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M A D Rl D- S E V I L L A 14 D E M A R Z O 1 930. SUELTO DI NUMERO 10 C T S CERCANA A TETUAN, SEVILLA DIARIO DO. ILUSTRA- A Ñ O V 1 GE S 1 MOSEXTO N 8.491 REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE, CUADROS DE ESPAÑA E l cuadro siguiente fué Sanlúcar, la blanca ciudad donde vive mi hermana. Llegamos por la tarde, y fuimos entusiastamente recibidos por las autoridades, a pesar del luto de Corte que nublaba nuestro cielo. A la entrada de la ciudad salieron a nuestro encuentro grupos de jinetes, aparatosamente montados en sus altas sillas, y nos saludaron con gritos de júbilo. Enfrenados y engallados, con la cerviz recurvada y la cola corta, sus caballos parecían haber escapado de un cuadro de Velázquez. Estos jinetes marcharon galopando delante de nosotros y nos condujeron por la estrecha calle hasta las monumentales puertas del antiguo palacio Borbón- Orleáns. Listado de rojo y. amarillo, con su estilo seudo- árabe, se levanta este palacio como un viejo aristócrata qui a granel air mais pas de goút. E s una antigua casa de familia: grande, confortable, pero de aquel período en que iodo él mundo tenía mal gusto y se complacía en acumular adornos sin valor y tam. bien, evidentemente, sin utilidad especial. Pero dejo a otros la descripción del mal gusto del antiguo palacio rojo y amarillo. Para mí era una casa, una casa con muchos corazones, todos dispuestos a hacernos sentir calor de hogar: desde el fiel Roberto Papworth, factótum de. la familia, imprescindible para todo, hasta nuestros queridos aposentadores y sus tres espléndidos h i jos, de los que, como tía, estoy extraordinariamente orgullosa. Alvaro, derecho, delgado, de ojos alegres, como un joven caballero; Alvaro, de sonrisa deliciosa y dulce voz. Alonso, que tiene algo de ermitaño, cuyos ojos parecen mirar hacia adentro y a quien tienen cariño todos los animales. A l g o de fauno, tiene también este Alonso. Siendo muy niño, los pájaros, los conejos, los ratones no tenían miedo de é l siempre volvía a casa con algún bicho tímido y esquivo, con quien parecía tener una extraña intimidad. Y por último, aunque no el último, Ataúlfo, ese muchacho encantador, a quien no se resiste el corazón de ninguna muchacha. Astuto, avispado, de entendimiento curioso e indagador, de temperamento alegre, amante de la Naturaleza y botánico, me acompañaba a cualquier distancia para buscar una nueva flor o descubrir una nueva planta. Ataúlfo, con sus hoyuelos profundos su risa irresistiblemente contagiosa... Sí, indudablemente, el viejo palacio de Sanlúcar estaba lleno de cariño... Y desde, la terraza del jardín, que do. mina toda la ciudad, ¡qué cuadro tan encantador... U n dilatado panorama de casitas blancas, que descienden hacia el mar, donde el Guadalquivir vierte sus caudalosas aguas. E n el sitio donde se juntan mar y río hay un puerto bullicioso con barcos, lanchas y yates, que pueden remontar el r í o hasta Sevilla. L a margen contraria se extiende bravia, inmensa y desamparada, invitando a los monteros a perseguir la caza a caballo o a pie. Algo de oriental parece tener aquella ciudad, cuyas casas son tan blancas que parecen irradiar luz. Iglesias, conventos, monasterios, jardines y patios sombríos, todo se presentaba frente a mí comd un mapa en relieve. Y en el confín, la línea brillante del mar. A l anochecer volvían a casa en enjambre las lanchas de los pescadores, como enormes pájaros que resbalaban sobre el agua con las alas multicolores al viento. Pero en el momento en que el sol del ocaso enrojecía, el cielo, todas aquellas, velas que avanzaban sobre el horizonte rojo y oro eran otras tantas sombras de un sueño... Don Carlos Delgado, el alcalde, es un amigo personal de la familia. Antiguo miembro de la Armada, tiene de los marinos la honradez, las manos recias y los ojos firmes. L a ciudad confía en él por muchas razones, y en el. palacio rojo y amarillo es recibido constantemente, y siempre con gusto. Los niños le adoran, y él siempre organizaba alguna diversión, espectáculo ó excursión con que distraernos. Nuestro luto de familia impidió a. Sanlúcar ofrecernos todos los festejos que aquella ciudad hospitalaria había proyectado en obsequio a sus visitantes. Pero no hacen falta grandes festejos para que uno se, sienta a gusto. Sanlúcar. nos acogió muy dentro de su corazón y nos lo demostró de mil, maneras imperceptibles. Nos encontrábamos como en nuestra casa; sentíamos que la simpatía se desbordaba hacia nosotros. Cuando pasábamos por las calles, nos sonreían todas las caras, y las puertas se abrían como invitándonos a entrar. Yo- recordaré siempre a- Saulúcar con sentimientos de gratitud. Allí me sentí feliz. Me queda la visión de una ciudad blanca, llena de sol y de flores. E l antiguo palacio, con su sombrío jardín, era un corazón central, en torno al que todos los demás corazones latían al unísono. Nuestra estancia en Sanlúcar fué dichosa. Una de las cosas que más me chocaron en mis correrías por los caminos de España fué el extraordinario uso que se hace de las cestas. Los que portean piedras las llevan en pequeñas cestas planas- E n otros países se usan, generalmente, carretillas con ruedas. Desde el primer momento me fascinaron estas cestas; me encantaba su forma y la tosca materia verde con que están tejidas. A s í que apremié a mi hermana para que me proporcionase algunas de esas cestas, que serían muy útiles en los trabajos de mis jardines. Puesto que sirven para portear piedra, deduje lógicamente que resistirían el temporal, v la lluvia, y las noches a la intemperie. Pero mi hermana opuso una tácita resistencia contra la adquisición de tales cestas, manifestándome que era un, capricho demasiado impropio de una Reina, puesto que se trataba de los productos más vulgares de la manufactura popular. Pero yo soy muy tenaz cuando una idea se apodera dé mi cerebro, y me propuse no salir de España sin haber adquirido algunas de aquellas cestas, sin duda vulgares, pero resistentes. E n el alcalde de Sanlúcar encontré una persona amable, que se mostró dispuesta a condescender con mis extraños gustos. Adondequiera eme voy. me siento irresistb blemente atraída por el sencillo arte campesino. Muchas veces ha sido objeto de burla esta genialidad m í a pero, a pesar de todo, he tratado de penetrar en les rincones más polvorientos y populosas de Atenas, Ñapóles, Palermo. Constantinopla v en las pequeñas ciudades de Chipre, a caza de cacharros de extrañas formas, de tallas, de hierros, de cestas, que me llevaba triunfalmente a casa sin preocuparme da ¡asi complicaciones del transporte. Don Carlos se divertía mucho con este raro capricho de una Reina, y. no, sólo me ayudó a adquirir las cestas en que yo había puesto mi corazón, sino; que ¡nos llevó, al taller donde se fabrican, de suerte que de- lante de mis mismos ojos, se; tejieron cestas especiales para mí, y pude hacer que se modificasen, de acuerdo con mis deseos. Pero este complaciente amigo de la casacondescendió conmigo en otro antojo de índole m á s complicada. Como he construido una serie de jardines en terraza, que dominan el mar Ñegro ¿estoy coleccionando enormes tinajas, que coloco donde pueden, contribuir a realzar el efecto artístico. E n Rumania, Grecia, T u r quía, Italia, Chipre, he recogido ya muchas de estas voluminosas vasijas, transportadas con interminables dificultades, que nunca me desanimaron de mi propósito. ¿Cuál no sería mi entusiasmo cuando descubrí que E s paña poseía tinajas mucho m á s grandes que todas cuantas yo había, visto en mis diferentes viajes? Inmediatamente se apodera de mí el deseo ele hacerme- con algunas de estas tinajas. Con muestras de regocijo, el alcalde se puso a buscar. cuantas- tinajas gigantes se pudiesen hallar en el término de Sanlúcar, y el resultado fué tan halagüeño, que me quedé asombrada. U n a pareja era tan alta, que un hombre podía esconderse dentro en pie. Verdaderamente, fué un hallazgo estupendo. Cou terror de; mis acompañantes, decidí- desde luego, no- -descansar; hasta que aquellos titanes fuesen transportados a Balcic. Hoy, efectivamente, están ya en mis- jardines, y todos cuantos- las ven lanzan exclamaciones de: asombro, -porque nadie, n i en el m á s fantástico sueño, se había imaginado tinajas semejantes. Y todo esto fué venturosa realidad gracias al alcalde, que no tomó a b r o m a mis excéntricos caprichos. Quedaré agradecida a él para siempre- Realmente, se portó como se podía esperar de quien ha cruzado los mares. Nos encontrábamos en la tierra de los célebres vinos, viñas y bodegas. E l nombre de Jerez es tan conocido. en el mundo, que no necesita ponderación. E n Jerez tiene mi hermana un grupo de simpáticos amigos, que toman parte en todos los. acontecimientos de familia y en todas las fiestas del palacio de Sanlúcar. Nuestra llegada se consideró como un swssae alegre, y así todas aquellas, personas encantadoras, cuyos nombres mas sonoros para nuestros cidos extranjeros son los de l a condesa viuda- de los Andes, duquesa de Montemor, conde y condesa de Villamirando, conde de Almocádel, Torisoto, etc. no cesaron de ir y venir- entre Jerez y Sanlúcar durante nuestra estancia. Se organizaron excursiones a diferentes lugares, muy intere- j santes y bellos; se hicieron visitas a laá célebres bodegas; se sirvieron en nuestra presencia los banquetes de Gargantúa, so cataron los más exquisitos vinos de añejos barriles, que llevaban los nombres y firmas de testas coronadas y- de muchas celebridades. También yo impuse mi nombre a tía
 // Cambio Nodo4-Sevilla