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Se hablará de mí; pero no importa; yo ¿que tan severo soy con los criminales, no puedo de- jar sin, castigo mi falta, y mi castigo es mucho más terrible que el último de los que he impuesto a los más gandes malhechores. -Es que yo no quiero, señor, que os impongáis ese castigo; es que yo no quiero que nadie sepa que soy vuestra hija; es que yo no quiero ni vuestro nombre ni vuestra herencia. Y o seré en secreto vuestra hija; cuidaré de vos; me convertiré de tal modo, estoy tari convertida ya, que me perdonará el mundo lo que hs sido por lo que desde hoy seré. -Si yo no tuviera valor para sentenciarme á mí mismo, me arrepentiría, me avergonzaría, tendría remordimientos de haber sentenciado a los demás; eJ que falta a su obligación en casos como el presente, no es ya una falta la que comete, sino un delito; y el que juzga y castiga los delitos, debe castigarse por los que ha cometido, y no incurrir; en otros nuevos. Este es asunto que ya he sentenciado yo en justicia, y la sentencia se va a cumplir al momento. Y sin dar tiempo, a que María le contestase, el alcalde salió de la habitación, se asomó a los corredores, y dijo a uno de los alguaciles que estaban en el zaguán: ¡Hola! Trabancos, decid a mi secretario Pedralva, que debe estar ya en mi despacho, que suba a verme al momento. Y entrando de nuevo en el cuarto de María, dijo á la joven: -Sígneme, hija mía. Don Rodrigo salió, se encaminó a su cá. mara, eg fró en ella y María le siguió, drigo de Santillana, alcalde de casa y corte de imestra Real Cnancillería de Valladolid. E l Rey cerró por sí mismo este Decreto, le sello con el sello Real y llamó al cardenal Granveja. -Escribid ahí- -dijo al cardenal cuando llegó junto a la mesa, presentándole el sobre del pliego: E l Rey. A don Rodrigo de Santillana, alcalde de corte de la Real Chancillería de Valladolid. E n mano propia, y pídase el recibo. -A l momento a caballo un correo, y con esté pliego, sin perder tiempo, a Valladolid. E l cardenal salió, y Felipe II siguió trabajando, CAPITULO X I X ON lo que le había sucedido habíasele quitado al alcalde el dolor de estómago; pero también se le había quitado el sueño, y por más que se propuso descansar para cobrar fuerzas y poden dedicarse con la actividad que acostumbraba al servicio del Rey y de la justicia, habiéndose acostado al amanecer, hubo de levantarse a las diez del día; porque tales congojas y tales pensamientos le habían acometido, que le echaron mal de su grado de 3 a cama, pálido, ojeroso, que más que vivo, parecía un áifunto que andaba por milagro. Involuntariamente, arrastrado por un impulso poderoso, el alcalde salió de su cámara, atravesó lentamente la galería y se detuvo irresoluto delante de una puerta. Aquella puerta era la entrada dé la habitación de su ama de llaves Marta. Allí estaba Mari Galana, o, por mejor decir, María de Santillana, su hija. Porque el alcalde no podía dudar de que María era su hija, como ésta íio había podido menos de conocer a su madre en él retrato que la noche anterior le había dejado ver don Rodrigo de Santillana. María era exactamente parecida a Gabriela Prósperi, a aquella desdichada cuya historia había sorprendido en Venecia Yhayeben- Shariar. Era el que existía entre la madre y, la hija, uno de aquellos parecidos que no dan lu 1 C 1
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