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d e b u e n a c a l i d a d a p r o v e c h o! a ocasión y m a n d o t r a e r lo suficiente p a r a m u c h o s días, p o r q u e p u e d o conservarías s i n q u e pierdan s u primitiva f r e s c u r a en ia n e v e r a q u e e s una d e s p e n s a ideal. C o n s e r v a s i n alteración t o d a c i a s e d e a l i m e n t o s n o h a c e r u i d o ni p e r t u r b a d l a s audiciones d e radio con interferencias, no necesita e n c h u f a r s e a tuberías d e a g u a n i d e desagüe. C o n s u m e p o c a electricidad y funciona automáticamente s i n v i g i l a n c i a a l g u n a N u e v o s m o d e l o s T O D O A C E R O inter i o r m e n t e e s m a l t a d o s c o n p o r c e l a n a vitrificada, S IC É Apartado 990. -MADRID a. SLL sa ux su. fa ru üC Concesionarios exclusivos en todos los centros de población importantes. ¿592 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 389 que, como había visto ocupado al alcalde cuando entró y conocía bien lo áspero de su carácter, no le había hablado, para evitar un desabrimiento. ¡T r i b a l d o s! j o don Rodrigo de Santülana antes de dirigir la palabra a su ama- de llaves, aunque la había visto. E l alguacil apareció en la puerta. -Que P é r e z Valdivia se calce al momento las botas y las espuelas, y se me presente; que ensillen el Castaño al momento, y que se lleven a la cárcel y, He encierren, sin que pueda hablar con nadie, al preso que está abajo. Id. Tribaldos se fué. -V e n i d acá, Marta- -dijo el alcalde. Y yendo al lecho descorrió las cortinas. M a r t a Sió un grito al ver una mujer desmayada en el lecho del alcalde. ¡s- -Es mi h i j a ¿lo entendéis? -dijo don Rodrigo al oído de Marta, que estaba espantada- Que nadie la vea más que vos; mudadla ese infame traje, vestidla, por lo pronto, con lo que tengáis y podáis, y callad, callad como una tumba, u os las habréis conmigo. Después de esto dejó sola a Marta, que aún no había vuelto en sí de su espanto. Vas a llevar esta carta a Madrid- -decía poco después don Rodrigo a un mocetón de veintiocho años, que trascendía a la legua a soldado y estaba vestido con traje de camino- j Corre lo que puedas, Pérez V a l d i v i a! Llega si te es posible en dos días a Madrid. E l Castaño es fuerte: reviéntalo si es preciso, y si te encuentras a pie, compra otro caballo por lo que te pidan; toma (y dio a P é r e z V a l divia un bolsillo lleno de oro) ¡mata caballos I, ¡no importa! y llega cuanto antes a Madrid. E n cuanto llegares, sea de día, sea de noche, vete al A l c á zar, pregunta por el cardenal Granvela, y dale en propia mano este pliego. Anda, anda; ya veo el Cqsíaño en el. patio; por cada hora- que adelantares tíe dos días te doy mi doblón de a ocho. -Vuestra señoría descuide, que habiendo dinero para revfentar caballos, llegaré en día y medio; y tanto mas cuanto el puerto, porque ahora hace caior. está franco. Vje, ye, ta a vos que una miserable moza de partido ame o no ame, y esté celosa o desesperada? ¿Os habéis enamorado también de m í? ¡Yo! -exclamó con espanto Santillana. ¿H a b é i s visto alguna visión mala- -dijo l a G a lana- que así os espantáis, o creéis que os ofendo cuando os pregunto si os. habéis enamorado, de mí? Pues sabed que personas tan principales como vos, y tan graves como vos, han estado locas por mis ojos. ¡Calla, calla, que no sabes lo que dices, n i con quién hablas I- -C o n el alcalde de casa y corte que tiene las entrañas más duras- del mundo- -dijo la M a r i Galana- como estoy desesperada y no quiero vivir, os irrito para que me hagáis- pedazos. ¡Y o no puedo irritarme contra ti, M a r í a no lo quiere D i o s tú no puedes hacer más que des pedazarme el corazón! ¡Y ¡decís que no estáis enamorado de mí! -dijo con insolente sarcasmo M a r i Galana- ¡A h! ¡E s tos viejos señores, tan severos para todo el mundo, y no pueden ver una muchacha hermosa sin volverse locos! -V a s a ver cómo puedo yo amarte a ti- -dijo fel alcalde, precipitándose sobre un escritorio, abriéndolo, buscándolo en él con avidez y con las manos temblorosas, tomando un objeto y volviendo rápidamente junto a la Galana- ¡V e n! -l a dijo, asiéndola de una mano, llevándola junto a la mesa y acercando el objeto que en la mano tenía a 3 a luz, para que M a r i Galana le viese mejor- ¡M i r a! Í- -la dijo con voz profunda, ronca y cavernosa. L a Galana m i r ó el objeto que la mostraba el a l calde. E r a un retrato. A l verle, la Galana lanzó un grito agudo, -tembló, y luego dijo, arrebatando el retrato al alcalde: ¡D a d m e! ¡D a d m e! ¡Qué quiero ver bien! Y fijó en él los ojos, con la mirada hambrienta. De repente, M a r i Galana llevó aquel retrato a sus Sabios, le besó y cayó de rodillas. E l alcalde temblaba todo. M a r i Galana lloraba, besaba el retrato y murmuraba palabras ininteligibles entre sollozos. ¡L a has reconocido! -dijo el alcalde, levantándola blandamente,