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COMPRE PARA SUS MINOS UN SOMMIER ÚNICO HIGIÉNICO SOLIDO ECONÓMICO PUEDE V E R L O E N LOS ESTABLECIMIENTOS D E CAMAS Y M U E B L E S D E T O D A ESPAÑA PAMPLONA Habiéndose extraviado el resguardo de depósito intransmisible número 756, de pesetas nominales 28.500 en Deuda perpetua al 4 por 100 Interior, expedido por la Sucursal del Banco de España en Pararpiona el día 2 9 de diciembre de 1922, a favor de doña María Dolores, D. Félix y D. Alfonso Landarech Peloa, propietarios y menores de edad, usufructuaria, doña Estefanía Landarech. Miranda, se anuncia al publico, para que el que se crea con derecho a reclamar lo verifique dentro del plazo de un mes, a contar desde la inserción de este anuncio en la Gaceta de Madrid A B C, de Madrid, y el Diario do Navarra de Pamplona, advirtiendo que, transcurrido dicho plazo sin reclamación alguna, se expedirá el correspondiente duplicado de dicho resguardo, anulando el primitivo y quedando el Banco exento de; toda responsabilidad. Pamplona, 25 de febrero de 1930. -EL SECRETA RIO, Julio de la Vega. Banco de España Lea usted y para régimen. Casa Santiveri, S. A. plaza Mayor, 24 (esquina Siete de Julio) Madrid. rústicas en toda España, compro. J. M. Brito, Alcalá, 94, Madrid. Blanco y Negro pta. ejemplar. LA CASA ANAR, GENOVA, 16 (portada amarilla) desde el 17 de febrero, que fué inaugurada con tan gran éxito, manifiesta a los automovilistas que, siendo tan grande la venta de neumáticos, y con el fin de que todos puedan participar de dichas ventajas, ENTREGARA ABONOS VALEDEROS POR TRES MESES, para que, dentro de este tiempo, puedan los automovilistas comprar sus neumáticos nuevos y deducir la cantidad que conste en el abono por loa desechados. ¡Se pondrá en factura la garantía en kilómetros! Pagamos neumáticos desechados desde 25 a 125 ptas. ¡m 01 OCASIÓN! $96 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ E L PASTELERO DE MADRIGAL ¡3031 saba, ni se animaba jamás con una chispa de entusiasmo o de sentimiento. Si Felipe II sentía, nadie le había sorprendido sintiendo; si Felipe II sufría, nadie había visto la expresión del dolor en su semblante; si Felipe II gozaba, nadie había visto la sonrisa en sus labios ni la alegría en sus ojos. Felipe II era un ser inalterable, al menos en la apariencia; siempre sombrío, siempre terrible. Era una estatua que vivía, una estatua que pensaba, y a través de cuyo semblante inmóvil, frío y grave, no se transparentaba ningún pensamiento. Papeleaba el Rey y leía como papelea y lee un covachuelista activo y celoso de su deber, pero a quien por la frialdad con que revuelve los papeles parece que en nada afectan los negocios de que se ocupa. Tachaba el Rey una palabra, escribía sobre ella, volvía a leer y generalmente a tachar lo que acababa de escribir; ponía después de mucho tiempo de meditación un decreto marginal, escrito de una manera ¡lenta y con una letra muy clara, y no hacía esto sino después de haber mortificado, por decirlo así, un papel largo tiempo. Aquella manera de trabajar era tan fría, tan pesada, tan insoportable, como la vista, durante algún tiempo, del semblante del Rey. Llevaba Felipe II una hora de trabajo lento y minucioso cuando se abrió la puerta de la cámara y tino de los de su servidumbre inmediata dijo con voz contenida: -i Señor! Felipe II, a pesar de haber oído la palabra pronunciada por su camarero, siguió ocupándose de la lectura de un papel, y sólo después de cinco minutos levantó de sobre el papel los ojos y los fijó fríamente en la puerta de la cámara. La mirada del Rey equivalía a una pregunta. -Señor- -dijo el camarero contestando a aquella pregunta muda- el cardenal Granvela suplica a Vuestra Majestad le reciba para un asunto que parece importante. -Decid al cardenal que entre- -contestó el Rey. Y mientras el cardenal entraba, volvió a ocuparse d l papel que tenia delante. Poco después, el cardenal Granvela, que era un Pérez Valdivia bajó, montó a caballo, y el alcalde no se separó del corredor hasta que vio arrancar por el zaguán a la calle a Pérez Valdivia. Luego, pensativo y cabizbajo, entró en su cámara. CAPITULO XVIII R el obscurecer del día siguiente a aquel etí A cuya mañana, antes de que saliera el. sol, había salido de Valladolid Pérez Valdivia. En una ancha y tétrica cámara, entapizada de terciopelo rojo, con techo de madera, obscuro por el tiempo, con grandes cuadros rústicos en los muros, con moblaje severo y una gran mesa profusamente cubierta de papeles, se paseaba un hombre, cuyo semblante no podía verse bien, a causa de la luz vaga y débil del crepúsculo, que, penetrando por los tres altos y estrechos balcones de la cámara, apenas bastaba a dejar percibir los objetos. Se conocía que era viejo el hombre que paseaba en su paso infirme, no tanto que marcase la decrepitud, ni mucho menos en lo levemente encorvado de su espalda, y en la inclinación de la cabeza, completamente cana y calva por delante. Pero aquella cabeza parecía más bien doblegada por el peso de gravísimos cuidados que por los años. Era este hombre de buena estatura sin ser alto; delgado, más que delgado, enjuto; pero en sus piernas descarnadas se notaba algo de agotamiento, algo de hinchazón, y se comprendía que andaba con trabajo. Vestía de una manera muy sencilla. Su traje consistía en una ropilla negra de seda mate, algo traída y llevada, con golilla sencilla de encaje de Flandes, unos gregúescos de la misma tela que la ropilla, unas calzas de seda neera y unos zapatos negros de terciopelo. De la cintura llevaba colgando un largo rosario engarzado en oro y con cruz de oro. Una de las descarnadas manos sostenía su barba y la otra pendía abandonada. Meditaba profundamente; de tiempo en tiempo se detenía, y volvía luego a su interrumpido paseo. E
 // Cambio Nodo4-Sevilla