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nuevas familias en la ciudad. Parecía el cuento del Patriarca del Antiguo Testamento, cuyos hijos podían contarse por laá estrellas del cielo. E n todas aquellas casas éramos recibidos con manifestaciones de gran alegría. Nuestros corazones se sentían inundados- de felicidad. A todos cuantos nos hospedaron y agasajaron les envío las gracias m á s cordiales. MARÍA ESPAÑA E N E L VATICANO Una Embajada de excepción E n España se ha solido decir corrientemente: ¡B a h el Vaticano. U n a E m bajada fácil, una Embajada decorativa! A u n los mismos Gobierno han traducido a l gunas veces en nombramientos la potencia difusa de ese vacuo lugar común. Cabe preguntarse- -ya que las derechas e izquierdas no han sido abolidas aún por la política redentora del Sr. Cambó- -si ese lugar común sobre la representación de España cerca del Vaticano viene de la derecha o de la izquierda. Demasiado estúpido parece que pueda venir de la derecha. E n primer lugar, esa opinión equivaldría a rebajar y desconocer desde el campo católico la importancia universal de la Santa Sede- en sus relaciones con los Estados. Y en segundo lugar supondría una ignorancia crasa, de J historia de España, porque cuando ¡a derecha en España ha significado un fuerte valor nacional e internacional- -bajo los Reyes Católicos, bajo los Austrias, y antes, si se quiere, bajo San Fernando- nuestra diplomacia cerca de la Santa Sede ha sido inteligente y firme, y jamás ha significado una presencia puramente ceremonial y decorativa con una aneja abdicación de activa y BARCELONA. E N E L ATENEO PRESIDENCIA DE LA VELADA D E ARTE CONSAGRADA A LA MEMORIA D E L GRAN POETA VÍCTOR BALAGUER. (FOTO TORRENTS) barril. L a costumbre es que el barril donde taño deja su nombre ha de contener vino de la edad del interesado. Como, desgradamente, yo paso de la media centuria, m i vino era un vino excelente. Pero, ¡ay! yo no soy ni catadora ni conocedora de lo? buenos vinos; gran defecto en tales ocasiones. A pesar de todo, comprendí que lo que se me brindaba- era un caldo superior- Varias personas de nuestro séquito eran más afortunadas que nosotros. Los nobebedores mirábamos con pena cómo, no solamente probaban, sino bebían copiosamente el precioso licor, que tan generosamente se les ofrecía de innumerables barriles... Otra cosa que me pareció característica del gran pueblo de Jerez fué el número de los hijos de familia. Se pedían contar por docenas, y éstos, a su vez, habían creado