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U N TKOZO D E LOS ANTIGUOS BARKIOS VISTA D E LA CIUDAD DESDE E L TAJO otros países a la degeneración de las costumbres, no ha invadido el alma portuguesa tan por completo, que la haya incomunicado con la generosidad. ¡Qué contraste entre esa disposición espiritual, a intervenir en las grandes causas nacionales y la indiferencia egoísta del español! Se me dirá tal vez que el peligro de i ¿convulsión, interna es menor en un país sin entusiasmo por la política. Es posible. Pero el ideal de una cultura es que todos los ciudadanos participen, en mayor o menor grado, de las preocupaciones del estadista que los gobierna. El acorde total resulta de la simultaneidad de las dudas o de las creencias, de las esperanzas o de las decepciones. Portugal nos aventaja por la inquietud del espíritu y por- el heroísmo con que lo exterioriza, jugándoselo todo. Cierto que la predisposición a la rebeldía es un mal; pero la resignación que se inhibe sistemáticamente de los grandes problemas nacionales dista mucho de ser una virtud. Hemos pasado diez días en Lisboa, si no enteramente fuera de la órbita de la política, cosa imposible para una inteligencia curiosa, con el ánimo lo bastante libre para gozar de los encantos de la ciudad. Por cualquier lado que se entre en Lisboa la impresión es grata; pero si el viajero tiene la suerte de afrontarla embarcado y en pleno día, el panorama que se domina desde la bahía es inolvidable. El recuerdo, acuciado por las analogías de dibujo y de color, nos hace pensar, no en Ñapóles, que tiene, como ciudad, perspectivas más abiertas, sino en Constantinopla. El Tajo es. en su desembocadura, muy parecido al Bosforo, por la frondosa amplitud de sus curvas. El uno y el otro discurren sosegadamente prisioneros de sus verdes y apacibles riberas. Las casas trepan sobre la. falda del cerro, que tiene, como la cadena de colinas que sirve de espaldar a Constantinopla, la forma de un anfiteatro. Si emergiesen del conjunto de las edificaciones algunos alminares, la ilusión visual sería completa. El espectáculo, si se tiene la suerte de verlo al ponerse el sol, és magnífico. Las vacilantes claridades del crepúsculo, antes de extinguirse en la paz rumorosa del estuario, reaniman con sus fulgentes destellos las alturas de la ciudad, que parece amenazada de un incendio. Cada ventana y cada balcón es visitado por una llama fugitiva, que es como el beso con que se despide el día de las cosas. Yo no he creído prudente informarme de si hay pocos o muchos vagos en Lisboa. Si la pereza ambulatoria depende de los atractivos del lugar en que vivimos, la capital portuguesa es una tentación para los que aman el ocio. Ninguna otra urbe, fuera de París, invita tanto como Lisboa al callejeo. El que guste de las apreturas puede satisfacer esa predilección sin salir del Rocío. ¿Qué hace allí tanta gente a cualquier hora del día? Lo que hacen los madrileños en la Puerta del Sol: hablar de sus asuntos v de los ajenos, comentar lo que no siempre íes importa y, en suma, perder el tiempo. Si preferimos la expansión pedestre con horizontes más vastos y señoriales, la Avenida da Libertade nos ofrece gratuitamente ese recreo. Es un paseo superior, por la anchura y la elegancia de sus. andenes, festoneados de palmeras, al Praten. de Viena, y no inferior a la Avenida de los Campos Elíseos, de París. A la entrada, y en el centro de la plaza de los Restauradores, nds sale al encuentro el monumento con que, inevitablemente, honran los pueblos a sus héroes prácticos; esto es, a los que hicieron algo grande de provecho colectivo. La inventiva humana no da más de sí en ningún país. Toda inmortalidad histórica, para que sea del dominio público requiere el concurso del escultor y del escritor. El homenaje del primero es más concreto y rotundo y no admite rectificación. El escritor adopta pre-