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va vicia a las vidas irreales que vosotros creasteis? ¿Qué Desdémona más dulce, que Marino Faliero más grande y resignado que los que nos legó nuestro genio? Con qué vocablos más suaves y sencillos que los tuyos, Silvio Pellico, podíamos describir las horas interminables y angustiosas de tu prisión en los piamos: Divisaba desde mi ventana grande, más ailiá de ios calabozos de enfrente, una gran hilera de techos, coronados de chimeneas, miradores, cúpulas y campanarios... E n a n a ventana vi a un niño, como de nueve años, alzar sus manítas hacia m í -Pobre preso, ¿quién eres? -Soy Silvio Pellico. Dentro, había una señora que le dictaba palabras de compasión... Todas las noches, al encender los niños la luz, cerraba la señora la ventana, y ellos me gritaban: ¡Buenas noches, Silvio Pellico! Cuando almorzaban, me decían: 1 día que te suelten acuérdate de venir a casa. T e daremos tortas y besos... ¿Quién escribiría con mayor gracia picara tu evasión de los plomos, o las venecianas fiestas de amor entre sedas y madrigales, inquieto caballero de Seingalt, trotón de mundos, forzador de la suerte en los juegos del amor y del azar; mágico de industria y caballero de autocuño, que no debiste a nadie ni nombre ni fortuna, si no fué a tu propio ingenio? Y de pronto, cuando sentíamos cerca de nosotros estas amadas sombras lejanas, se nos han escapado en un vuelo de asustadas palomas, perseguidas por las descargas trepidantes de una odiosa gasolinera, que pasó a nuestro lado, sobre estas aguas, sólo surcadas hasta ayer por las góndolas silenciosas. MARIANO TOMAS