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Wo d e j e ufsfecl ele l e e r t o d o s l o s dío 2 Hiiit gpo que es 1 UN. PORTFOLIO I ¡UN MUSEO UN p o r 3 a d i v e r s i d a d d e s u s fotografías. L l B R 0 p o r l a a b u n d a n c i a d e s u texto. REGALO p o r la b a r a t u r a de s u precio. 1 p o r l a b e l l e z a d e s u s p l a n a s artísticas; y UN e l ejemplar en f o 8,78 FERNANDEZ ¡Y; G O N Z Á L E Z EL PASTELERO D E MADRIGAL 379 Isabel Había regalado a doña A n a de Austria, con algunos diamantes; un anillo de oro con un diamante grande en el fondo, finísimo, y una lámina de oro en que estaba esculpido el retrato del Rey don ¡Felipe I I muy al vivo, que el mismo Rey había enviado a doña A n a de A u s t r i a unas imágenes muy ricas, para cabecera de cama; una piedra bezar muy grande, engastada en oro, y un reloj de oro con diamantes, para el pecho, y cadenas, cintillos y otra multitud de alhajudas. de algún valor. Todo aquello junto podría valer m i l quinientos ducados. A p o deróse el alcalde de estas alhajas y preguntó a G a briel de Espinosa, como si no le conociera: ¿Quién sois? -Soy pastelero de la villa de Madrigal- -contestó Gabriel. ¿Cómo os. llamáis? -G a b r i e l de Espinosa. ¿D e quién son las joyas que os he ocupado, y, 8 e dónde las traéis? -D e M a d r i g a l me las ha dado la señora doña A n a de Austria, monja en el convento de Nuestra Señora; de Gracia l a Real de aquella villa, para que las venda, y a eso sólo he venido a Valladolid. ¿Cómo puede ser Verdad que hayáis venido a vender estas joyas a Valladolid, cuando os las he cogido ya en el cojín de la cabalgadura, y, según entiendo, habéis mandado que os llamen a las dos para marchar de Valladolid, y tanto, que ya habéis enviado delante a vuestros criados? -Consiste eso, don Rodrigo de Santillana- -dijo Gabriel de Espinosa, haciendo estremecer al alcalde con el acento singular con que había pronuncia- do aquellas palabras- en que he visto que en V a lladolid anda poco dinero, que no podría venderlas como no las quemase, y, sin ofrecerlas a nadie, había resuelto, partirme a Medina del Campo, donde por el gran comercio corre mucha plata, y estaba seguro de hacer mejor. venta de las alhajas. ¿Y habéis tenido necesidad de estar quince días en Valladolid para conocer que no podríais vender a buen precio esas joyas? -S i señor- -dijo ¡Gabriel de Espinosa, con un l a- conismo, una dignidad y un acento tales, que i m presionaron más y más al alcalde. ¿P o r qué habéis mudado diez veces dé posada en quince días? -dijo al fin Santillana, -Porque en las unas temía ser robado, y eri las, otras la huéspeda era puerca. ¿Cómo es que repara en que la huéspeda sea puerca o limpia un pastelero? -A n t e s por serlo debe cuidar más de la limpieza- -d i j o con sarcasmo Gabriel. ¡V i v e D i o s! M e parece que voy a hacer con vos un escarmiento- -dijo Santillana. ¡A i m vos! -dijo Gabriel con un tono de desprecio; pero reponiéndose, añadió: -Y o bien sé que. no me haréis agravio, porque sois un buen caballero. -Acortemos pláticas, y venios conmigo- -dijo el alcalde. ¿Y adonde, don Rodrigo? i- -A la cárcel. -Y o no debo ser preso en la cárcel como un cualquiera- -dijo G a b r i e l- mire lo que hace y cómo trata a los hombres honrados, que ni a él ni a los demás los ha puesto aquí el Rey para hacer agravio a los forasteros. -S i vos sois honrado, allá aparecerá, y os trataremos como a t a l ahora, por pastelero os habéis vendido, como a tal os trataremos y llevaremos, mientras otra cosa no nos constare. E a seguidme y no hablemos más. Gabriel de Espinosa tomó su capa y su sombrero, y el alcalde, llevando consigo las joyas, cerró el cuarto, se metió la llave en el bolsillo, dejó a un alguacil de guardia para que no pudiese nadie entrar en aquel cuarto, y con Tribaldos y los otros alguaciles se llevó a la cárcel a Gabriel de Espinosa. Aún no había vuelto la primera esquina el alcalde, cuando el alguacil que había quedado de guardia sintió abrirse la puerta de un aposento inmediato, y de él salió un hombre, y acercándose a la barandilla del corredor, dijo a voces: ¡H o l a! ¡Posadero! L o s caballos de mi amo, que ya es hora de marchar, y venid que se os pague la cuenta. Diez minutos después, sin que el alguacil que 1 1 1