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reinar un amor pujante. Tras ¡a niña viene un pequeño lacayo negro, embutido en un casaquin, con etphiesta corbata blanca que le sube cueiio arriba; altas botas barnizadas y un inmenso sombrero de copa, que amenaza engancharse en el ramaje de! arbolado y donde brilla un ancho galón y se redondea una coruscante escarapela. El tal negrito parece muy satisfecho de su indumentaria, y el orgullo y la vanidad de verse tan compuesto le asoman a los ingenuos ojos y a la ancha boca bel tuda, abierta de par en par sobre la nácar rutilante de los dientes. Lleva al brazo un chai, en previsión de que la niña tenga frío, y arrastra por la arena el regatón de una sombrilla, por si su pequeña señora temiese el sol. Junto a los árboles, bajo la sonrisa irónica de un fauno de mármol, que sobre un pedestal ensaya el son de una flauta, moteadas de sol y de sombra, se acomodan en sillas de paja más criadas, ayas, nodrizas, tuneras con cofias, sombreros y gorros distintos, mientras, esbozados, otros paseantes destilan por el anoho arrecife. Mas la niña no parece ver nada de todo esto. Para la niña no existen ni criada lujosa, ni lacayo negro, ni estatua marmórea, ni gentes, ni árboles. Toda su atención, reconcentrada con la fuerza inmensa de la niñez, esta, prendida en el juguete que su mano guía sobre la arena del paseo, y seguramente el único son que llega a su cerebro es el golpeteo menudo con que hiere un tamborcillo el conejo mecánico que va rodando junto a ella. El pintor inglés Connard pintó la fresca alegría de una mañana de mayo, no al aire nuevo de los campos primaverales, ni al halago de la luz joven de los jardines lloridos, ni aun al jocundo alborozo de una calle ciudadana, donde las gentes disfrutan del cielo azul, sino en el apacible retiro de un hogar norteño, embellecido por el resplandor del sol que entra por puertas y ventanas. Sobre una mesa, cubierta de mantel blanquísimo, donde fulgen metales y vidrios, una dama vestida con albas muselinas moteadas de negro coloca un vaso de plata, donde tiemblan las menudas campanillas de ios lirios del valle. E l talle de la señora se apríeta esbelto, sobre la disforme masa del polisón, que alza picaresco los volantes y los pliegues del traje, mientras un sombre; CONNARD. MAÑANA O E WJ YO rete florido, de donde pende un sutil velo, aplica sus corolas sobre el negro cabello de ¡a dama. Más lejos, sobre la radiante claridad de la ventana, una pareja habla algo extática y como separada del. mundo. Ella está de espalda, pero la gracilidad da su cuerpo, la línea firme de sus hombros, el sutil talle, la linda forma del cráneo, nos aseguran que es joven y que es bella. E! varón, apoyado un codo en la ventana, la contempla con profundo deleite. También parece joven, y en los dos semeja concentrarse todo el hechizo poderoso cíe la mañana de mayo, clara, sonriente, fresca, henchida de aromas, radiante de luz y tan apacible y serena que parece asegurar a cuantos la gozan una larga vida, sólo compuesta de días como aquei, ocultándoles que pronto, al rápido volar del tiempo, aquel sol se pondrá y sólo quedarán las sombras crepusculares por donde se alejan, se mustian, se apagan y se pierden las flores, ros astror y las ilusiones de antaño. MAURICIO L Ó P E Z R O B E R T S -Marqués de la Torrehermosa. E L PASEO DE KNAUS. APACIBLE ESCEXA DE LOS TIEMPOS, YA REMOTOS, DEL MIRIÑAQUE Y DE LAS FALDAS LARGAS
 // Cambio Nodo4-Sevilla