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Pero como Dios premia las buenas obras, al pasar por l a frontera tópeme con un fraile trinitario y su lego, -les d i los buenos días como acostumbro, y de resultas, sin saber yo cómo, se vinieron conmigo los hábitos del padre, que son estos que traigo puestos, y ciento y tantos doblones de a ocho, y algunas alhajuelas, y un macho de- andadura con las alforjas bien provistas de cecina y otras frioleras, y andando viene el macho, y yo puestos los hábitos encima, hemos llegado a Valladolid muy bizarramente, y sin tropiezos en el camino. A h o r a bien, y, para concluir: el señor Antonio Pérez dice que no puede aparejarse el negocio mejor que como está aparejado, y que si esta ocasión se pierde, no será muy fácil que se presente otra, y que si no se la ase de los cabellos, será cometer una falta que no merecería n i perdón de Dios. Esto es l o que, con muchas más palabras, y muchos símiles, y. muchas filosofías, y muchas bizarras figuras, decía la carta; pero lo substancial es ío que yo he dicho; y así no hubiera escrito tanto el señor Antonio Pérez, porque tanto papel me he visto necesitado a, tragar, que el estómago se me rebela, y creo que la tinta me va causando cólico. Así, pues, señor Gabriel de Espinosa, pues y a sabéis lo que hánéis de decir a Su Majestad el Rey de Portugal, quedad con Dios, y vosotros también, señores, que los papeles que me he cenado tan sin voluntad me están dando guerra, y voime a m i posada a tomarme una azumbre de agua caliente y aceite. -I d con Dios y tomad para el coste de la meidücina- -dijo Gabriel de Espinosa dando dos doblones de a ocho a Carlos Cabrían. -M i l mercedes, señor Gabriel de Espinosa; bien se conoce a l a gente noble, aunque esté pobre; cuando el Rey don Sebastián vaya a Portugal, y ¡salte a tierra, me alegraré ser uno de los ciento. ¿D e ciento? -preguntó Gabriel de Espinosa ¡A h! N o lo he dicho a vuestra merced, es verdad; se me había olvidado; dice el señor A n tonio Pérez que para que S u Majestad el Rey don Sebastián se acerque a Lisboa no es menester n i n guna flota; que esto, sobre ser caro, sería imprudente, y que basta con una pequeña fusta, que con íacilidad se escapa, en la cual vayan con el Rey. cien hombres buenos, que si ellos son buenos, y estando encendida Lisboa, bastan y sobran para e l negocio. Y quedad con Dios, señores, que más no decía l a carta, y yo he menester volverme aprisa a m i posada. Y Carlos Cabrían se volvió y dijo a Y h a y e -Monseñor Mastta, hacedme la merced de echarme fuera. Echóle Yhaye y volvió junto a los otros. -L a s noticias que el capitán Carlos Cabrían ha traído- -dijo Yhaye- -no pueden ser mejores, n i más acertados los consejos de Antonio Pérez, como de quien es tan maestro en los asuntos de Estado. -Ya lo habéis oído, señores- -dijo Gabriel de Espinosa a los tres nobles- es necesario obrar cuanto antes, y, afortunadamente, para lo que es. necesario hacer en Lisboa no se necesita dinero; demos al San Bartolomé de París por compañera l a noche de otro santo en Lisboa; para matar cas- tellanos no se necesitan más que arcabuces, pólvor a y balas, y los castellanos las tienen. -S e hará como se ha pensado, y aunque no saque n i un solo soldado castellano de Portugal el Rey don Felipe, se hará en el momento en que sepamos que Vuestra Majestad está cerca de las playas de Lisboa- -dijo el duque de Coimbra. -P u e s bien, oíd- -dijo Gabriel de E s p i n o s a- para evitar cartas y mensajeros, que pudieran dar en malas manos, recordad y haced lo que voy a deciros: desde el momento en que llegaréis a Lisboa, haced que todas las noches un hombre leal vele en la torre V i e j a del V i g í a cuando este hombre viere en el mar la luz de un farol rojo, que aparecerá de tiempo en tiempo y en puntos distintos, será señal que yo me acerco; tenedlo preparado todo para
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