esperaban, porque ésta se abrió en seguida, volviéndose a cerrar en. cuanto hubo pasado Espinosa. Quien había abierto era un hombre tan rebozado, que no podía distinguirse quién era, porque, a m á s de su rebozo, le envolvía la noche obscura, y no se veía en el cementerio más luz que la de un mezquino y ahumado farol que había en una cruz de madera en medio del cementerio. Alrededor de la cruz y de una manera confusa se veían los bultos de algunos hombres, y hacia ellos se encaminaron, pasando por encima de los montecillos de las sepulturas, y tropezando acá y allá con alguna calavera y pisando huesos, Gabriel de Espinosa y el hombre que le había abierto. Cuando llegaron a la cruz, pudo ver Espinosa que eran tres hombres que junto a la cruz esperaban.