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A B C. S Á B A D O 8 D E M A R Z O D E ig o. 3 E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G to nes de sus carrozas. P e r s nuestra %l mohadillas para los toros tienen precédenos mucho más lejanos. Son, al menos, del tiempo de Trajano Hispalense en el Coliseo de Roma, y aún hubo en la época imperial una ley que prohibía las almohadillas para las localidades inferiores, que eran las de arriba. E n la Verona del x v í n se llevaban también a l a parte llana de la arena sillas doradas de la época. E n los entreactos se tomaban, como hov todavía, sorbetes y refrescos. Uno de los espectadores de entonces era el m á s ilustre erudito veronés del siglo x v í n el marqués de Scipione Maffei, que, mientras oía cantar a las Ariadnas y Orfeos a la moda, iba meditando, para fin de su Verona Illustrata el elegantísimo Trattato degli anfiteatro e singularmente del Veronesse. RAFAEL S A N j C H E Z M A Z A S 1 DEA D E L ANFITEATRO Roma, Verona, Pola y Nimes E n Roma fueron cuatro los lugares destinados al espectáculo: teatro, anfiteatro, estadio y circo. Tres de estas creaciones habían venido de los griegos. Sólo el anfiteatro es una originalidad romana. L a historia que nos dan de su invención parece una de esas fábulas claras en que abunda la historia de la técnica. Según el viejo P l i nio, un tal Curio Máximo, de la gente Scribonia, hizo edificar dos grandes teatros de madera, contiguos entre sí como dos semicírculos tangentes. Estos dos teatros no estaban fijados a la tierra, sino suspendidos y montados al aire como los tío- vivos. P o r la m a ñ a n a se representaban comedias, pero poco después de mediodía se hacían girar improvisadamente los dos hemiciclos con toda su multitud de espectadores, mientras caían los dos escenarios por arte de birlibirloque, y se formaba un recinto entere y perfecto, en el área del cual venían a combatir héroes del. mar, armados de redes y tridentes con héroes de la tierra firme, armados de espadas cortas y rodelas. E l primer anfiteatro de la Historia se formaba así como una arquitectura de portento, que hubiera deleitado a León Bautista Alberti. L a necesidad técnica del anfiteatro, ¿fué traída por los gladiadores o por los combates de fieras? Los hombres podrían haber luchado en el teatro clásico. Eran m á s bien los toros, panteras, osos, elefantes, hipopótamos y leones quienes exigían esta forma cerrada y redonda. Cuando siglos más tarde el anfiteatro llegó a su perfección- -que fué también la suma perfección de la arquitectura- romana- algunos poetas de la decadencia latina le llamaron, por sus complicadas entrañas de corredores, vomitorios y subterráneos, Laberinto. S i n querer aludían con esta palabra a los verdaderos orígenes míticos, al primer teatro venatorio de las edades, al famoso Laberinto de Creta, donde Teseo primer espada, mataba del formidable volapié a Minotauro. L o que el palacio cretense era en cuadrado, fué en redondo y elíptico el anfiteatro. L a civilización cretense produjo grandes áreas cuadradas con. graderías para presenciar las prehistóricas corridas de toros y las prehistóricas danzas de espatadantzaris, que pugnaban al son de la flauta. Estas enormes construcciones estaban rodeadas de una laberíntica trama de corredores, habitaciones rectangulares y toriles. Roma mudó esta helénica y arcaica concepción cuadrada en redonda y elíptica, porque Roma potest mutare quadrata rotundis. i Qué importancia tuvo para la historia del arte en general y para la historia del arte escénico en particular esta invención del anfiteatro? Enorme. E l anfiteatro resumía, en una creación original todas las mejores experiencias de la arquitectura clásica- -todo Vitruvio- y anticipaba casi todo el arte renaciente- -en Verona- y casi todo el arte barroco- -en Roma. E n Roma lanzaba los cuatro órdenes superpuestos- -dórico, jónico, corintio, compuesto- -con plenitud barroca. Sin el coliseo no hay palacio Máximo, ni Barberini, ni Farnese. Sin el coliseo y su elipse no hay la columnata de Bernini y su elipse. Sin Verona no hay un testimonio, un modelo y un precedente de autoridad clásica para el orden toscano, que veremos renacer en la Florencia, de Palazzo Riccardi, de Palazzo A n í l n o n de Palazzo Pitti. Sin los anfiteatros de Roma y de Verona faltarían los dos elementos de juicio principales al juicio de P a l ladio. de Vignola, de Fontana, de Scamozzi, de tantos... Para el arte escénico, el anfiteatro ensanchó enormemente el campo visual y el campo plástico. Anticipó en la Edad Antigua las emociones del cinematógrafo. Miles de espectadores pudieron presenciar en la arena seca o inundada, iluminada por el sol o con resplandores de antorchas, batallas de E j é r citos, combates navales, cacerías de animales exóticos y feroces, ballettos de un lujo y un esplendor inusitados. L a maquinaria escénica logró singulares prodigios sólo después de siglos emulados. U n a montaña podía deshacerse a ojos vistas, pariendo llamaradas y leones. U n toro podía raptar a los cielos al poderoso Hércules, según cuenta Marcial. E l anfiteatro fué el lugar de las maravillas, de donde salían bizcos los espectadores. E l pueblo romano se distribuía, además, en las inmensas graderías con un orden jerárquico y una vasta emoción colectiva, que j a m á s ningún otro púbiieo ha repetido. E l anfiteatro, que era una concepción colosal y bárbara, pero magnífica y moderna también del espectáculo, tuvo un final sublime: los mártires. Se cerró con la cruz de Cristo a lo profano y se abrió a nuevas multitudes. Se abrió a lo divino como un lugar sacro y trágico, que había superado, por fin, las emociones de la tragedia griega. L a erudición clásica ha considerado cuatro anfiteatros: Roma, Verona, Pola y N i mes. Perfectos: Roma y Verona. Imperfectos: Pola y Nimes. L a sangre de los toros ha refrescado las arenas de Nimes- con la emoción arcaica del progenitor Laberinto. Pola está junto al mar, como está la plaza de la Maestranza de Sevilla junto al Guadalquivir. Las velas venecianas de los navios ponen sus triángulos bermejos sobre la mole redonda de arcos ligeros, luminosa de sol. S i se celebrasen corridas de toros en Fola- -como se celebraron en la Venecia antigua- -los marineros podrían ver los toros encaramados en sus mástiles. Los marineros son antiguos amigos de la idea anfibia del anfiteatro. Eran actores en las naumaquias. E r a n tramoyistas, según Lampridio, para la vasta y rápida maniobra de tender y recoger el velario, y así se ratificó ese parentesco secreto que hay entre los tramoyistas y los marineros. E n las gavias, esa gra n maniobra de los graneles veleros, es una pura obra de tramoya escénica- -bajo el viento dramático o festivo- -y un signo evidente de la coreográfica teatralidad esencial a la marina. (Todo el mar no es m á s que un anfiteatro, cuyos coragos se llaman almirantes, y cuyos atrecistas se llaman armadores. S i leéis las Ordenanzas de Marina de Colbert, creéis leer el programa y las didascalias de un balietto gigante de navios, de una gran naumaquia, bajo la advocación de Luis X I V E l anfiteatro de Verona viene dedicándose los veranos, desde los veranos del sig- lo x v n i a la cruz y delicia de la ópera. E n otro tiempo- ¡ay! -venía de Venecia la M a l i hrán. Todavía hoy una de las mejores fiestas burguesas de Europa es la ópera de estío en el anfiteatro de Verona. Como antesala del anfiteatro hay una enorme plaza, d i vertida y caliente, que antes. de la ópera se convierte en un inmenso restorán al aire libre, casi- -manes de Pablo Veronés- -en un ágape de burguesa felicidad y del comunismo gastronómico. Una oleada de fraternidad invade la plaza llena de mesas bien servidas. A mí me ha acontecido varias veces no encontrar mesa, y sin conocerme me han hecho sitio, cuando una alegre familia de Vicenza, cuando una amigable reunión de usureros de Padua. Los niños me solían preguntar, apurados: ¿T i e n e ya le cadreqhef Porque le cadreghc, -en el dialecto veronés, son las butacas. E r a costumbre desde el siglo x v í n que las damas llevasen a las graderías de mármol del anfiteatro veronés los almohado- AUTOCRÍTICA Manos de plata H o y s á b a d o se estrena en L a r a de M a d r i d l a comedia de este t í tulo, original de Francisco Serrano Anguita. Nuestra vida es hoy y es m a ñ a n a el ayer ya no existe dice el protagonista de Manos de plata, encerrando en la frase todo el sentido moral de su vida turbia y azarosa. Este hombre ha de olvidar cada día su hazaña anterior para disponer la venidera. Y como el pasado es para éi una carga molesta, halla cómodo darle por muerto. E l ayer ya no existe Pero sí existe, sí... Cuando mi pobre h é roe- -que ha encontrado a su paso una mujer buena, nada menos que toda una mujer buena- -está m á s firme en su idea de que el pasado murió y de que nada estorba su libertad para tramar las picardías del presente, las viejas historias reviven y llegan a turbar el plácido reposo del truhá. n. Lleno de asombro, el t r u h á n descubre que tiene conciencia. Porque es ella la que hace resurgir el ayer y se lo muestra a mi hombre, reflejado, como en un espejo claro turbio a l a vez, en la vida hasta ahora seña l a y discreta de los que le rodean. Y como el t r u h á n se acomodó a esta misma vida y empieza a enterarse de que, por regla general, la hombría de bien es menos amarga, que la truhanería, siente el espanto del pasado y se complace en reconstruirlo para deshacerlo de un golpe... no diré yo que para siempre, porque la comedia concluye y la vida sigue; pero el protagonista, el hom. bre que buscó y rehuyó el amor, lo tía encontrado cuando ya no puede brindarle acidas y sabrosas inquietudes, y se conforma, con tomar de él lo único que le es fácil: la molicie, el sosiego; lo que el amor de ú l tima hora logra dar a los viejos. Aunque mi personaje dice que nos morimos de viejos, y resulta que siempre fuimos unos niños Unos pobres niños, que hacemos lo que vimos hacer, y que somos buenos o malos según el campo en que nos sitúan. Esto he querido que sea Manos de plata, la comedia que una de estas noches pedir á espacio en ese queridísimo escenario de Lara, jaula inolvidable, desde la que alzó mi Pájara su modesto vuelo. Comedia de contrastes y de claroscuros, yo no sé hasta qué punto h a b r é logrado realizar mi empeño. Sé que la intención que en ella puse es limpia y honesta. Y sé, sobre todo, que la maestría de los intérpretes, de la gloriosa Leocadia A l b a a la que debo mis horas m á s felices de autor d r a m á t i c o de la magnífica actriz Coráis Cátala; de Carmencita Carbonell, alma de artista palpitante en las brasas de sus ojos bonitos; de Soledad Domínguez, garbosa y graciosa; de Manolo González, que me proporciona l a alegría de