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JLea u s t e d l o s lomíngos BLANCO Y NEGRO s A c t u a l i d a d e s Crónica gráfica de España y extranjero J E l T e a t r o e l C i n e y IOS T o r o s Crónicas de la semana. Artículos varios j G e n t e M e n u d a Historietas, cuentos infantiles ¡D e p o r t e s Amplias informaciones ilusJ tradas. hogar L a M u j e r y l a C a s a Modas, labores. El arte en el J 8 L i t e r a t u r a Una novela corta en cada número o el ¡G r a n M u n d o Vida social. ResiJ P l a n a s e n colora jmMoiuflUBmiraifiM pliego semanal de una grande. Cuentos, crónicas, poesías, informaciones dencias aristocráticas Precio: UNA peseta 1 ejemplar en tocSa España. nimuí muun lumiiüiT 4i4 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ: EL PASTELERO D E MADRIGAL 1 5 fI 5 W- -1 Pero tanto- le amas, desdichada? -dijo estremeciéndose don Rodrigo. ¡Oh, s í! Y o no sé por quéj yo creía que le aborrecía, y me empeñé en humillarle, en hacerle mi esclavo; pero él no me amaba, y esto me empeñó m á s fui a. buscarle anoche, resuelta a todo, y me despreció; v i esas malditas joyas sobre la mesa de su aposento, le creí ladrón, y ciega, i r r i tada, ansiosa, de venganza, vine a delatarle; pero después, señor, -he conocido que le amaba con toda tni a l m a me he arrepentido de lo que he hecho; ihe mentido; no, él no puede ser ladrón; lo j u r a r í a por l a salvación de m i alma sin temor de perderla; soltadle, -señor, soltadle, si es que m é amáis, si es que queréis que vuestra hija no sufra, no se desespere, no. se vúelva loca. ¡Q u e suelte yo a Gabriel de Espinosa! -dijo el alcalde con voz concentrada y terrible. ¡S í s í! ¡Soltadle, porque yo le quiero, porque yo le amo, porque no es ladrón, n o! -N o no es ladrón- -contestó don Rodrigó con acento m á s sombrío. -Pues entonces, si no es ladrón, ¿por qué no le soltáis? -dijo con violencia María. ¿P o r qué? -dijo el alcalde inclinándose sobre l a joven y con voz opaca- porque ha cometido u n delito infinitamente más infame que el de robo; porque si fuera ladrón, ello no pasaría de algunos a ñ o s de galeras; y por el delito que ha cometido m o r i r á en horca. ¡Jesús m i l veces! -dijo M a r í a levantándose p á lida como un cadáver. Y por algunos instantes, dominada por el terror, ñ o pudo hablar. -Pero, ¿q u é delito, decid? -exclamó al fin con ima ansiedad inmensa- ¿Q u é delito ha cometido ése desdichado? ¡Oye! -la dijo el alcalde, asiéndola una mano y acercando su boca al oído de la joven- Hace diecisiete años, reinaba en Portugal un Rey muy bravo, muy caballero y muy acometedor de empresas temerarias... ¿P o r qué habláis de un Rey, cuando yo os liar l o de Gabriel de Espinosa? -dijo Mari? mirando le una manera suprema a don Rodrigo. ¡T ú también- -exclamó el alcalde- t ú también has- visto en Gabriel ce Espinosa m á s que un pastelero! -Seguid, seguid, señor- -dijo anhelante M a r í a- porque yo no sé lo que creo, no sé lo que adivino... ¡O y e! -c o n t i n u ó con voz m á s baja a ú n don Rodrigo- Ese bravo Monarca de Portugal se llamaba el Rey don Sebastián. ¡Seguid. seguid; acabad de una vez! I i -El Rey don Sebastián levantó, hace diecisiete, años, un ejército, y con la nobleza, de su reino se fué a África, intentando su conquista. ¡Ah, s í! Seguid. -Y allí, en los terribles campos de África, en la primera batalla, quedó tendido el ejército portug u é s allí, junto a su roto estandarte real, cayó y. murió e l R e y don Sebastián. i- ¡N o n o! E l Rey don Sebastián no murió- -dijo con una alegría insensata ja joven- ¡Sí, sí, y a ¡sé... Esto es lo que yo adivinaba: es é l él no es pastelero, no... Y a sé... Y o decía: Qué tiene este ¡hombre en los ojos, en la voz, en la postura, que no mira, n i habla, ni anda como otros hombres... lY es que era él... E l Rey... Ese Rey de Portugal que no ha muerto... ¡Calla, calla, desdichada! -exclamó don Rodrigo, que estaba cubierto de u n sudor frío- ¿Quién te ha dicho éso? El corazón, el a l m a! ¿Yí quién os lo ha d i- cho a vos, señor? ¡A mí! -exclamó con espanto el alcalde- Y ¡es verdad... ¿Q u i é n me lo ha dicho... L a carta ¿el fraile se refería a un Rey, pero no le- nombraba; no nombraba el reino. ¡Ari, s í! Cuentan que el Rey don Sebastián no murió, y l a grandeza que ese hombre respira, su altivez y aquella sonrisa de desprecio, aquella mirada que vencía m i mirada... E l alcalde hablaba como consigo m i s m o y fuera de sí. María, mirándole, escuchándole ansiosa, no perdía ni una sola de sus palabras, a pesar de que ¡el alcalde las pronunciaba en voz muy baja y casi ininteligible. -Sí, s í él es- -dijo María- Soltadle, señor soltadle. Dejadle con su buena mala y entura. no o matéis a un Rey desventurado.
 // Cambio Nodo4-Sevilla