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E L i- W E I R O O S E A L A P U E R T A D E L S O L D E LISBOA, Y E L T E A T R O NACIONAL cauciones antes de acatar a l héroe nacional. L o examina de cerca, l o discute, y, con frecuencia, le pone reparos. E l mármol y el bronce son categóricos. E n los dos casos, el héroe permanece i n diferente. S i pudiera; dar su opinión sobre esas dos formas de l a inmortalidad, probablemente diría que vale más un c u r a vivo que u n obispo muerto. D e nuestros inmortales, los únicos envidiables son los académicos, pues, con todos sus achaques, siguen viviendo. E n P o r t u g a l pese al advenimiento de l a República, el espíritu monárquico persiste en casi todos los monumentos públicos que decoran las plazas. Como el nuevo régimen no ha tenido ocasión de hacer grandes cosas, las ciudades se ufanan, con fundamento, de lo que hizo la Monarquía. L a democracia h a tenido el buen gusto de no renegar del p a sado, y ya que n o lo continúa, respeta el recuerdo de los que f u e r o n sus artífices. E l alma portuguesa conserva, pues, su unidad a l través de las vicisitudes históricas. D e las capitales europeas que conocemos nniguna nos ha impresionado tan diversamente como Lisboa. Luego de haberla visto en conjunto, desde l a orilla opuesta del T a j o conviene hacer excursiones por sus barrios más populosos, pues cada uno de ellos tiene alguna singularidad que vale l a pena de ver. L a parte baja de la ciudad, que es la más activa y bulliciosa, comprende l a A v e n i d a de la Libertad y el Rocío, de que y a hemos hablado; las calles Douro, Daprata, Dos Capellistas, Vasco de Gama y Ñuño A l v a rez Pereira, que son el foco de la fiebre comercial, y más al Oeste, l a plaza de L u i s de Camoens y la calle do M u n d o cortada por la línea del tranvía de Campolide. L a fisonomía mercantil de ese trecho de la urbe data de la época del marqués de Pombai, el estadista portugués que más ha hecho por su país. E r a para su tiempo, u n espír i t u innovador, que no rehuía el uso de! a severidad cuando era preciso, como demostró acabando con l a familia de A v e i r o que ponía con sus intrigas en peligro a la d i nastía reinante. A q u e l déspota inteligente e implacable ha conseguido, no solamente l a ESTACIÓN CENTRAL absolución de la H i s t o r i a sino sus alabanzas. Bajando por cualquiera de esas calles, conforme se viene del Rocío, nos sale al paso el T a j o que es el principal adorno de l a ciudad. Prosiguiendo la. excursión a la Lisboa oriental solicitan nuestra curiosidad la Sede patriarcal, que la piedad del p r i mer M o n a r c a portugués transformó de M e z quita en Catedral, y si seguimos l a vía del tranvía bordeando el Limoeiro, se nos ofrecen a la vista una antigua morada real, convertida ahora en Casa de la ¡M o n e d a l a iglesia de Santiago, que no atrae por ninguna particularidad arquitectónica interesante, y. la mole del castillo de San J o r ge, fortificación que conserva vestigios defensivos de diversas épocas y que, naturalmente, aunque siga teniendo fines m i l i- tares, pues sus muros albergan u n cuartel y una prisión de guerra, h a perdido el carácter de inexpugnable que tuvo hace siglos. N o conviene partir de L i s b o a sin dar u n paseo por las alturas de Noossa Senhora da Graca, no porque l a iglesia valga artísticamente la excursión, sino porque desde la meseta de aquella colina el golpe de vista compensa el esfuerzo de l a ascensión. E l campo visual recoge toda la amplitud del estuario del T a j o hasta Santarem, las p i nedas de Setubal, y, en el fondo del h o r i zonte, venios azulear las vértebras de l a sierra. E l paisaje, con atmósfera diáfana, es magnífico. MANUEL BUENO (Fotos Vásques.