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N o e l e j e t i s l e d í díe l e e r f o j l o s l o s t i w que es UN P O R T F O L I O por la diversidad de sus fotografías, UN UN L I B R O por la abundancia de su texto, UN R E G A L O por la baratura de su precio. M U S E O por la belleza de sus planas artísticas; y ífio FERNANDEZ Y GONZÁLEZ: EL PASTELERO DE MADRIGAL) r s n r -Acostumbrado me tiene vuestra señoría- -dijo un tanto picado Pedralva al ver que el alcalde le trataba de una manera poco conveniente delante de una persona extraña- -a ver grandes cosas. -Pero ninguna como ésta. Sentaos y escribid un testimonio de reconocimiento que yo hago en esta señora como hija mía. Ah! -exclamó Pedralva, sentándose y tomantío un pliego de papel sellado. -No, no- -dijo María- eso no puede ser; esq no puedo permitirlo yo. -Sería lo mismo que si pretendieses impedir que yo sentenciase en justicia- -dijo don Rodrigo. i- -Ya sabe vuestra señoría- -dijo Pedralva- -que el reconocimiento del padre del hijo natural no obliga al hijo a que reconozca al padre. -Y debéis vos saber también- -dijo severamente don Rodrigo- -que si el hijo puede renunciar a los beneficios del reconocimiento, el padre, sin faltar a su obligación, no puede menos de reconocer al hijo. Pedralva bajó la cabeza, xtendió la parte de fórmula del reconocimiento y luego dijo, mirando aturdido al alcalde: ¿El nombre de la madre? -Gabriela Prósperi- -contestó sombríamente don Rodrigo. María escuchaba con toda su alma. Su patria? -dijo Pedralva. -Venecia- -contestó el alcalde. ¿El nombre de los abuelos maternos? i- -Pietro Prósperi, patricio de Venecia, y Marieía Colonna, su esposa, patricia también. ¿El nombre anterior de la hija reconocida? E l alcalde vaciló un momento. -Mari Galana- -dijo al fin. ¡Mari Galana! -dijo Pedralva con una expresión indecible de asombro, porque, aunque no conocía a- la joven, conocía su nombre- O vuestra señoría se equivoca, o yo no he oído bien. -Mari Galana, soltera y moza de partido- -respondió severamente Santillana. -Yo no escribo eso, ni autorizo este reconocimiento, ni libro testimonio de él, ssñor don Rodrigo. 1 -Decís bien, señor, decís bien- -dijo con un acento indefinible María. -Y yo digo- -exclamó el alcalde- -que si os. negáis a ello, os meto en la cárcel por inobediente y os hago proceso por entorpecedor de justicias. Pedralva se puso a escribir de nuevo y apresuradamente. Sabía que don Rodrigo era capaz de cualquier cosa y no le estimaba tanto que, por estimarle, se sentenciase a una causa criminal, por desobediencia y desacato a un alcalde, en negocios de su jurisdicción. Concluyóse, pues, el testimonio, firmó el alcalde, y Mari Galana se llamó ya desde entonces doña María de Santillana. -Extended otro documento, señor Pedralva -dijo don Rodrigo, que se paseaba sombrío, mientras la joven, sentada en un sillón, tenía la cabeza inclinada y abandonados los brazos en la mayor aptitud del abatimiento. ¿Y qué otro documento es, señor don Radrigq? -preguntó Pedralva. -La cesión de todos mis bienes r i- ¿A quién, señor don Rodrigo? -A mi hija doña María de Santillana. ¿Como donación? -dijo Pedralva, que no se atrevía a hacer la menor observación. -Ño; como restitución, en parte, de veinte mil florines que recibí de su abuelo Pietro Prósperi María alzó la cabeza como para oponerse a esta disposición; pero una severa y firme mirada del a l calde la contuvo. Pedralva extendió aquel nuevo documento. -Idos al despacho y continuad con lo que hay, que hacer- -dijo el alcalde a Pedralva. Este salió. Eil padre y la hija quedaron sojo -Toma- -la dijo Santillana dándola aquéllos papeles- el uno es tu nombre; el otro, tu hacienda. Mis bienes no son gran cosa; pero bastante para mantener honradamente a una dama; Y o siento que mi- caudal no baste para cubrir, -ni aún en una décima parte, la cantidad que debo a tu familia. Es que yo na quiero ni eso ni nada, señor; ni vuestro nombre. No lo merezco. Romped esos papeles. Y extendió, la mano hacia ellos. -Se volverían a hacer cien y eces- -dijo el alcal; ina!
 // Cambio Nodo4-Sevilla