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Muntaner, 110, Barcelona. Cedemos a ú n exclusivas para algunas plazas. P A R A T O D A C L A S E DE C A L Z A D O DE NIÑOS FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 339 sombría, ha estado sepultado hasta que la gran Reina doña Isabel le llevó a su soberbio panteón de Santiago, en la iglesia mayor de Toledo, el monstruo de la fortuna el que valía m á s que un Rey de Portugal, el gran privado del Rey don Juan el segundo, el muy magnifico y poderoso señor condestable don A l varo de L u n a que estás pisando polvo de infamia y de grandeza; que tienes bajo tus pies crímenes y desgracias, y es necesario que salgas de aquí convertido, transformado; que es necesario que evites con suma prudencia los acontecimientos funestos que pueden sobrevenir si te dejas llevar de tu natural osado e irascible. ¿Q u é importaba que un mal nacido estudiante se atreviese con palabras groseras a- Sayda M i r i a n? Pensar debiste sobre eso, porque he aquí tu m a r t i r i o sufrir lo que otro no sufriría; apurar el cáliz amargo; no desnudar j a m á s la espada; no levantar j a m á s l a voz, sino ya en la última defensa delhonor de tu esposa o del honor tuyo, o en el gran peligro de tu vida o de l a vida de tu esposa y de tu hija. ¿Q u i é n es este hombre que habla así? -dijo el duque de Coimbra, cuya soberbia de noble y de gran señor y cuya vanidad portuguesa se hincharon de tal modo que no pudieron dejar de salir por su boca, y por sus ojos, y por todos los poros de su cuerpo. -E s quien puede y debe hablarme de este modo- -dijo con severa y enérgica majestad, pero en voz contenida, Gabriel de Espinosa. -Perdone Vuestra Majestad, señor- -dijo el duque de Coimbra- porque nosotros creíamos que este hombre no era m á s que un gen oves llamado Pietro Mastta. Y a pesar de lo humilde de las palabras del duque de Coimbra respecto a Gabriel de Espinosa, saltaba de debajo de ellas un punzante desprecio para Yhayeben- Shariar. -Oye tú, viejo e hinchado duque portugués- -dijo con acento tranquilo Y h a y e- y vosotros, marqués de Almetda, conde de Novoa, que os creéis tanlo como vuestro Rey y poco menos que el Dios Altísimo y único; oíd! o que voy a deciros en palabras de paz y de consejo: Y Yhaye, que estaba sentado a los pies de Gabriel de Espinosa, m á s abajo que él, a quien, como hemos dicho, servía de asiento el pequeño alzado de una sepultura de tierra, apoyó su brazo en las rodillas de Gabriel y en la mano de aquel brazo su cabeza. -Este hombre, en que tan familiar, tan cariñosamente me apoyo, vuestro Rey don Sebastián de- P o r tugal, el bravo y el ansiado por su reino, es mi hermano; m á s que mi hermano, mi hijo; porque he sacrificado por él m i corazón, mis tesoros, m i familia, mi patria, mi religión. ¡O h! es verdad, hermano- -dijo conmovido Gabriel besando en l a frente a Yhaye- ben- Shariar. -D é j a m e déjame proseguir, Sebastián- -dijo Y h a ye con voz tranquila y siempre contenida- escuchad vosotros, grandes del reino de Portugal: el que os habla ha sido y es más grande que vosotros. C a balgaba yo en batalla, la lanza teñida en sangre hasta la mano, ensangrentado el caballo hasta las cinchas, en sangre portuguesa y española, en sangre de vuestros viejos y aborrecidos enemigos, el día de la batalla de Alcazarquivir; el aire de la victoria hacía flotar mi alquicel negro de akrrorávid y mi estandarte verde de emir de mil jinetes, que. en tropel conmigo atropellaban encarnizándose con ellos los escuadrones cristianos; yo era entonces feliz, el K o r a n flotaba sobre un lago de sangre en que estaba sumergida la c r u z aspiraba yo con delicia el ambiente de un día de venganza contra los cristianos; me embriagaba con el olor de su sangre aborrecida; los veía caer como caen las espigas bajo el granizo; y yo, entonces, nobles señores, rodeado de la victoria, era un príncipe poderoso, que llevaba tras su estandarte un ejército; era yo uno de los siete emires del imperio, que contaba por miles sus esclavos; por cientos, las hermosas mujeres de su harén, y que medía, como se mide el trigo, las doblas de su tesoro. Yhaye- ben- Shariar se detuvo, como para dar fuerza con aquella pausa a su discurso, y ninguno de los tres nobles le contestó. Estaban dominados por lo que había dicho Yhaye y por la manera con que lo había dicho. Yhaye continuó, después de algunos segundos de pausa: -No podía yo adivinar entonces, embriagado por el triunfo, que aquel Rey de Portugal, cuya derrota veía yo con la alegría cruel de una fiera, llegaría a