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Muertos ilustres c o n t e m p o r á n e o s Eusebio Blasco, cronista insuperable, autor dramático y amigo de todo el mundo. U n a mañana de mediados de otoño de 1862 llegó a la isabelina y revuelta corte de las Españas, procedente de Zaragoza, un mozalbete pálido y melenudo, con muy poco dinero en los bolsicos, muchas cuartillas escritas en la maleta y un puñado de cartas, todas para significados personajes carlistas y altas dignidades eclesiásticas. Subía nuestro hombre muy repantigado en un destartalado simón por la Carrera de San Jerónimo, mirando por la ventanilla del viejísimo vehículo las primeras calles que M a d r i d le presentaba, cuando- ¡dichosa casualidad! -v i o por la acera a un amigo que en dirección contraria bajaba por la anchurosa v í a nuestro hombre gritó con la alegría propia del forastero que de buenas a primeras se encuentra con una persona conocida en una tier r a en la que a él no le. conoce nadie. -Nougués... Detúvose el otro al oír que lé llamaban, y respondió, con la misma satisfacción: ¡Blasco... Paró el coche, y luego del abrazo de r i g o r entablóse entre los dos mozos este brevísimo diálogo: ¿Q u i é n había de pensarlo... -i Qué vienes a hacer aquí? -Tx que pueda. -P e r o ¿traes algún p l a n? -T r a i g o cartas para el nuncio, para don Pedro L a h o z director del periódico carlista La Esperanza; para N o cedal, en fin, para toda la Corte de don Carlos. L a carcajada que soltó el madrileño al oír la enumeración de tales personajes se oyó en toda la calle. -A ver esas cartas. Tomólas el llamada Nougués y, sin más explicaciones, las hizo pedazos; luego, señalando a una casa que estaba, y está, frente al Congreso, d i j o -A h í está la Redacción de La Discusión, donde yo trabajo. E s t a mañana se ha despedido el redactor encargado del correo extranjero. E s una plaza de treinta duros m e n s u a l e s A h o r a mismo te vas a tu casa, descansas, y a las ocho de la noche vienes a 1) uscarme. Y sin decir más se separaron. Pablo N o u gués, que era el madrileño, entró en la casa que acababa de indicar al forastero, y éste, que era Eusebio Blasco, dio orden al cochero de reanudar la marcha hacia la que había de ser su primera morada en M a d r i d Cuando Blasco, a la hora en punto que había sido citado, fué a La Discusión, di járonle que Nougués le esmeraba en la iglesia de S a n L u i s donde se estaban celebrando los funerales de Calvo Asensio (entonces era costumbre celebrar de noche estos actos religiosos) y allí encaminóse Blasco. Pronto encontró a su amigo, que le presentó a C a r los Rubio, el gran bohemio que pudo ser todo cuanto hubiese querido y no lo fué por no vestirse de limpio. Terminado el oficio de difuntos en honor del gran patricio liberal, tornaron Blasco y Nougués a la Redacción de La Discusión, donde lo primero que vio fué a Fernández y González gritando desaforadamente: -D í g a n l e a Nicolás que hace, tres dias que no da folletín mío, y eso es tanto corno dejar a M a d r i d sin. pan, y si él gobierna aquí por el talento, más talento que yo no tiene nadie. Presentado el neófito a D Nicolás María Rivero. inmediatamente ocupó su puesto en se hace camarada de los grandes maestros de las letras y del periodismo. A l t e r n a y f r a terniza con A y a l a Fernández y González, Lorenzana, Castelar, A r r i e t a García Tassara. Z o r r i l l a y Bécquer. R i v e r a funda el Gil BUi- s para combatir al Gobierno, que a duras penas sostiene el vacilante T r o n o de Isabel, y Eusebio B l a s co es el secretario de Redacción y testaferro de cuantos artículos aparecen sin firma en aquella valiente revista, redactada por las Como pasó la niñez en Zaragoza, entre mejores plumas de entonces. aristócratas rancios y tradicionalistas, aunque en la mocedad se inclinó a la democraComo las recepciones y- comidas de etiquecia y fué revolucionario y peleó en las bata son tantas que apenas si le dejan tiempo para vestirse, Blasco va siempre de f r a c de frac v a al café de L a Iber i a a la tertulia de Muñoz R i v e r o de frac va a La Discusión; de frac v a al teatro; de frac va a ver a la novia de frac le coge la revolución, y de frac pelea en una barricada de la plaza de Antón Martín, en donde, para que el pueblo soberano no le crea espía del Gobierno, se corta los faldones de la aristocrática prenda. L a s calles de M a d r i d se llenan de muertos y heridos; pero Blasco no se mancha las mano; de sangre ni siquiera en aras de l a Libertad, que defiende con tanto riesgo de la suya, y al cabo se salva escondiéndose en casa de Eguílaz. T r i u n f a el pueblo en el puente de A l c o l e a la R e i n a de los tristes destinos se queda sin corona y la Revolución pregunta a Blasco qué quiere ser en pago al servicio que le ha prestado; pero Blasco, que durante este tiempo se ha doblegado al yugo matrimonial con una linda hija del marqués de Santiago y está en plena luna de miel, responde a los amigos que vienen a hacerle personaje que no quiere ser más que recién casado. P o r pura broma contribuyó a la introducción en el teatro del género bufo, escribiendo en poco tiempo, por encargo de Arderíus, El joven Telémaco, que se representó u n año entero en el teatro de Variedades. De allí adelante empezó a escribir en serio para la escena, y dio comedias tan EUSEBIO BLASCO. (FOTO ALFONSO) lindas como El pañuelo blanco, Los dulces de la boda y Ángelus. rricadas contra el Gobierno isabelino, nunca pudo arrancar de su espíritu la- solera S u espíritu inquieto se cansó de ser emaristocrática, y así gustó más de la vida pleado en España, porque es de saber que de los salones cortesanos que del ajetreo caBlasco asi sirvió al Estado como a las lellejero. Por eso supo hacer con pluma maestras, y fuese a F r a n c i a en donde también tra aquellos admirables retratos- de las daentró por la puerta grande, llegando a formas linajudas de su tiempo y describió con mar parte de la Redacción de Le Fígaro. la elegancia de u n abate de la C o r t e de V e r Pronto escribió en francés con tanta elegansalles tantas y tan sabrosas historias sin que cia y donosura como en español, y tuvo un los personajes aludidos pudieran mostrar ¡a público suyo que le buscaba en las columnas más, ligera molestia, y eso que con guante del gran periódico parisiense, como el de blanco sabía levantar ronchas y cardenales; aquí en las de El Imparcial, Blanco y Negro pero lo hacía con tanta sutileza, que los zay El Liberal, cuando, al cabo de catorce años, heridos no tenían más remedio que darle sintiendo la nostalgia de la Patria, retornó las gracias. a España, de donde ya no volvió a salir. Sus últimas crónicas, tan amenas y ágiles Que entró en M a d r i d con buen pie, es i n como aquellas de su mocedad, fueron escridudable; sus ilusiones soñadas en Zaragotas para el Heraldo. E n las más de ellas se za íbanse trocando en risueñas realidades advierte que la vida Je va dejando, pues casi conforme le iba conociendo la gente. E n t r e todas tienen una nota melancólica, que resu v a l i j a literaria trae una comedia, obra fleja el estado de su espíritu, que, tras larga de principiante, limpia de lenguaje, como v dolorosa lucha con el cuerpo enfermo, suya, pero sin experiencia ni interés drahuyó de este mundo el 3 de febrero de JQO. mático, v consigue que se la estrene el gran cuando aún podía esperarse mucho de su p r i Julián, Romea, que, ya viejo y enfermo, no vilegiado ingenio, pues que todavía no haquería estrenar obras n i de los autores conbía cumplido los sesenta años. sagrados. -L o mismo que encuentra abiertos de par en par los salones aristocráticos encuentra las Redacciones de los periódicos, y DIEGO S A N JOSÉ l a mesa de redacción e hizo sus primeras armas escribiendo un artículo, que R i v e r o no tenía ganas de hacer aquella noche, titulado L o s hombres del 45 de los que el nuevo cronista, sin saber una palabra, hizo una soberbia diatriba. A s í emprendió el gentil mozo aragonés la conquista de M a d r i d que desde allí en adelante siempre le tuvo t or suyo.