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La Inglaterra de las máscaras. próxima a Londres, es una vieja ciudad episcopal y universit- t. V ria. Está en el apacible valle que riega el Támesis al bordear el condado de Berkshire. Colinas verdes, pradera. donde pastan innumerables ganados. Al fondo se alzan las montañas que se llaman del Caballo Blanco. Y por la ciudad pasa. mansamente el agua del Kennet, canalizada, por la que se deslizan pataches y barcas que van en busca del gran río. En la prisión de Reading compuso su desgarradora balada Osear Wildc. Los edificios tienen ese tono gris peculiar de los países húmedos. Y, sin embargo, la gente conserva el ánimo jubiloso que en otros siglos era característico de la Merry England Cerca está Windsor, patria de las alegres comadres shakespearianas. Y, aunque la industria ha levantado sus chimeneas y llena el cielo bato de humo negruzco, no ha logrado dar a ía villa esa melancolía de las urbes fabriles del Norte, i as fábricas son de galletas y bizcochos, de terciopelos, de quesos, de mantecas, de tejidos en que se transforma la lana de los rebaños que llenan los prados de la comarca. Y es como si, con máquinas modernas, se perpetuase la actividad de los gremios medievales, aplicados a transformar los productos de la tierra nata! Cosa distinta de! maqumismo que opera sobre materias traídas de lejos o destinadas al consumo de pueblos distantes. El origen y el fin del trabajo están allí mismo. Y eso añade a la mez nñna satisfacción del salario otra suerte de compensación íntima, ta qi? e hacía del artesano un hombre completo EADIXG, NUEVO CARRO D E TESPIS, EN E l- QUE TOBO ES BROMA MENOS LA BELLEZA Y LA JUVENTUD I en otras épocas, y no un medio, un número, una pieza de recambio, como es el obrero en la gran industria actual De esa tradición gremial, que se mantenía viva por las luchas sostenidas con el abad de los benedictinos, y del espíritu universitario, Keading guarda ese aristocratisrno de los burgos de la Edad Media, que son algo más que nidales vacíos. Gusto de las antiguas costumbres. Y así, mientras en las grandes ciudades del viejo mundo el Carnaval ya no es sino remedo triste o recuerdo de lo que fué, en Reading perdura la afición a las mascaradas callejeras, aunque cultivada casi exclusivamente por los estudiantes de los colegios universitarios, como el Extensión College, afiliado a la Universidad de Oxford, o la Escuela de Gramática, fundada en los finales del siglo xv. Y ahí están las fotografías que dan prueba de esa afición carnavalesca, bien que no hayan sido tomadas en días de Antruejo, puesto que las mascaradas salen cuando, con cualquier pretexto, así lo dispone el buen humor de la grey estudiantil. La multitud contempla complacida el grupo que, bajo el mando de un policeman de fantasía, parodia junto al auténtico policeman copartícipe en el regocijo, un atropello del que resultan varias víctimas tendidas sobre los rieles del tranvía urbano. O el nuevo carro de Tespís, sobre el que se simula la toma de vistas de una película hablada, en la que todo es broma menos la juventud y la belleza de las criaturas qtie dejaron unas horas los libros para ofrecerse en espectáculo a la ciudad. O e P. reproducción del ep; C sodio en que San Jorge, personificado por un estudiante que cabalga sobre un corcel de madera, da muerte a un gigantesco dragón. La circulación se interrumpe. Camiones y automóviles aguardan el fin de la escena, sin que nadie se enoje por el obstáculo que al tráfico urbano suscita la diversión juvenil. Hiere San Jorge al dragón y rescata a la cautiva princesa, a la que el trance legendario cogió en zapatillas, como se ve. E inmediatamente le ordena, autoritario: -Sigúeme. Por las calles de la villa camina el dragón, siguiendo a San Jorge con canina docilidad. Y el espíritu de la ciudad no lo reflejan los protagonistas de la farsa, ni la multitud de sus compañeros, ni los chiquillos que les siguen y quisieran ser actores también en la comedia, sino ese viejecito burgués de barba blanca, con aire de profesor, que se detiene, sonriendo, a verles pasar. A treinta kilómetros está Londres, donde a menudo se deciden los destinos del mundo. ¿Y quién sabe si entre esos estudiantes que forman o miran el cortejo se hallan el Pitt, el Disraeli, el Gladstone que el Imperio aguarda para sostener y renovar su esplendor? Y, sin embargo, nada sirve de obstáculo a la risa, porque, como dice el Libro, cada día tiene su afán, y hay tiempo de reír y tiempo de llorar. Ni el anciano transeúnte, sabio envejecido por el estudio o industrial a quien los problema de la hora presente atormentan acaso, ¿nuestra enojo ante la bulla de los mozalbetes. Ni
 // Cambio Nodo4-Sevilla