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3 a b a h í a de Málaga, en cuyo anfiteatro las líneas de l a ciudad se combinan caprichosamente, ofreciendo graciosas perspectivas al viajero. Quien no conozca estos lugares, hab r á de sentirse gratísimamente impresionado ante esta policromía nueva; ni en África -donde, según opinen de artista eminentísimo, hay que buscar los veneros de nuestra luz- -se hailan panoramas tan ricos de color como en Málaga, y, sobre todo, en su bahía encantadora. Pero aún quedan en el transcurso de nuestro viaje muchas ocasiones en que sentirse de nuevo maravillado. A cada revuelta del camino hay un punto de vista diferente y detalles variadísimos que solicitan la curiosidad del excursionista. Unas veces es, a la izquierda, un peñasco adelantado que se i n terna en el mar- -y las olas le combaten y contra él se rompen con magnífica furia- o bien un islote que, a unos metros de la costa, alardea puerilmente de su independencia. Otras veces es, a la derecha, una huerta feracísima, un cañaveral gentil, una casuca blanca señoreando un alcor. Los pueblccüios costeros tienen una fisonomía humilde y alegre y expanden su optimismo por los aledaños plantados de árboles frutales en profusión. E n las suaves ondulaciones del camino abundan los maizales, cuyos rubios cabellos ondulan airosos al amor de la brisa. L a ¡lora es un milagro de fecundidad y de riqueza en estos contornos; hay cerezos, h i gueras, alba. ricoqueros, algarrobos, vides, huertas lozanas. Y también acacias, plátanos orientales, álamos blancos. E l tren toca en L a Cala, Rincón de la V i c toria. Benagalbón, Quiches, Benajaraíe, V a lle Niza y Torre del M a r Desde allí nos vamos separando de la costa, camino de Vélez. Y a aparecen los olivos que preconizan una estimable riqueza y nos recuerdan la excelente calidad de los aceites de esta región. E n las proximidades de la estación de M a tanza empieza la línea de cremallera. E l convoy asciende lento y seguro, como en busca de una atalaya ideal. N o es posible atender a cuanto desde la ventanilla del coche se divisa. Sólo advertimos que, a cada minuto, es el horizonte m á s amplio y en sus confines se pierden muchos pueblos de la provincia, cresterías, valles y ríos. Nos hallamos a varios cientos de metros sobre el nivel del mar. Admiramos las cumbres, las gargantas roqueñas, las plácidas laderas vestidas de verde, los declives, los SALIDA D E U N TÚNEL D E L FERROCARRIL A VENTAS D E ZAFARRAYA manchones, los regatos amorosos en cuyos alrededores no es difícil sorprender bucólicas escenas de estampa. A veces, las ramas indisciplinadas de los almendros que bordean el camino férreo se asoman por las ventanillas al interior de los coches y nos azotan el rostro blandamonte, dejándonos el perfume de su caricia. Se brindan al placer de nuestros ojos: ia sierra Tejada, E l Torcal, la peña de los Enamorados y muchas otras sierras enlazadas, sirviendo de corona a la inmensidad del cuadro, en que están representadas todas las formas de la Naturaleza y todos los colores del iris. Y todavía se nos reserva una sorpresa máxima con el arribo a la estación de V e n tas de Zafan- aya, enclavada en una amplia meseta que parece el término obligado de nuestra ascensión, el bien ganado remanso, el símbolo de la serenidad y de la gracia entre el continuado alarde de las crester í a s mas aún hay otros montes sobre la NOS HALLAMOS A VARIOS CIENTOS DF METROS SOBRE E L NIVEL D E L MAR meseta. A ellos subimos sin riesgo alguno, y sobre el pico más alto, a un lado del Boquete miramos hacia abajo. Todo se hunde ante nosotros: las sierras, que antes nos parecían gallardas, se confunden ahora con los valles. Todo se agruma y se recata entre velos de luz. E l espectáculo es grandioso. Parece que, efectivamente, estamos sobre el planeta, en un punto ideal, en un observatorio de milagro. ¡Pero el hombre es tan pequeño! A nuestra derecha se elevan los blancos picos de Sierra Nevada. Alguien nos lo advierte, y al poner los ojos en las brillantes cimas comprobamos la inferioridad de las nuestras. S i n embargo, no lo lamentamos ni. nos mueve a envidia; que Sierra Nevada es de los granadinos, y es de los malagueños, y es de todos los que sentimos el orgullo de Andalucía. Símbolo de los valores perdurables de esta región es esa nieve i n maculada, perpetua, que no se derrite jamás, a pesar de amontonarse sobre una tierra que tiene un corazón de fuego. ESPECTÁCULO ES GRANDIOSO. PARECE QUE, EFECTIVAMENTE, ESTAMOS SOBRE EL PLANETA EN U N PUNTO IDEAL, E N UN OBSERVATORIO D E MILAGRO (FOTOS R. BUZO) X- UEL PRADOS Y LÓPEZ
 // Cambio Nodo4-Sevilla