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San Felipe, en que se proclamó el Código de l a Constitución Política de la Monarquía Española. Allí al lado, el Museo Iconográfico, que, como y o mismo he observado a l guna vez, es una especie de caja de jugue- tes de la etapa fernandina, trasladado a l bulto y a l color de las anécdotas ert que abundó el solemne y al par divertido momento. A b r e el ameno archivo su puerta a l a calleja de Santa Inés, por la que, como por la. inmediata plazoletilla, un día entraña nacional, anduvo Pérez Galdós soñando uno de los irías famosos Episodios. He ahí la efemérides inolvidable de Cádiz, que no carece de muchas y diversas, antes y después que se sumergiera en su bahía el sabido templo griego. Recuérdese, verbigracia, las piraterías de D r a k e y la? de Essex. A ellos se debe que resulte moderna y casi nueva la antiquísima población, destruida por los ingleses como P a namá o Cartagena de Indias. S i n embargo, no faltan ilustres vestigios del pasado, como, aparte los ya mencionados, la Catedral; mej o r dicho, las Catedrales: una, l a Vieja, con su techo ondulado en bóvedas, y la del maestro A c e r o rematada por los hermanos Cayon, y por el obispo Domingo de Silos Moreno, que la cubrió con su cúpula amar i l l a de azulejos. Iba a ser de un barroco soberbio. L a corrigieron, y en cierto modo la malograron, los continuadores del prinier arquitecto. L a cripta, obra de A c e r o supera al enterramiento de El Escorial. E l catedralicio, que lo es de prelados, merecí t serlo de héroes mitológicos. Pero en Cádiz no deberíamos buscar tenebrosidades, que él es, ligero como un dado. Visítese los Capuchinos, situado en lo que evocadoramente se llamaba por los antiguos Banda del Vendaval, y, a pesar de que ocasionó la muerte de M u r i l l o que rodó de un andamio, según pintaba en el retablo mayor, gracioso y amable lugarcito, por las mismas obras del maestro, y por una talla del imaginero de M u r c i a y un Calvario en alabastro, y hasta por las pulquérrimas bancas y por las flores, dignas de un cañamazo, de las aras. Con igual doméstica ingenuidad nos recibe el Museo, ilustre por sus Z u r baranes, procedentes de la Cartuja de Jerez. Y no digamos si, dejándonos de arqueologías, y en un fiacre, que es como una bandeja, nos dejamos conducir al ventorrillo del Chato, que se fundó en 17 S 1, y que frecuentaban los patriotas en 1812. C o n el plomo que t i r a n los f a n f a r r o n e s se h a c e n l a s g a d i t a n a s tirabuzones. E s a copla es de cuando la francesada, del tiempo de mayor esplendor del ventorrillo del Chato. A h o r a existen otros. ¡O h no dejéis de reposar un momento en una tienda de montañés, o sea del santanderino emigrado al S u r! Sentados en la acera, cara a la mar y sus barquitos, beberemos la manzanilla sanluqueña, y comeremos las tapas, lonjas de jamón, aceitunas, bacalao frito, mariscos de la jsla... Y todo esto, sin que se manchen, ni nuestra reputación ni nuestros dedos. Cádiz es la misma finura, y anda y acciona como habla, con un ceceo de seda. H a y allí majeza, no hay canalla, ni en los muelles, adonde sólo atracan ¡os barcos de guerra y ios paquebotes de lujo. Y su aristocracia se ve en las lápidas conmemorativas de sus hijos ilustres, y en las estatuas de Castelar y de Moret, uno el mar y otro l a fuente de la o r a t o r i a y deslumhra en sus mujeres, es decir, en sus mujeres... Cádiz no. produce mujeres, sino miradas, talles de resorte, un andar... ¡Cádiz, Cádiz, refulgente de sol, y de s a l! T a n triste, sin embargo. Como que es- -perm i t i d que lo diga una vez más quien tantas lo ha sufrido en su vida andariega- como que es el pañuelo con que España dice adiós a los navegantes. ARRIBA: UN DETALLE DE LA ALAMEDA. O V A L O I- LAZA EFJNA 1 E ESPAÑA. ABAJO: CÁDIZ. FBDERICO G A R C Í A SANCHIZ VISTO DESDE E L- MUELLE VICTORIA (F o t o s Iglesias.
 // Cambio Nodo4-Sevilla