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EL DRAGÓN SIGUE A SAN JORGE CON CANINA DOCILIDAD SAN JORGE, SOBRE UN CORCEL D E MADERA. MATA AL DRAGÓN Y RESCATA A LA CAUTIVA PRINCESA, A LA QUE E L TRANCE L E GENDARIO COGIÓ E N ZAPATILLAS hay publicistas graves que pidan, en nombre de su hígado, l a supresión del Carnaval. A i contrario, todo el mundo aprovecha la alegría que pone en el tráfago monótono de la ciudad l a alegría de los mozos, como en tiempo de frío se acoge gustoso a un r a y o d e sol. Y no son sólo los estudiantes quienes manifiestan el gusto por las máscaras. E n la misma metrópoli, donde a esta hora las grandes potencias se afrontan recelosas, escudriñándose las intencionen más aún que el número de barcos y de cañones, los bailes, a- que se acude con disfraces superan a todo ¡o que se hace en nuestros países meridionales. Capacidad de ilusio- narse en cosas pueriles se dirá. Cierto. Y por lo mismo signo de perenne juventud, indicio seguro de ese optimismo de que no hay vestigio en las razas decaídas y avejadas, que e olvidaron o se avergüenzan de reír. Hasta en l a flota, sobre los monstruos de acero que surcan los mares, llevando a todos los puertos del mundo la bandera b r i tánica, son frecuentes las comedietas y farsas en que el espíritu burlesco del pueblo inglés se manifiesta. A veces en forma que ha dado motivo a los hombres de mal humor para criticar hasta a l heredero de la C o rona, l c- o cu estas mascaradas universita- rias de Reáding nadie halló nada que c r i t i car. L a tropa estudiantil de a m b o s s e x o s anima la ciudad unas horas. Luego se reúne en comidas y b a i l e s vespertinos. V mediada la noche l a v i e j a urbe recobra s u c a l ma habitual, a la sombra de sus a n t i g u a s i g l e s i a s como la de los frailes g r i s e s o como la de Santa M a ría, en torno a la que r o n d a el ánima de E d u a r d o el Mártir, asesinado por su suegra, o como la de San Lorenzo, o como l a de San G i l que las tropas de Cromwell casi derribaron y fué reconstruida con posterioridad. L a s máscaras duermen a esa hora en que suena dulcemente en el aire húmedo ¡a los carillones. Y el fantasma de Haroldo el Normando- -qué fué señor de la c o m a r c a tal vez se asoma con na curiosidad ultraterrena a l a puerta de l a atedia en ruinas, como una máscara espectral. JUAN P U J O L