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A B C V I E R N E S 28 D E F E B R E R O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 E L OBISPO F I L A R M Ó NICO Y E L M O N A G O D E LOS A M E N E S N o ha mucho tiempo, lo bastante para que él hecho tenga en mí una amable perspectiva de recuerdo, a raíz de un concierto en el Palacio de la Música, en el que hice una ligera semblanza de Bruckner el sinfonista, y salí, comentador sin pentagrama, con la estrecha tessitura de mi palabra, muy pensado lo que nunca hablé a ver lo que se me ocurría mientras hablaba, para darme a mí propio el espectáculo de mis vacilaciones, un crítico musical, D Adolfo Salazar, fácil y elegante la. pluma, ancha y honda la cultura, apercibida, perspicaz y segura la sensibilidad, escribió que el maestro Lassalle- había oficiado con la unción de un obispo y yo le había ayudado como el monaguillo de los amenes. Plúgome evocar entonces mis lloras infantiles, cuando, interno en un colegio de frailes dominicos, el de Santo Tomás de A q u i n o en mi L i m a natal, era muy diestro en latines, el primero de mi clase, y ayudaba misa todos los días, y me bebía en los preparativos, de acuerdo con el lego ecónomo, el dulce vino de consagrar. Mucho ha llovido desde entonces, y ya tengo casi olvidado el seguro idioma de Horacio, aunque no su gusto por el zumo de la vid y su admonición a los poetas abstemios: Neo vivere. carmina possunt quae scribuntur acquae potoribus. D o n Adolfo Salazar venía a halagarme él recuerdo con su adivinación de mis infantiles andanzas de sacristán, y me pareció de perlas el símil, porque siempre creí que el arte, al convertirse en espectáculo, asumía caracteres de función religiosa. De una religión pagana las m á s veces; pero religión al fin: con sus santos, los autores; sus teólogos, los críticos; su templo, el teatro; su rito, la función misma; sus sacerdotes, los artistas, y sus fieles, el público. A h o r a le importa al monago razonar un momento sus amenes, que si en mi cristiana religión- -yo soy católico sin teología y con la fe del carbonero- -no han de menester más justificación que la humilde ceguera del creyente, en mi religión de arte nunca los pronuncio si no pasaron antes por mi sensibilidad y mi entendimiento. E n el maestro Josa Lassalle, español su corazón de hombre y alemán su cerebro de músico, admiro el amplio eclecticismo que va desde el milagro de Monteverde hasta el prodigio de Debussy; desde el clasicismo de Bach hasta el luteranismo de Wagner; desde la divina senci 31 ez de Mozart hasta las alteraciones tonales de Pahissa; desde la machaconería temática, sabia y sublime de Beethoven hasta los caprichosos y variados arabescos de R a vel, y ama con igual amor lo grande y lo pequeño, lo profundo y lo frivolo- -con categoría de arte- así las mazurcas de Chopin como los pasodobles de España, y fiel en el recuerdo, por nostalgia sentimental y galante, a los lánguidos valses de la noctivaga y encantadora Viena de avant- guerre. También son parte, y no pequeña, en mi consenso admirativo: la iluminada porfía con que el maestro se empeña en elevar tan ecléctica amplitud comprensiva a los programas de sus conciertos para el público español, preso tan sólo en la admiración, sana por lo que importa, pero perjudicial por el exclusivismo, del coloso de Bonn, del g i gante de Bayrehut, y de los melancólicos y atormentados rusos de la última hora; el desinterés absoluto, ajeno a toda codicia, con que tiende la diestra, y la batuta en ella, pleitesía y ayuda, a los consagrados y a los por conocer de la. música hispana; la fe con que defiende a los dioses de su admiración p e r sonal, Bruckner y Máhler, por ejemplo, sostenida, eso sí, por los mejores programa europeos, y el amor, tersura de una enseñanza que tiene en el. fervor su fuerza persuasiva, ajena á. los crispamientos nerviosos, tan propios ce los! melómanos, con que ha í sabido hacer uno solo de los ochenta hombres de su orquesta. Así, viéndole, no ya dirigir, sino ensaya- férvido y paciente, defendiendo los fueros de movimientos musicales que retardó o aceleró la rutina, mientras él los trae aprendidos de labios de sus propios autores, bebidos en el manantial primero, y pidiéndole nobleza a la acritud del metal, limpieza a los cristales de flautas y clarinetes, sombras de esfumino a tubas y fagots, y suspiro humano, corazón y. pulmones, al. rubio terciopelo de la cuerda, se robustecieron de- razón entusiasmada los amenes del monago para el obispo misionero, capitán y timonel. Pace siempre la orquesta bajo la vigilancia del pastor, cuando trisca alegre sobre los riscos del scherso, y cuando se hunde en los mares de un andante appassionato, submarino de un océano lírico, entre Jas ondas del fortissimo, todos los ojos, ansiosos sin. curiosidad, miran atentos al periscopio que finge, erguida, y avizorada, la figura del d i rector. José Lassalle, cruzado caballero de una aventura filarmónica, batuta en ristre, sin adarga ni rodela, acaso trueque, como el otro inmortal, en el entusiasmo de su ceguera, en gigantes los molinos y en princesas las mozas de mesón; pero a mí no me i m porta ser el Sancho de esta gesta, porque todavía no sé a quién admirar m á s s i al loco, que arrastra al cuerdo en pos de su iluminado desvarío, o al cuerdo que sigue al loco porque le sabe a grandeza su locura. FELIPE S A S S O N E PERFUMERÍA Oí VA YW Pefoatio resistente a loda prueba Usando F i x o 1 al peinarse, oo le importe ei viento, ni el roce del sombrero al saludar, ni los m o v i m i e n t o s r á p i d o s de los deportes. Es un fijador verdaderamente distinto, a g r a d a b l e p r á c t i c o Fija sin empastar. N o m a n c h a D o m a d o r seguro y definí tivo del c a b e l l o i n d ó m i t o xo 1