Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
BACHILLERATO Preparación para los dos Institutos a cargo de licenciados competentísimos INSTITUTO REUS, PRECIADOS, 23, MADRID. TENEMOS INTERNADO SANATORIO MARÍTIMO FINCAS rústicas en toda España, compro, 3. M Brito, Alcalá, 94, Madrid, de ¡Dr. José Lazarraga Para el tratamiento especial de la tuberculosis quirúrgica (huesos, articulaciones, peritoneo, etc. escrofulosis, raquitismo y convalecientes, a cargo de religiosas. N o se admiten enfermos del pecho. Estancia, de 10 a 20 pesetas. Se remiten prospectos. TORREMOÜNOS- iALAGA INSTALACIONES DE RIEGO Bombas centrifugas y pistón. Instalaciones completas. Motores. Tractores. Contado. Plazos. COMPAÑÍA H E R R E R A BARQUILLO, 18, MADRID Instalamos oficinas en el acto Lea usted GRANDES EXISTENCIAS Confíenos su pedido. Entrega inmediata. Teléfono 18657. BLANCO Y NEGRO Caballero de G r a c i a 11 UNA peseta ejemplar. FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO D E MADRIGAL 407 gar a duda. Se parecían, no sólo en la forma, sino en el espíritu; esto es: en la expresión, que es el alma del semblante. Todo el descaro que la pobre niña había contraído en su vida de perdición y de abandono, no había podido alterar aquella semejanza. N o podía, pues, ser más terrible el castigo de Santillana por su falta. Y amaba a su hija a pesar de todo, y la amaba, sintiendo bajo su amor un agudo remordimiento, porque la situación desesperada en que había encontrado a María era el mayor castigo que podía haberse dado a su falta. P o r eso don Rodrigo temblaba y se había detenido irresoluto a la puerta de la habitación donde debía encontrar a su hija. Pero era preciso entrar y entró. Encontró a María sentada en una silla, triste, llorosa, vestida de negro y con una toquita blanca en la cabeza, T a n abstraída estaba María que no sintió a su padre. -M a r t a- -d i j o don Rodrigo a su ama de llaves- id a lo que tuviereis que hacer en la casa, y dejadnos solos. M a r t a salió toda curiosa y preocupada, porque no se la había pasado aún el asombro de haber encontrado tan de improviso una tan extraña hija del feroz alcalde, a quien nunca había cogido en aventuras ni devaneos. Marta no sabía cómo explicarse aquello, y salió murmurando: -P a r a que se fíe en nada; si me hubieran contado esto de don Rodrigo, no me lo hubieran hecho creer padres descalzos; y. ved, ved ahora por dónde don Rodrigo se apea; y si hubiéramos salido con que su hija era una princesa, vamos, podría disimularse; pero una imichachuela perdida... ¿Y que haya yo tenido que tratarla con respeto y servirla jorque es hija de don Rodrigo? Esto ya pasa de castaño obscuro. ¡Cómo estáñalos tiempos, Señor... María, al oír hablar al alcalde, se levantó, se acercó a él, se hincó de rodillas y le besó las manos. D o n Rodrigo la levantó, l a miró con atención, y profundamente conmovido lanzó una exclamación de alegría. D o n Rodrigo, por sus largos años de alcalde, h a bía adquirido una gran experiencia; era un profundo conocedor del corazón humano, y había llegado hasta el punto de ver lo que pasaba en el alma de una persona a través de su semblante; don Rodrigo vio que jVIaría se había transformado, que había dejado de ser la mujer infame, que había einpe 2 ado a vivir una vida nueva; pero vio también, con terror, que su hija tenía el alma muerta, por desesperada. ¡Perdonadme, s e ñ o r! -d i j o María l l o r a n d o- Y o no os conocía, y no podía creer... ¡Quién habla aquí de perdón! -dijo el alcalde- ¡Quién es aquí el que necesita ser perdonado! ¡Quién de nosotros dos debe tener más dolor en el alma! N o hablemos, no hablemos de perdón, M a ría olvidemos, si nos es posible olvidar; procuremos, que ya que hemos tenido la felicidad de encontrarnos, que esta felicidad sea lo menos amarga y lo menos dolcrosa posible. María calló y bajó los ojos. L a palidez de su semblante se había cubierto con el vivo color de la vergüenza. Acaso por la primera vez aparecía en ella el pudor. -V e n siéntate a m i lado- -la dijo don R o d r i g o- déjame que yo te contemple; déjame qu yo sacie la ansiedad que he sentido por conocerte. ¡A h señor! -dijo María- ¡Por qué no me habéis conocido dieciséis años antes! Y María, sin pretenderlo, había echado sobre la conciencia de don Rodrigo una acusación terrible que le hizo temblar. ¡A h! ¡Yo- ignoraba- -exclamó- yo no sabía que tú existieses! Tienes razón en acusarme; i y debí saberlo; yo he debido velar por t i! ¡A h! no, no, señor- -dijo M a r í a- yo no he pretendido acusaros; yo no puedo acusar a nadie más que a m i desgracia. ¿Y quién sino yo ha sido la causa de tu desgracia? -V o s no me conocíais; ningún padre quiere la desgracia de sus hijos. -E s necesario pensar en lo q u e h a de hacerse! -dijo el alcalde- yo no quiero separarme de t i soy ya viejo, y estoy cansado de trabajar- y de no sosegar y de no vivir. S i no soy rico, porque yo j a más he vendido la justicia, n i la venderé, tengo lo bastante para que podamos vivir con decoro y comodidad en cualquier parte donde no nos conozcan. E n el tienspo que ha pasado desde que te reconoci
 // Cambio Nodo4-Sevilla