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ABC. SÁBADO 29 D E M A R Z O D E 1930. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. PAG. 6 el tercero para las mecanógrafas. Ruidito incesante de las máquinas. Llamadas al teléfono; ex ministros, los consabidos ex m i nistros que vienen a conferenciar con el gran financiero. Alardo es rico; un escritor rico es cosa tan absurda como las curaciones de la Balma; pero Alardo es una excepción. -Con rubor, encendiéndosele las mejillas, Alardo pone en esta magna empresa que va a ser realizada 200.000 pesetas. N a d a una miseria; al lado de cincuenta millones de pesetas, doscientas m i l son, para un millonario, cuatro reales. Entradas y salidas de personajes; ruido de máquinas de escrib i r repiqueteo de teléfonos; papeles azules- de telegramas; anchos planos sobre la mesa. Y la sonrisa afable, cautivadora, del gran financiero. Seis meses después, un día, por la mañana; Alardo tiene un hondo disgusto; el joven escritor es apasionado de la pintura; su pintor favorito es el Greco. Alardo tiene la debilidad (no digamos superstición) de ver grecos por todas partes. E l joven escritor posee dos o tres grecos; pero esa mañana de que hablamos, D Manuel Bartolomé Cossio entra en casa de Alardo, y al vellos cuadros del Greco tuerce el gesto; no necesita más Alardo, que es persona inteligente; no necesita decir más tampoco el Sr. Cossio. P o r l a tarde, en el café, A l a r do ha tenido también otra contrariedad; por la mañana había leído en un periódico, firmado por un autorizado crítico, un artículo, en, que se decía que el estilo de tal escritor era natural, y el de. tal otro artificioso- Alardo ha sostenido lo mismo; se ha enredado la discusión; ha habido palabras gruesas, y, al fin, un señor que está libre de las supersticiones literarias- -cosa rarísima- ha demostrado que era todo. lo contrarío: el estilo artificioso era el natural, y el estilo del escritor natural era el artificioso. P o r la noche, al leer los periódicos, Alardo. ha dado de pronto un grito, un g r i to como los, que dan los endemoniados en la cueva de la Balma; un telegrama de B a r celona anuncia que en un Juzgado de la capital se ha presentado una querella contra el gran financiero y director de la H i d r o técnica del Jarama, Sr. Balmis. Millares, millones de vocablos superstición, como un enjambre de abejas, rodean la figura del joven escritor. Superstición, superstición, superstición. U n a espesa nube de palabras superstición. ¡Pobres labrantines, artesanos y menestrales, que van a la Balma! Ellos son los menos supersticiosos; ellos son los más disculpables. Superstición financiera; superstición literaria; superstición artístic a superstición social. E n el cielo, al levantar la cabeza, Alardo Prats y Beltrán, autor del bello libro Tres días con los endemoniados, ha visto en letras radiantes, g i gantescas: Balma y Balmis. AZORIN paña, como si la guerra, en realidad, no hubiese terminado, sino que se había únicamente interrumpido. Ahora, al dar orden los franceses de que las tropas vistan sus uniformes de calle, de paseo, de parada, es como si públicamente proclamaran que la paz, por último, reina en Europa. No es al soldado de uniforme vistoso al que tienen que temer los pacifistas, sino al otro, a aquel hombre vestido de caqui o de azul verdoso, el casco a la cabeza, las bandeletas en las pantorrillas, las botas claveteadas, con todo el aire de estar pronto a caer sobre una trinchera. E l cañón había enmudecido en el centro dé Europa, pero Europa no era más ni menos que un campamento. Sentíase la impresión de vivir en un paréntesis. Y que las tropas se hallaban en todo momento movilizadas y entrenadas para entrar en combate. E n las mismas ciudades apartadas de las fronteras, en los edificios oficiales, en las guardias de respetó, los soldados aparecían en traje de campaña, y ya no se concebía un soldado más que en esa actitud de campamento, de vísperas de combate, en funciones de matar. Pues bien, Francia quiere restituirles a los soldados sus uniformes de tiempo de paz, y sólo con eso ha hecho por la causa pacifista bastante, más de lo que los mismos pacifistas se figuran. Por otra parte, la rehabilitación de la pompa ha de resultar siempre para toda alma sensible un bien imponderable. E s a civilización de la comodidad que por conductos diversos nos está inundando, promete convertir la vida en una cosa mondada y sintética y reducirlo todo a simple esquema. Hasta el guerrero. E l guerrero siempre ha sido una persona suntuosa; le ha gustado adornarse con plumas, con penachos de c r i nes, con escudos pulimentados, con bandas y cintas, con divisas desafiadoras. Marte era un dios guapo y lujoso que amaba tanto vencer en las batallas como en las lides del. amor. Que es lo que hacían los soldados cuando los uniformes eran ostentosos: esclavizaban sin remedio los corazones de las niñeras. Marte ha exigido siempre, y no sin espíritu de justicia, una compensación proporcionada al enorme sacrificio que importa el oficio de jugarse la vida en campo abierto. Hubo un tiempo en que, se extremó la suntuosidad marcial. Como en muchos otros aspectos de la vida, el siglo x v m brilló en el arte de adornar la función de guerra, y entonces se perfeccionaron esos regimientos de granaderos que acaso no servían demasiado para arrojar granadas decisivas, pero que hacían, en cambio, un magnífico papel en las paradas y los desfiles de honor. Toda Europa se llenó de esos magníficos soldados de parada. Federico el Grande escogía ios mozos más altos de su reino, -y en los regimientos de la Guardia de Catalina de Rusia no podían formar, más que gigantes. Época de los grandes morriones, de las casacas bordadas, de las formaciones perfectas. L a Edad de Oro de los regimientos de soldados. ¿Se guerreó más y con mayor fiereza entonces? H a y una literatura de la guerra, o contra la guerra, que amenaza envolvernos a i o dos. E s un verdadero ataque a fondo, ejecutado en la impunidad de un mundo que tiene, sin duda, muchas cosas de que avergonzarse. Pero ya se sabe cuál es el peligro de la literatura; que se excede con bastante facilidad. E l literato necesita ser, por razón de oficio, impresionable. Cambia de pasión con gran desenvoltura, y se pasa de un extremo a otro sin excesivos escrúpulos de conciencia. E l padre de los escribas europeos, Homero el formidable, dedicó su vida a cantar el furor de los campeones, la arroganeia- y belleza de los héroes, la sangre y la muert; de los combates. E l literato ha sido siempre un entusiasta de la guerra, u n admirador y un servidor de los grandes guerreros, y. hasta en un pueblo tan escasamente belicoso como el hebreo consiguieron los escribas inventar gloriosas empresas de armas y paladines de extraordinario poderío. David es un piadoso mito que los escribas entregan a la penuria heroica de su pueblo, para que Israel pueda presumir también un poco entre las demás naciones circundantes. H o y los escribas se han pasado al otro extremo. Se juntan con los tenderos y los artesanos, los eternos enemigos del guerrero, y lanzan injurias contra aquello que ensalzaron ayer, cuando se juntaban con los señores y los grandes. ¡ORADORES Y C A N T A N T E S! usaron PASTILLAS BONALD desde hace cuarenta anos. l! l! ll! ll! lll lill! l! tlll! ill! l PAPEL DE fin FUMAR Usándolo se atenúan los efectos tóxicos del tabaco. j! 1 Inapetencia P a r a r e c o b r a r el jf lj apetito y reconsti- tuir el organismo, j ¡tomad ¡árabe de j f j i LA REHABILITACIÓN D E L VJEJO U N I F O R M E Interpretaciones Si en Francia restituyen a los soldados sus uniformes de siempre, los uniformes de colores y de parada, 110 hacen más que una obra de buen gusto y de verdadera reconciliación. Los enemigos del Ejército es posible que miren ésa reforma con reticente contrariedad; habrá muchos que teman un aumento, de las posibilidades de guerra en la especie de sublimación del oficio marcial que comportan los uniformes vistosos, los arreos brillantes, Pero más cierto es que Elevábamos demasiado tiempo contemplando a Europa llena de soldados en traje de cam- 1 P F S I O I O 0 FT! Cerca de medio siglo de éxito creciente. Aprobado por la Real Academia de Medicina. Pedid J A R A B E S A L U D para evitar imitaciones. i ¡Se ha procurado deshonrar tantas cosas en estos últimos tiempos! Pero llega un instante en que tanto prurito de deshonra fatiga. Tanto alarde de piqueta produce aburrimiento. H a y quien tiene vocación de picapedrero; que obedezca, pues, a su tempej. ramento mientras posea un soplo de vida. Por mi parte, en cuanto pueda i r a Francia, me gustaría asistir a un suntuoso desfile de soldados con sus brillantes uniformes restituidos, JOSÉ M a SALAVERRIA