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WASHINGTON. E L ENTIERRO D E MR. TAFT M O M E N T O D E SER COLOCADO EN UN ARM ON D E ARTILLERÍA E L ATAÚD D E L EX. PlRESIDENTE TAFT, QUE ESTUVO EXPUESTO EN. E L CAPITOLIO. (FOTO VIDAL. tarlo, y ya lo dejó vivir en la casa como si formase parte de la familia. Cou igual amor trataba a su marido, que era un sujeto de vida irregular y había incurrido en reiteradas infidelidades. Pero lo que no se atrevió a hacer con el ganso lo hizo con su esposo una noche, después de cenar, en compañía) de varios invitados, en el domicilio conyuga Luego de una escena violenta, le amenazó con arrojarse al río. E l hombre, a quien esa perspectiva tal vez no le pareció desagradable, se puso a fumar tranquilamente su pipa. Y encolerizada ante su impasibilidad, ja pobre mujer cogió la pistola y lo mató de dos certeros disparos. ¿P o r qué hizo usted eso? -la interrogó el fiscal. -Porque lo amaba. Previas las declaraciones testificales i n dispensables para acreditar que tenía un alma angélica y los informes del acusador público y del defensor, el jurado dictó su habitual veredicto de inculpabilidad, y la acusada, absuelta, se marchó a seguir cuidando sus animales. Entre las modas de P a r í s que felizmente no hemos importado figura esa de que las señoras asesinen a sus maridos cuando, por cualquier futesa, quieren castigarlos o simplemente desembarazarse de ellos Pero hay que tener presente que la supresión del Jurado disminuye las probabilidades de impunidad para las que sintieran la tentación de instaurar aquí esas prácticas ¿No es, en efecto, la lenidad lo que favorece en Francia el contagio de esa epidemia homicida? ¿Y cuál es la causa de esa lenidad, sino el poco aprecio que el Jurado hace de la vida ajena? Donde la represión es severa, el número de las señoras que abrevian la vida de sus consortes por otro procedimiento que el de amargársela con su presencia, es reducido. Mientras que en Francia, hasta las que por razones sentimentales son incapaces de matar a un ave de corral, encuentran expedito el camino de asesinarlos, seguras de que el asunto tiene menos gravedad de la qué seria precisa para la condena en un juicio de faltas. J H a b r á quien sostenga que el Jurado francés, absolviendo sistemáticamente a las culpables de homicidio o imponiéndoles sanción tan leves que casi constituye una burla de la ley penal, procede con arreglo a justicia? Y por otra parte, ¿puede dudarse de que, por regla general, los jueces populares tienen allí el nivel de cultura necesario Para comprender el alcance de sus veredictos? A cada absolución sigue una racha de delitos análogos. L a Prensa se fatiga en vano censurándoles, y acaba por adoptar ante esa lenidad una actitud de ironía. Pero el Jurado- -compuesto de gente burguesa en su mayoría, solvente, plenamente responsable de sus actos en la vida ordinaria- -encuentra una especial complacencia en hacer tal uso avieso de su- irresponsabilidad en esa función. Indicio curioso para juzgar las reacciones del alma colectiva. Doce personas equilibradas, que aisladamente se enfadarían si se las propusiera la complicidad en un delito de poca monta, una vez que se reúnen sienten que su visión de lo justo y de lo criminal se altera, se deforma, se hace fluida y elástica. Y llamadas a enjuiciarlo, pero sin el riesgo de la responsabilidad, ante un crimen a veces tan estúpido y monstruoso como el de matar a un ser humano a pretexto de que se le ama, coinciden en reconocer que, por su parte, habrían hecho lo mismo que el acusado. N o a otra cosa equivale el veredicto de inculpabilidad. L o que les hace obrar así es la certeza de su irresponsabilidad, en primer término, y la conciencia de operar en colectividad, después. ¿Qué resortes obscuros del alma humane, se ponen en movimiento al amparó de esas circunstancias, en que la personalidad individual de cada jurado parece como que se disuelve y ¡hace inconcreta? Los mismo; que determinan la ferocidad popular en las revoluciones. Y entre ellos una mala pasión- -son muchas las que dormitan en el corazón de los hombres, aletargadas por la imposibilidad de manifestarse en la vida ordinaria- la voluptuosidad de hacer el mal o autorizarlo impunemente, como una turbia reacción contra el orden jurídico imperante, como una liberación torpe y momentánea del peso cotidiano de la moral y de la ley. U n tirano que, valido de su poder, libertase por sistema a los asesinos, incurriría en el horror de sus contemporáneos y de la Historia. Pero se da a doce tiranuelos anónimos, irresponsables, la posibilidad de ejercitar así su fugaz soberanía, y lo hacen sin que, por una incomprensible aberración, la conciencia social reaccione eficazmente indignada contra ellos. Pues si eso sucede en un país ecuánime, donde el nivel medio de la cultura hace i m probable el error en la apreciación de los hechos y donde la Prensa, unánimemente adversa a ese criterio impunista, tiene tanta difusión, ¿qué ocurrirá en pueblos cuya vida entera parece estremecida de histerismo y en los que la exaltación verbal o escrita da a la existencia social un aire de dramatismo permanente? Poner en manos de sujetos elegidos al azar, sin responsabilidad alguna, la última y m á s delicada función del Estado en trance de reconstitución, ¿no sería una temeridad? Vale la pena de examinarlo antes de que, como de seguro ha de ocurrir, el problema se suscite. JXJAN P U J O L
 // Cambio Nodo4-Sevilla