Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
FANTASÍA CARNAVALESCA DIBUJO D E COMBA Byron asegura que de todos los países de la tierra, Venecia es el que ofrece el más alegre y divertido Carnaval, por sus bailes, cantos y serenatas; por sus mascaradas y sus misterios La Semana Santa y el Carnaval eran las épocas del año en que se confundían en Roma todas las clases, para tomar parte en la orgía, mezclada con la santidad, el placer con la penitencia, curioso contraste que resaltaba en aquella ciudad soberana del mundo más que en ninguna otra. La fiesta del Carnaval se acababa en Roma n los dos primeros días al anochecer, siendo la señal el toque del Avemaria, a cuyo nido, al retirarse, se santiguaban para prepararse al festino, que así denominaban al baile celebrado en el teatro Aliberti; pero al mochecer del martes de Carnaval, se iluminaba a toque de campana el Corso y las plazas con multitud de luces, llamadas moccoli, y saliendo tocias las máscaras a la calle con bujías encendidas empezaba una infernal gritería, en la que se oían las voces de ¡Muera el que no tenga candelilla! La principal diversión de esta fiesta, que duraba toda la noche, era el apagar unas a otras la luz. E l toque del alba era el puñal asesino del Carnaval, pues, sonando un grito lúgubre, que decía: E marta il Cárnavole se apagaban todas las luces, las máscaras se despojaban de las caretas y todo el mundo entraba en las iglesias a recordar su esencia y su fin, tomando la ceniza de manos del sacerdote. Después de los Carnavales de Venecia y Roma, el de Milán ha si- do desde muy antiguo uno de los más solemnes. No acababa en esta ciudad la fiesta, como en los demás países, con la ceniza del miércoles, sino que se repetía con gran entusiasmo el jueves y sábado primero de Cuaresma con la grotesca fiesta de las coriandoli de su Carnavalon, que eran unos anises gruesos de yeso, fabricados ex profeso, y que se vendían por sacos para la gran pedrea. Era costumbre en Milán, en esos días, pasear por las calles principales de máscara, en coche, a caballo, a pie, vestidos los hombres con gabán, sombrero y guantes blancos, y las damas asistían a los balcones y ventanas con mantones y trajes de gran precio. Consistía la diversión en arrojar desde los balcones a los pasajeros puñados de cariandoli, ya con la mano, ya con una especie de cucharas de madera con mangos de ballena para poderlas arrojar con más fuer- za sobre el pobre paciente a quien saludaban. Cuanto más se quería a la persona que se veía pasar, mayor era la granizada, y, por lo tanto, el enamorado galán medía el cariño de su amada por la intensidad del golpe recibido. Claro que aquel que tenía plena seguridad de su amor es de presumir que se quedara en su casa. El Carnaval en París. El Buey gordo No fué menos bullicioso el Carnaval en París, y si bien sus fiestas no ofrecían la suntuosidad de las apuntadas, excedía sü pueblo al de Roma en su afición a la orgía, por su famoso paseo del Buey gordo. Desde los más remotos tiempos se ha paseado en los días de Carnaval por las calles de París un enorme buey, conduciéndole en pompa y al son de alegres músicas, al Palacio Real y a las casas de las principales autoridades. La procesión estaba integrada, entre otros, por el carnicero dueño del buey, el indivi- duo que se encargó de cebarle, el inspector general de la carnicería, un maestro de ceremonias, varios mandarines, el Emperador de Marruecos, Luis X I I I y Luis X I V al final iban el Buey gordo, magníficamente enjaezado con penachos de pluma sobre la cabeza y escoltado por cuatro sacrificadores, vestidos a la romana. Cerraban la procesión un carro triunfal, cubierto con terciopelo carmesí, ruedas y adornos dorados, tirado por cuatro hermosos caballos con penachos y con ricas gualdrapas y mantillas de terciopelo encarnado con franjas y flecos de oro. B l carro le conducían ai templo; debajo de su, dosel iba el Amor, acompañado de Júpiter, y a sus lados Apolo, Hércules y demás divinidades del Olimpo. L a procesión recorría las principales calles de JParis, dirigiéndose al palacio de las Tullerías, donde el Buey gordo hacía su visita al Rey. En esta fiesta tiene su origen el entierro de la sardina. Algunos creen que de este modo se enterraba a í Carnaval, para entrar en el tiempo de Cuaresma; si fuera así, se debía enterrar el sabroso solomillo y no el pescado. En Francia, durante los siglos xv y x v i la influencia de Italia dio nueva vida al Carnaval. Enrique III recorría disfrazado las calles de París, arrojando agua sobre los transeúntes. Enrique I V iba por las calles de la capital dirigiendo una mascarada de brujos, y reinando Luis X I V los desórdenes del Carnaval llegaron a su más grande apogeo. Celebrados han sido también los Carnavales de Trieste, Maguncia, Aquisgrán, Dusseldorf, Niza, Ñapóles y Florencia. Buenos Aires y Montevideo son los países de América más alegres en esta fiesta. Se divierten grandemente, arrojando desde los balcones huevos llenos de agua. El Carnaval en España. En España los árabes se mostraron entusiastas del Carnaval, y al dar cima a la reconquista la fiesta estaba muy extendida. Hubo una época de mascaradas durante la dominación romana. E l Carnaval en la Edad Media fué menos licencioso que el de la antigüedad, pero más trivial y más grosero. En los siglos xv y xVi debieron estar muy en boga las máscaras. Las festivas comedias de Lope, Moreto y Calderón nos presentan muchas escenas, de mascaradas y BAILE D E MASCARA EN E L TEATRO REAL DIBUJO B E ESTEVAN