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Entonces, mis bravos, valor, y sea lo que Dios quiera Hasta entonces, prudencia y silencio. ¿Cuando yais a partir? -Mañana, señor, si Vuestra Majestad no nps manda otra cosa- -dijo el duque de Coimbra. -N o cuanto antes partáis, mejor. Adiós, pues- -añadió levantándose- y que San Dionisio y Nuestra Señora de Belén intercedan con Dios por nosotros. ¡Vuestra mano, señor! -No quiero que me rindáis pleito homenaje sobre un cementerio; soy algo supersticioso; no, no me la beséis hasta que yo os la tienda teñida en sangre castellana, en mi palacio de Belén. Adiós. ¡Y se separó de eilos. -Adiós, señor- -dijeron los tres nobles en voz baja y triste, como si su alma hubiese estado comprimida por un presentimiento funesto; como sí hubiesen temido instintivamente al que creían su Rey y que tal vez lo era. ¡Y decimos tal vez lo era porque los que sabían a ciencia cierta si era impostor o Rey, han muerto ha m á s de tres siglos y medio, y ya sólo lo sabe D i o s porque el proceso del pastelero de Madrigal es un misterio sombrío, imposible de esclarecer. ¿T e acompaño, hermano? -dijo Yhaye en l a puerta del cementerio a Gabriel de Espinosa. -N o Abenamar está esperándome al pie de la Iglesia de la Antigua, y más allá, de trecho en trecho, están los otros- -dijo Gabriel de Espinosa- Si andan rondas por mi camino, ya lo sabrá Abenamar, y echaré por otro lado. -E s t á s triste, Sebastián. -N o míe llames Sebastián cuando estemos a solas; aquí no tenemos que engañar a nadie. -rr- jQué, empeño el tuyo en ser un misterio para haya sonado el primer golpe- de 1 a campana de Belén, el Rey don Sebastián, que ya e s t a r á s o b r e la costa, tan cerca de Lisboa como sea necesario para que no se aperciban las galeras españolas de que hay turcos en la costa salte a tierra con l a gente que llevare, que m á s valdrá que sea escogida que mucha, y se entre por Lisboa y embista como quien es tan buen caballero y tanto interesa en el logro de l a jornada. Y dice el señor Antonio Pérez, que el caballero francés. dice que esto ha de hacerse por l a posta, porque el Rey don Sebastián, metido donde está, le rodean los peligros y vive de casualidad y con el ¡a y! en los labios; que el caballero francés nunca aprobó que el Rey don Sebastián fuese adonde está, antes bien, que se quedase en Marsella o en otro puerto francés del Océano, que así se lo aconsejó al Rey don Sebastián, y que teme que el no haber seguido el consejo no le pese, y se alegre mucho el Rey don Felipe. Y dice el señor Antonio Pérez que, encuanto a lo de los dineros, el caballero francés no ve una libra tornesa ni por las nubes, a pesar de que necesita tanto para los asuntos en que anda ¡metido; y que si los señores portugueses y los otros de Portugal, chicos y grandes, están pobres y le dieron ya lo que pudieron, menester será que el señor Gabriel de Espinosa se ingenie con l a monja y vea lo que le saca para el Rey don Sebastián, que dicen que la monja es rica, y a nadie más que a ella conviene que el Rey don Seb a s t i á n salga adelante, como quien luego ha de partir con él las dulzuras de l a buena suerte; que harto hacen por allá con lo que hacen, y lo que es en esto, ya sabe vuestra merced, señor Gabriel de Espinosa, nue a monsieur es menester darle con un mazo en el codo para que suelte, y que lo diga si no el señor Antonio Pérez, que se fué a su calor, y ahora anda por P a r í s poco menos que pigriciento, que con haberle dado una casa vieja y dos suizos para que le guarden, cree haber hecho lo bastante, y el pobre señor Antonio Pérez anda encogido y acobardado, y no se atreve a salir m á s que de la casa a la iglesia, y si no fuera por monsieur de Vendóme, que le estima en lo que vale, día habría llegado en que e l señor ¿u i 1
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