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ABC. MARTES 18 DE MARZO DE 1930. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 15. El beso a un soldado Las anécdotas que podríamos traer aquí tíel general Primo de Rivera durante su larga permanencia en África, cuando desentendido patrióticamente de todo lo que no fuera el problema de Marruecos, se consagró por entero a acaudillar a aquellas tropas y llevarlas a la victoria, serían i n terminables. Recordemos una de ellas, como ejemplo de la emoción con que el general. Primo de Rivera puso su alma en aquella empresa, memorable hasta en sus más ligeras incidencias. H a b í a sido el episodio heroico de K u d i a Tahar. Todo Yebalá esperaba el resultado de aquel episodio para tomar un partido u otro, y tocio se desarrolló, sin que la vida de T e t u á n se alterase en los días de aquel combate definitivo, sostenido a doce kilómetros de sus murallas. Pues cuando la suerte se había decidido a favor de nuestras armas en episodio memorable, el general en jefe- -que no otra cosa era allí el marqués de Estella- -en aquellos momentos gustó l a emoción, que luego reflejaba en una vibrante nota: D e besar a, un soldado ennegrecido y sucio, el primero que llegó a mí después del heroísmo de Kudia- Tahar. H e besado en mi vida- -dijo con l a pintoresca espontaneidad de? u carácter- -muchas veces con el corazón puesto en los labios: al Crucifijo, a la Bandera, a mi madre, a mis hijos y a t e mujer amada; pero ese beso de hoy también es inolvidable. Semblanza del hombre y síntesis de su obra El golpe de Estado 13 de septiembre de 1923... E l capitán general de Cataluña, D Miguel Primo- de Rivera, ha ciado un golpe de Estado. España, n i sorprendida ni alarmada, asiste con interés expectante a los primeros actos tíel- general que se erige en dictador. A los pocos momentos constituyese un Directorio m i litar interino, al que sustituye otro Directorio, el definitivo, el que había de gobernar por espacio de dos años. E l manifiesto que el general Primo de R i vera dirige al país y al Ejército, desde B a r celona, el 12 de septiembre de 1923, como capitán general de la cuarta región, fué el precursor de cien y m i l páginas en tono de arenga y en son de proclama, con que el ilustre caudillo había de dar cotidiana muestra- -muchas veces m á s que cotidiana- -de l Dicho manifiesto, después de una severa condenación del pasado, jterminaba diciendo: Aunque nazcamos desuna indisciplina formularia, representamos la verdadera disciplina, la debida a nuestro dogma y amor patrio, y así lo hemos de entender y practicar y exigir, no olvidando que como no nos estimula l a ambición, sino por el contrario, el espíritu de sacrificio, tenemos la m á x i m a autoridad. Y ahora, nuevamente ¡viva E s paña y viva el R e y! y recibid todos el cordial saludo de un viejo soldado que os pide disciplina y unión fraternal en nombre- de los días que compartió con vosotros la v i da militar, en paz y en guerra, y. que pide al pueblo español confianza y orden, en nombre de los desvelos a su prosperidad dedicados, especialmente de éste en que lo ofrece y lo aventura todo por servirle. Nunca se había distinguido el general P r i mo de Rivera en las actividades políticas, aunque tampoco había vivjdo alejado del trato y aun de la intimidad con muchosde los hombres públicos, ni de la frecuentación de círculos de alta política. Pero lo cierto es que el general Primo de Rivera, de historia militar brillantísima, verdaderamente ex- su agilidad para esta clase de documentos. cepcional, carecía de antecedentes como poduermo cuatro horas por l a noche. Después lítico y, desde luego, como gobernante. de una hora de siesta, vuelvo al despacho y, aparte de la hora de comer, no lo abandono Su actuación, pues, era un enigma y forhasta las tres de la madrugada. zoso es reconocer que el país, que recibió el golpe de Estado con clamoroso júbilo y Imagínese el lector lo que significa este con una esperanza grande en su eficacia, senplan de trabajo, verdaderamente vertiginoso, tía en lo íntimo de su espíritu el recelo de para un hombre desvelado por l a inquietud que el neófito gobernante no pudiera domide servir a su país y acuciado por los m i l nar la enorme empresa que sobre él graviy mil problemas que no solamente la marcha: taría de gobernar a España, o, mejor d i normal de una nación en esta época modercho, de remediar el desgobierno en que vena de tanta complejidad y de tan insospenía viviendo. chables escollos le plantea, sino que él mismo se procura por un afán moral de enE n este ambiente comenzó a actuar el marqués de Estella. L a verdad sea dicha: contrar cada día un nuevo campo en que desarrollar aquella acción exorbitante. E l Directorio militar fué eso. S u espíritu de acción desbordante, de maravilloso dinamisGobernó dos años con la Dictadura m i mo, de extraordinaria capacidad para el tralitar. Su sagacidad, bien acreditada, sólo en bajo, infundiendo desde los primeros insalgunos casos (casos decisivos) desmentida, tantes a aquella situación militar de Gobiercomprendió que la Dictadura militar, con no un impulso verdaderamente titánico, que hombres exclusivamente militares, estaba se manifestó desde luego en una remoción agotada y, en cuanto pudo dedicar a los nerviosa, apresurada, y, por tanto, en muproblemas interiores de E s p a ñ a más atenchos casos tocada de los defectos de la imción de los que le consentían los muy difíprovisación de cuantos obstáculos creía el ciles que teníamos planteados en Marruecos, dictador que estorbaban para la consecución consagróse a estudiar ¡a forma de llamar del fin que se propuso. Se equivocó su gran junto a sí a hombres civiles, para que le ayusagacidad, tantas veces demostrada después daran en las tareas de Gobierno. a través de los seis años y medio de poder F u é en diciembre de 1925 cuando se dictatorial; se equivocó entonces, decíamos, constituyó el Gobierno de hombres civiles, al creer que le bastaban tres meses para poque cesó hace mes y medio. A l frente de ner en orden el país, cuyo desgobierno veeste Gobierno, y aunque ello tenía ya más nía siendo secular. L o s días transcurrían complicaciones, continuó siendo el general raudos, la acción que el general Primo de Primo de Rivera el espíritu emprendedor, Rivera desarrollaba iba tomando caracteformidablemente dinámico, que impulsaba res de vértigo, la Gaceta no era el frío pela obra total del Gabinete. E l seguía llenánriódico oficial en el que se reflejaban los dolo todo, ocupándose de todo. Las normas actos objetivos de un Gobierno, sino que habituales de la Administración pública, en cada mañana ofrecía el espectáculo y los sus más altas jerarquías, las eludió el marefectos de una verdadera hoguera (podríaqués de Estella, instituyendo innovaciones mos decir de un auto de fe, si se tiene en que le complicaban por momentos su tracuenta el fervor de iluminado, fervor sinbajo, que le abrumaban de incumbencias y cero indudablemente sentido por el dictaque le envolvían cada vez más en la red dor) en que se quemaban los restos de un que él mismo se iba tejiendo de una acción pasado. y en que se intentaba la purificagrande; por su concepción de la idea deta- r ción, no siempre reflexiva, muchas veces enllista y menuda, por los mil casos de peconada y algunas veces injusta, de cuanto queño alcance a que él quería atender y había actuado en la vida pública española atendía en todo momento. Despachaba con antes del 13 de septiembre de 1923. los directores generales de todos los ministerios, seguía el curso de- todos los asuntos, aun en las oficinas más recónditas, y en los A los tres meses repliegues más subalternos de la AdminisLlegaron, naturalmente, a paso veloz, m á s tración. E n su despacho del ministerio del veloz que nunca, los plazos que el general Ejército, en donde- -es justicia reconocerlo Primo de Rivera, por su libérrima y sobey proclamarlo- -se ha dejado la vida, conrana voluntad, se había decretado y se hafluían de todos los ministerios, de todos los bía impuesto para realizar su labor. L a l a Gobiernos civiles, de todas las alcaldías de bor no estaba sino ligermente esbozada. H a los pueblos más apartados de la Corte y de bía que seguir en el Poder. E l propio dictala rueda central de la Administración, m i l dor se corrió el plazo; y, así, pues, en lo y mil incidencias, que él mismo estudiaba y, sucesivo, difiriendo el término de la D i c resolvía, con verdadero derroche de anotatadura, cada vez m á s entregado, con m á s ciones, apuntes, decretos, volantes escritos noble pasión, con la buena intención que nade su puño y letra. Nada de ello le. impedía die le discutía j a m á s a través de aciertos llevar la altísima política que había de culinsignes y sin que faltaran errores lamenminar en la gloriosa operación de Alhucetables, cuya explicación t e n d r á que buscar la mas, de la cual sólo hacemos aquí referenHistoria m á s que en cualquier otra cosa, en cia, ya que por separado dedicamos a ella la fuerza de l a sugestión que pesaba sobre la atención que merece. Aunque el general aquel hombre de acción, que estaba poseído Primo de Rivera no hubiera hecho m á s que de un amor sin límites a E s p a ñ a de una cancelar el pavoroso problema de Marrueilusión incoercible por servirte y de una cos, su nombre figuraría en todo momento, creencia firmísima en sus destinos provipara un país consciente de sus deberes de denciales. gratitud y de su dignidad ante la Historia, como uno de los m á s altos luminares de presHombres civiles para la Dicta- tigio a través de los tiempos. dura militar N o podemos, porque ello sería imposible en la concisión obligada de estas notas periodísticas, y porque ello sería inútil para refrescar en te memoria de todos los espa ñoles lo que, hemos vivido en época í a n reciente, seguir paso a paso 1 a formidable acción del general Primo de Rivera, al frente del Gobierno de España. N o hubo, en efecto, un hombre de Gobierno que desarrollara esa acción con intensidad m á s extraordinaria. Su potencia de trabajo fué verdaderamente portentosa. Cierta vez manifestó en una i n terviú a- un periodista extranjero, lo que sigue: Trabajo dieciocho horag al día, El plebiscito y la Asamblea Nacional Pero el general Primo de Rivera tuvo siempre 16 inquietud por dar al Estado una estructuración de normalidad que no podía conseguirse con desplazar 1 a Dictadura. E n esto, como en algunas otras cosas, el logro fué inferior a las patrióticas y nobilísimas intenciones y propósitos del dictador. Por qué? Las causas hay que buscarías únicamente en el deseo que el general Primo de Rivera ponía siempre de encoriírsr cj ínr- -truniento perfecto; lo mejor c; c: i- ir: úe
 // Cambio Nodo4-Sevilla