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5 I JIBMIBIBIIÍIIIMOIM o d e j e lassleel d e l e e r f o d i o s los d o a a i i n o s í ítíjjrnriflniíimnraimjcnTmratiniramraim ni g I que es irajBiijiutrnMi ia i: Rjü imjLmijn: n mM; rn; Lnri: Mur; rt) i; j irjrt: j; Lirr ii n tLnnnu ¡UN P 0 R T F 0 L 10 por la diversidad de sus fotografías. U N L I B R O por la abundancia de su texto. U N M U S E O por ¡a belleza de sus planas artísticas; y UN R E G A L O por la baratura de su precio, el ejemplar e n tocia Espacia. 422 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ EL P A S T E L E R O D E M A D R I G A L 323 a la maciza puerta, forrada de hierro, de un calabozo subterráneo. Abrió las tres o cuatro cerraduras de aquella puerta, que giró rechinando de una manera sorda, y el alcalde entró. -Dejad ahí vuestro farol, cerrad la puerta e idos; pero. estad. desde lejos atento para cuando llame yo a esta puerta. E l alcaide dejó el. farol en el suelo, salió, giró de nuevo la puerta rechinando, se oyeron sucesivamente las cerraduras que se cerraban y después los sordos pasos del alcaide que se alejaba. A la luz turbia del farol vio el alcalde en un rincón de aquel reducido espacio, sentado en un poyo de piedra, a. un hombre inmóvil, con unos enormes grillos, en los pies, una cadena que de los grillos iba a terminar en, una argolla fija en el muro, de la cual partía otra cadena, cuyo extremo se unía a unas esposas con. que. el preso tenía sujetas las manos. Aquel calabozo, más bien aquella sepultura de vivos, era de piedra, y de. bóveda tan baja, que casi tocaba, a ella con. la cabeza el alcalde; se respiraba allí ese ambiente pesado e insoportable de los lugares húmedos sin ventilación, y los muros, la bóveda, el pavimento, todo de piedra, podía deciros literalmente que sudaban, que destilaban agua. Se sentía allí un frío especial, un frío mortífero, un frío que no podía experimentarse al aire libre, ni en los días más crudos del invierno; allí no había más que un hombre cargado de hierro, que miraba de hito en hito, de una manera fija, glacial, indiferente, terrible, al alcalde, y el alcalde, que miraba al preso con asombro y con miedo. -Decidme, don Rodrigo- -dijo Gabriel de Espinosa- ¿esto es ya la ejecución de una sentencia? ¿Qué decís? -preguntó Santillana con semblante y acento severos, acordándose de que era alcalde y de que estaba delante de un preso. -D i g o que este encierro es más a propósito para guardar víboras que para guardar hombres- -dijo Gabriel de Espinosa- esto ya es un suplicio; no lo digo porque a mí me aterre, ni porque no tenga fuerza bastante para sufrirle, sino porque si estoy mucho tiempo aquí os vais a quedar sin preso, alcalde Santillana, y no podréis sentenciarme a galeras o a horca, que no sé yo bien de qué suplicio habréis contraído, no ya costumbre, sino vicio. -Entre tanto, señor pastelero, estáis sentado y, yo de pie, no como si fuéramos respectivamente juez y reo, sino como si vos fuerais Rey y yo vasallo en audiencia. -Si yo fuera Rey, vive Dios, ni habría alcaldes tan altos de soberbia como ves, ni calabozos tan bajos y tan imposibles como éste en mis reinos. -Pero tampoco consentiríais la desvergüenza de hombres tales como vos. ¡Ah! Os punza el que aún no me haya levantatío- -dijo Gabriel de Espinosa- y esto os escandaliza, don Rodrigo; pues bien: sabed que para mí sería un alivio el ponerme de pie; pero, me es imposible; estoy sujeto por la mitad del cuerpo a un cinto de hierro clavado al muro. E l alcalde fué a la puerta y llamó con el extremo de su vara, quedando vuelto de espaldas a Gabriel de Espinosa. Poco después la puerta se abrió de nuevo y apareció el alcaide. -Quitad las prisiones a ese hombre- -dijo Santillana. 1 alcaide se acercó a Gabriel de Espinosa, y, poco después se oyó el ruido del martillo, que desarmaba los grilletes, las, esposas y el cinto. Gabriel de Espinosa se levantó de un salto, dando muestras de un vigor increíble en quien estaba hacía tantas horas bajo la influencia de aquella humedad. y, en una inacción forzada, y dijo: ¡Ah! Esto es ya distinto; os agradezco este momento de descanso, don Rodrigo, porque supongo que después volveremos, es decir, volveré a encontrarme sujeto. -Seguid tras mí- -dijo don Rodrigo. A h! Pues mejor; eso más tengo que agradeceros- -dijo Gabriel de Espinosa- por malo que sea el aire de ahí fuera, será mejor que el que aquí se respira. ¡Callad, vive Dios! -dijo don Rodrigo, irritado; por la fría y burlona. calma de Gabriel de Espinosa- -i u os mando poner una mordaza. ¿Y cómo diablos os voy a contestar entonces a
 // Cambio Nodo4-Sevilla