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A B C. J U E V E S 13 D E M A R Z O D E 1930. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. P A G 6 a gastarlos en cosas que de buena fe (de ello estoy convencido) creían debeí pí- oducir nuevos ingresos, que no han llegado aún y, cuando lleguen, si llegan alguna vez, serán ya tardíos. E l remedio era algo tan sencillo como el huevo de Colón. Pero hacía falta un hombre honrado, de gran talento y energía y capaz, de sacrificar su amor propio, no inventando recursos fantásticos, sino ateniéndose a la realidad: orden y economía. E n estos momentos en que los problemas financieros preocupan hondamente a los españoles, aun a aquellos que blasonan de frivolos e indiferentes, involuntariamente un nombre acude a todos los labios: V i l l a verde. Cuando la gran catástrofe de las guerras coloniales amenazaba dar al. traste con todo, cuando nuestra riqueza yacía arrasada y nuestra juventud muerta; cuando, algo peor aún, h abíamos perdido la fe y la esperanza; cuando tal vez estábamos amenazados de una lenta agonía. Villaverde salvó, no só o l a Monarquía, sino a E s p a ñ a entera. L a salvó con el sacrificio de su popularidad, a costa de ser a todos aborrecible, de verse denigrado, escarnecido; pero la salvó. Ese no buscó fáciles aplausos, parecidos a los que saludan al padrino en bodas y bautizos cuando tira puñados de calderilla (aquí han sido millones, en vez de monedas de cobre) ése, con hondo y recio patriotismo, con alto y noble sentido del deber, prefirió sacrificar todos los halagos que proporciona el despilfarro y desbarajuste al juicio de la posteridad, a la justicia de la Historia. Muy joven aún, en esa edad que es el paso de niño a hombre, mis doce o trece años no me mezclaban a ú n en luchas ni zozobras políticas o sociales, pero tenía ya edad y conocimiento bastante para darme cuenta. Recuerdo muy bien las campañas furiosas, los insultos, las murmuraciones, los artículos mortíferos, las caricaturas sangrientas, las obras teatrales, i L o s presupuestos de Villapierde! Y sin embargo, aunque cada ex ministro a quien quitaban la cesantía era un enemigo, y cada contribuyente un adversario, salvó a E s p a ñ a! Gracias a él, al decretar D Eduardo Dato la neutralidad en la guerra europea, nuestra Patria, sin M a rruecos primero, sin Dictadura después, sería rica y poderosa. Los remedios heroicos son mucho m á s bonitos que los humildes remedios caseros; pero... Para resistir remedios heroicos precísase una base de energía natural, una fuerza concentrada, oculta por taras o males, pero latente allí. N i pesimismos injustos ni optimismos fantásticos; serenidad para apreciar la realidad de las cosas. Y a que hay un poder sereno, tranquilo, que no pretende deslumhrar con prosperidades mentidas, sino basarse en la verdad, la paz y la justicia; ya que el m i nistro de Hacienda, en vez de engañar a los españoles con espejismos mentidos, como a niños, dándoles vidrios de colores por joyas, como a salvajes, piden que todos aunen su esfuerzo para salvar la situación, hay que mostrarse digno de la confianza, de la verdad (no l a bonita mentira del general Primo de Rivera) verdad, dura algunas veces, pero que puede modificarse con nuestra voluntad y nuestra energía. Hay en juego muchos intereses, y lo d i fícil, pero imprescindible, es distinguir entre los justos que deben acoplarse a la vida española y los ficticios o mentidos, sin más razón de ser que unos aplausos al dictador, con el mismo fundamento y verdad que los de esos incondicionales (incondicionales con alguna pesetilla) que sacan en hombros a los toreros v los boxeadores. ANTONIO D E H O Y O S Y V I N E N T lejos. H a y en la vida segundos que se alar- ¡DE HACIENDA gan m á s de lo debido. L a Providencia veló, sin embargo, por nosotros, y antes de que el arco de nues- Una fábula vieja y una demostratro rumbo nos demostrara si- tenía o uo ción eficaz suficiente radío, la avería fué eparada, el timón prestó obediencia y el barco recobro Las palabras del ministro de Hacienda, su gobierno. ¡Con qué gallardía pasamos tan serenas, ecuánimes y ponderadas, si a estribor d. ei crucero y corrimos sin pre- para algunos ilusos h a b r á n sido un jarro ocupación alguna por delante de su escala de agua fría, confortadoras y alentadoras de honor, dueños ya de nuestra ruta! han sido para todo espíritu imparcial. ¿Se enteraron los del Invincible? SuE l Sr. Arguelles no se ha lanzado por pongo que no, quizá se e x t r a ñ a r a n sola- los vericuetos de la fantasía, a que tan afimente de la rara maniobra del Bustamante. cionados se mostraron los hombres de la ¿Sospecharon que iba el Rey con nosotros f Dictadura, sino que en vez de cuentas gaTampoco lo creo. Unos oficiales que desde lanas se ha limitado a... hacer cuentas, la cubierta saludaron, llevándose la mano En el rico florilogio de fábulas hay una, a la visera dé la gorra con gesto militar, la de la lechera, encajable como anillo al tal vez lo hicieran por ver uniformes en dedo a la situación, que, con una calma nuestro puente. N i siquiera advirtieron lo enérgica y resuelta, nunca bastante elogiaque al Bustamante había sucedido los tres da, liquida el actual Gobierno. Es tal fatorpederos que desde Cartagena venían dán- bulilla la de la lechera. Y o no creo que donos escolta y que siguieron en todo nues- los hombres que gobernaron entraran a tro rumbo sin sospechar el riesgo que ha- saco en las riquezas de la nación; creo, sí, bíamos c- rido y creyendo de buena fe que que, como la heroína de la fábula, en vez la maniobra e x t r a ñ a había sido de intento de esperar a poseer los resultados de la atrevida para demostrar y lucir pericia. riqueza que iban a crear, se apresuraron A l despedirse luego me decía el marino que iba al timón y cuya sangré fría había ayudado a salir del paso: ¡M e n u d o desasosiego me ha dado la presencir del Rey durante los instantes por. los que hemos pasado! Nunca he. tenido que sujetar más la lengua para que no se me escapara un juramento. Mientras pasábamos por delante del crucero inglés sólo pensaba en sus ¡ciento setenta metros de eslora! que me parecían inacabables. Gracias a que nuestro barquito supo portarse bien I Fino LA RIVA Poco m á s de un año después el mismo ínvincibls que habíamos tenido en Cartagena demostró su poder militar en la batalla de las islas Fakland, las antiguas Malvinas, situadas frente al tormentoso estrecho de Magallanes por donde habían de desembocar en el Atlántico los barco alemanes del almirante V o n Spee, que acababan de destrozar la flota inglesa de Cradhok en las costas del Pacífico. Bien supo el Invencible con su hermano gemelo el Inflexible tomar el desquite de la derrota de Cradhok. L a victoria de la flota inglesa fué en las Fakland decisiva. Batiéronse bravamente unos y otros, pero el almirante i n glés Sturdee maniobró con tal acierto y supo utilizar con tal habilidad lo veloz de sus buques y sus poderosos cañones, que los cruceros alemanes Schanhorsi y Gneisenau, con. otros, desmantelados, maltrechos y convertidos en hogueras flotantes, se fueron al fondo del mar Antartico, en cuyas aguas heladas los náufragos que se salvaron del fuego murieron de frío. Mas como la suerte tiene ramos de locura y l a victoria es cortesana que suele entregarse fácilmente a los que tienen m á s artillería y, sabe- -aprovecharla, el Invincible tuvo desastroso fin en l a batalla de Jutlandia. Destacada la tercera escuadra de cruceros de combate de la flota del almirante Tcllicoe, entr los que iba nuestro conocido barco, llevando a bordo la insignia del contraalmirante Hood, apartóse éste un tanto de los suyos, envuelto por l a neblina en aquel crepúsculo trágico de fuego, sangre y muerte, y, apareciendo aislado a través de un desgarrón que se abrió en los vapores salidos del mar, hallóse de repente a corta distancie de dos alemanes, el Derflingcr. y el 7 i ¡f oi que con unas cuantas andanadas le incendiaron y echaron a pique en breves minutos. E l que copiara al clásico latino pudiera decir que los barcos, como todo en este mundo, Ilabcnt sua jata. EL CONDE D E GIMENO ARA AFEITARSE rápidamente exija hojas GILLETTE Gillette legítimas que hacen rápida y agradable esta operación. Estas hojas están fabricadas con el acero másfinodel mundo. Escrupulosamente inspeccionadas antes de lanzarlas al mercado, no hay que afilarlas ni suavizarlas. 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