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C Aftiz es doble. Hay el de abajo y eljde arriba. Como si dijéramos el del mar y el del cielo. Desde la torre de Tavíra, que perteneció a una ya desvanecida mansión señorial, y que hoy sirve para el semáforo, se domina el panorama de las azoteas sonrosadas por su enlosado, blancas de cal, y cada tina con su mirador, una garita. Se diluye uno en tanta claridad. Y en ella resaltan con su morenez los históricos castillos: el de Santa Catalina y la Purísima Concepción, ya en el agua; el de San lorenzo del Puntal, en uno costero, y el de San Sebastián, en la Caleta e isleño, y con? u faro. Pero el mar acaba subyugándonos, fascinándonos. Se inmaterializa en su quietud y su luminosidad. Y a es verde, ya es azul, y, por último, cielo. Motas de los transatlánticos, lanchas. Y la bahía con sus arenas pálidas y sus huertos, suave en la amplitud! de las curvas, regazo de los idilios orientales de San Fernando, Rota, Chiclana, Los Puertos. He ahí una de las más finas sonrisas del mundo. En el Cádiz de abajo, los callizos angostos y altos, las rejas verdes, saledizas. cierros de cristales. Fachadas ocre, rosa, malva. En algunas esquinas, un Cañón, un cañoncito. vertical y medio sepultado, guardacantón. A l fondo, casi siempre el mar. Tal vez extraña la altura de las casas, miniaturadas, sin embargo. Es que la impuso la exigüidad del terreno. Mirad por dónde, el dado que es Cádiz serviría de antecedente a Nueva York. Sólo que los rascacielos se reducen a la casi coquetería de las maquetas. No tiene Cádiz ni campos, ni minas; depende en absoluto del Océano. De ahí, tornando a los tejados, 3 a unanimidad de las as. oteas y sus quioscos: Mientras los hembras navegaban, sus familias estaban horas y horas escudriñando el horizonte, con su buen telescopio. Una de las delicias gaditanas es la de sus paseos y jardinillos, y, sobre todo, de sus plazas, entre las que descuella la de Mina, más que española, y que andaluza, americana, de Caracas o de Lima. Y para que sea completa la ilusión transatlántica, a lo mejor el aire, entre la flora poco menos ¡ne tropical, huele a bodega de bergantín, no habiéndose disipado todavía el vaho de las especias que en el siglo x v m aún colmaban los almacenes. Ese tufo ya es aroma de nostalgia. Otras evocaciones de las antiguas provincias de Ultramar se encuentran en ciertos alardes arquitectónicos, que triunfan sobre el berberisco conjunto. Por ejemplo, en la Vameda de Apodaca hállase la iglesia del Carmen, cuyo frontis parece la proa del más enfático de los galeones. N o olvidemos que se construyó con dádivas de los criollos. N i que América y- Cádiz, a lo largo dé su convivencia desde el descubrimiento hasta la guerra con los yanquis, no dejaron de influirse y aleccionarse por turno, sucedíéndoles a la postre lo que a los matrimonios, en que marido y mujer terminan por identificarse y semejan hermanos. Cuando las famosas Cortes, estaba lleno el embarcadero andaluz de diputados america- ARRIBA: M U E L L E REINA VICTORIA. O V A L O PASEO MARÍA MARQUES VÉ COMILLAS CRISTINA. ABAJO: ALAMEDA nos, diez de los cuales alcanzaron la presidencia, y en la Carraca vivió el general M i randá, precursor de Bolívar; y de Cádiz salié, favorecida su fuga por un grupo de patriotas peninsulares, pero americanizantes, el teniente- coronel de Caballería D. José de San Martín, qué iba a libertar la Argentina. De esa época viene otra de las glorias gaditanas, adormecida hoy ert el oratorio- de
 // Cambio Nodo4-Sevilla