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u B n i N o deje u s t e d le l e e r t o d o s l o s d i i i i i ii i i i un B mnrtii tim nmii n! i m 11 ni 11 nT irn nm u 1 n F rT ir ¡i n m n n f I; RI i ii i un 1 Jim 1 IITITITII iimntrrJi nmrinituuTn 1 ni muí iitm ÍKII nm itnn 11 IA- J I? 11 1 Ii 1 1 1 1 B L A N C O Y NE CJUe S 1 1 1 1 1 1 n 1 1 ni 11 jmratnim 11 i ¡UN i PORTFOLIO UN por la diversidad de sus fotografías. L I B R O por la abundancia de? u texto. UN I I I C I 1 U N M U S E O por la belleza de sus planas artísticas; y R E G A L O por la baratura de su precio. I UIHA peseta e l e j e m p l a r e n tocia Espacia. l! lllil ¡tlll! l! Et iíli! t! l! l! l (llilil! l ¡3 f 1 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ Eli PASTELERO DE MADRIGAL 381 ¡Y a decía yo que esta muchacha, con sus locos amoríos, me había de perder! -exclamó l a vieja con voz plañidera. -Decidme todo lo que sepáis, si queréis librar; algo mejor. -Pues todo lo que sé, ya lo he dicho a vuestra señoría; quiénes fueron los padres de la Galana, nunca ló supe; el que pudo saberlo, cerró ya el ojo, y hace mucho tiempo que le han comido la lengua los gusanos; la chica no tiene más nombre que M a r i Galana; ella me llama su abuela, y yo la llamo m i nieta; pero no nos tocamos sino como se tocan las guitarras; que ella es moza de partido, y a l o sabe vuestra señoría, y yo no tengo más que decir. Pregúnteme ahora vuestra señoría otra cosa, que yo le diré lo que sepa, y suélteme luego, que yo no he cometido ningún delito, y a mí se me está haciendo injusticia, y esto no lo manda Dios, ni el Rey ha dado sus varas a los alcaldes para que apaleen con ellas a los pobres; y esto clama a D i o s yo Soy tan buena como la primera, y no digo más. E l alcalde salió de una nueva distracción, y llamó a Tribaldos. Cuando éste apareció, le d i j o -Agarradme esta bruja, y sacadla fuera; que uno de los alguaciles la lleve a la cárcel, que la rapen el pelo y las cejas, y la tengan ayunando a pan y agua hasta que yo mandare otra cosa. N o en balde todo el mundo sentía escalofríos cuando oía el nombre de don Rodrigo de Santularia. Esto consistía en que en aquellos tiempos h a bía muy mala gente, y en que don Rodrigo, por lo recto y por lo inexorable, era un hombre que había nacido alcalde de casa y corte. Tribaldos se llevó a 3 a vieja, que gritaba y chillaba en todos los tonos en cuanto podía gritarse y chillarse, y el alcalde tomó un pliego de papel y escribió lo siguiente debajo de una c r u z Señora doña A n a de A u s t r i a -M u y excelentísima señora: Esta noche he preso por mí mismo en una posada de V a l l a d o l i i a un tal Gabriel de Espinosa, que dice ser pastelero en esa villa de M a drigal, a quien he encontrado unas ricas alhajas, que parecen ser de vuestra excelencia, y que el pastelero dice se las ha dado vuestra excelencia para r- -M a r i Galana- -dijo el alcalde- -es un nombre comjmesto de un nombre y de un sobrenombre. -Y o no comprendo a vuestra señoría, señor alIcalde. -L o que digo es que cuando decís que esa joven se llama M a r i Galana, resulta que se llama María, y lo de Galana es un mote que la han puesto. -Desde que tenía doce años, por lo hermosa y por lo garrida- -dijo la vieja. ¿Qué edad tiene María? -Veinte años. ¿D e qué tierra es? L a vieja se quedó mirando turbada al alcalde, y no contestó. ¡Tribaldos! -dijo el alcalde. Presentóse como por arte de magia, por lo listo, en la puerta un alguacil. -T r a e los dos palos y el cordelejo de dar garrotillo- -dijo el alcalde. ¡Y o no quiero que me den garrotillo! -dijo la vieja, chillando de una manera insoportable, sentándose en el suelo y mesándose los pocos cabellos que tenía. A esto entró Tribaldos y puso sobre la mesa del alcalde dos pedazos de palo, relucientes por un largo uso, de unas cuatro pulgadas de largo y una de grueso, a uno de los cuales estaba atado un delgado cordel de cáñamo retorcido. L a- v i e j a al ver aquello, chilló más y más. ¡I r a de D i o s! S i seguís así, después de haberos hecho declarar dándoos garrotillo, os mando aplicar quinientos azotes, y lo que hubiere lugar. ¡E a! Alzaos y hablad con compostura, y acordaos de que yo soy don Rodrigo de Santillana, a cuyo nombre no hay bravo que no tiemble. Idos, Tribaldos; pero estad pronto para venir en cuanto os llame. Quedaron de nuevo solos el alcalde y la vieja, que estaba y a tan suave como si l a hubieran dado tormento, por el solo temor de que se lo diesen. ¿D e dónde es natural María? -repitió el alcalde. -Aunque parece española, señor, no es español a es de una tierra que suena así como... necia. ¿Venecia? -dijo con voz cobarde Santillana. -S í eso es, señor; Venecia.