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Santoyo salió, y el Rey cambió completamente de semblante, y apareció impenetrable y frío. Poco después entró Aben- Shariar en la cámara y adelantó lentamente hacia el Rey, que el miraba impasible y grave. Aben- Shariar no pasaba de cuarenta y dos años; estaba en toda l a fuerza, en todo el vigor de su vida, y era hermoso, blanco, con los cabellos, las cejas, los ojos y la barba negros, cortados muy cortos los primeros y bellamente recortada la segunda, Iba magníficamente vestido, en contraposición de Felipe I I que lo estaba muy sencillamente. Aben- Shariar, con su traje de brocado y seda, parecía el original, en cuanto al traje, de uno de esos hermosos retratos del Emperador Carlos V pintados por el Tiziano. A l llegar a la parte media de la cámara, AbenShariar, que había entrado con el birrete puesto se le quitó con trabajo, con violencia; pero como si un mismo resorte hubiera puesto en movimiento al Rey, éste se levantó lentamente, llevó también con sumo trabajo la mano a su gorra de abrigo, y se la quitó. E l Rey y el senador del Consejo de los Diez permanecieron en silencio, mirándose algunos instantes los dos altivos, los dos serios, los dos i m penetrables. Podía decirse que Venecia y España se miraban; es decir, que estaban frente a frente dos enemigos encubiertos, que se respetaban, más bien, que se temían mutuamente, y qué se trataban con un frío y calculado respeto. -Guarde Dios a Su Majestad el Rey de España- -dijo Aben- Shariar con la entonación fría y grave, órdenes dadas por el alcalde Portocarrero, un personaje muy serio y muy grave, a quien trataba con sumo respeto el alcaide. Este personaje era Yhaye- ben- Shariar. Gabriel de Espinosa había sido trasladado de V a lladolid a l a cárcel de Medina del Campo con el pretexto de que estuviese el preso más cerca de M a d r i g a l pero en realidad con otro objeto completamente distinto. E r a una mañana bastante fresca del mes de noviembre. E n la- puerta de los Principes, del Alcázar de M a d r i d y delante de- una puertecilla de una escalera excusada, había una pesada carroza negra, a l a que estaban enganchadas ocho muías. E l cochero y los lacayos estaban en la zaga dispuestos a marchar, y al pie de las muías los zagales, todos con. librea de l a Casa Real; a caballo los caballerizos, y a caballo un centenar de hidalgos de la Guardia española, que debían escoltar l a car r o z a es decir, el Rey, en aquella carroza, se debía trasladar al Pardo A las seis de la mañana, que todavía 110 era día claro, se abrió la puertecilla de la escalera excusada, y aparecieron envueltos en gabanes de abrigo, y con gorras de abrigo también, dos hombres, que por lo poco que se les veía del semblante, entre lo rebujado de los gabanes y lo calado de las gorras, parecían el uno tan viejo como el otro. Aquellos dos hombres eran el Rey don Felipe l í y su ayuda de cámara, su confidente, su amigo, si es que Felipe I I podía tener amigos, Sebastián de Santoyo. Apresuráronse los caballerizos a abrir la portezuela de la carroza, y entraron en ella el Rey y Sebastián de Santoyo. Inmediatamente se pusieron en marcha, y hora y media después entraban en el palacio del Pardo, jr Felipe I I se encerraba en una cámara con Santoyo. -V i v e Dios, Sebastián, que me humilla el paso que estoy dando, y casi casi estoy por enviar noramala a los venecianos y a ese monseñor Pietro Mastta, que con tales bríos y tan altos humos me pide una entrevista,
 // Cambio Nodo4-Sevilla