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JB T IMHWJ 1 ¡Les ei te S 2o omn ¡Hira go UNCO Y Actualidades: y SOS Toros: y extranjero j El Teatro, el Ciñe Crónicas de la semana. Artículos varios fj Gente Menuda: Historietas, cuentos infantiles j Deportes: Amplias informaciones ilustradas. j L a Mujer y la Casa: Modas, labores. El arte en d hogar ¡j Literatura: Una novela corta en cada número o el Crónica gráfica de España pliego semanal de una grande. Cuentos, crónicas, poesías, informaciones dencias Gran Mundo: Vida social. Resiaristocráticas g Planas en color. ¡J Precio: UNA pest ta ejemplar s m fioslsa E paña. oTit 2 íimiin! iiT 3 ínnm i n; íiín! ni ¡uií: u! iimi: Tirij i m in 11 ui I 11 m ¡w MI II M Ü u f IfTnTrTtflIrfflTIfipiHWIfl 438 f ESÑÁ ÑDEZ Y GÓ ZALÉZ EL PASTELERO D É MÁDRTGA D 43 r- -4 Vos, Gabriel de Espinosa, pastelero en Madrigal, os fingís el Rey don Sebastián y pretendéis ia Corona del reino de Portugal. iGabriel de Espinosa soltó una carcajada franca, pero insolente, agresiva, que hizo temblar de cólera al alcalde. -jVive Dios! ¿Por qué os reís? -dijo Santillana. ¿Por qué he de reírme, sino porque estáis loco? -dijo con desdén Gabriel de Espinosa- Y ved lo que es el mundo; vos, que por loco debíais estar encerrado en una jaula, me tenéis encerrado a mí, que soy un hombre cuerdo y no he cometido delito alguno. ¡El Rey don Sebastián! i Que yo tme finjo el Rey don Sebastián! Dejadme que me ría, don Rodrigo; ¿pues no sabéis, no lo sabe todo el mundo, que el loco, el temerario, el imprudente Rey don Sebastián, murió en África? -Dicen que el Rey don Sebastián no murió; que Se le ha visto, en África, en Venecia, en Francia. -Miente quien lo diga; creedme vos a mí, que estuve presente a la muerte del Rey don ¡jebas- y ián. Como que caí cuando él cayó ¡iVos estuvisteis en la batalla! -Creo habéroslo dicho ya. ¿Y qué erais vos en el ejército portugués? -Y o peleé como un soldado. rr- No es eso lo que os pregunto; ¡qué erais! -Soldado. -Soldado se llama el Rey que pelea con la bravura de gran soldado. ¿Mandabais u obedecíais? -Allí ni se mandó ni se obedeció, y por eso se lo llevó, todo el demonio; yo. me peleé por mi cuenta. -Con vuestras hinchazones parece que afirmáis lo mismo que pretendéis negar. -De andar entre los portugueses, se me ha pegado algo de la hinchazón de los naturales de aquel reino. -En resumen, sepamos: ¿sois español o portugués? -No acabaremos nunca, don Rodrigo, si me preguntáis y volvéis a preguntarme siempre una. misma cosa; pero voy a contestaros de una vez y para Siempre. Y o no sé de dónde soy, ni sé adonde voy, ai quiero deciros lo que soy, ni os lo diré nunca. -En buena hora; buscaremos fuera de vos la prueba de dónde sois, quién sois y adonde intentabais ir; porque lo que es adonde vais, es cosa que he de decírosla yo. -Puede ser- -dijo Gabriel de Espinosa- -que vos no sepáis adonde vais a parar en este asunto, y que tengáis más miedo que yo a lo que pueda sobrevenir. -Yo- -dijo con energía el alcalde- -nada tengo que temer; porque no obraré sino en justicia; y lo que sobreviniere no lo habré hecho yo, sino la ley. -Pedid a Dios que mi proceso no os envenene. Ja conciencia, y que el veneno de vuestra conciencia no os mate, alcalde don Rodrigo de Santillana; ahora, idos; me canso ya de tantas palabras; inanidad que. me traigan buen lecho, porque a buen lecho estoy acostumbrado; silla, mesa y luz por la noche, y que me den de comer como conviene, porjque un pastelero sabe comer bien; no importa lo que se gaste, don Rodrigo, porque yo os aseguro que el Rey... mi señor... pagará con gusto, por alta que sea, la cuenta de lo que yo gastare mientras esté preso. -Tendréis buen lecho, buena comida, silla y luz, y no se os cargará de hierros; pero, en cambio, tendréis justicia seca, yo os lo aseguro- -dijo con Suma dignidad don Rodrigo. -Pues si me hacéis justicia y me sentenciáis en justicia, Santillana, no tengo por qué afligirme; me doy por libre y honrado antes de muchoy tiempo; pero ¡ay de vos si obedecéis mandatos injustos, si por- una vil cobardía faltáis a la justicia; porque al matarme, Santillana, moriréis conmigo, e irán juntas ante Dios la víctima y el verdugo! Pastelero! -gritó don Rodrigo. Pero su -voz desfalleció, ahogada por la expresión imponente, dominadora, del semblante de Gabriel de Espinosa, y por- su mirada serena, valiente, terrible, llena de majestad, que apretaba, que empequeñecía el alma del alcalde. -Salid- -dijo Gabriel de Espinosa- y que cuanto antes me traigan lecho en que repose. ¿Y nada tenéis que pedirme? ¿Nada tenéis que Suplicarme? -dijo con asombro el alcalde. -i Ye! ¿Quién pensáis que soy yo? aijo coa
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