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SEVILLA, LA CIUDAD DE LAS GRACIAS A primera gracia, casi divina, de Sevilla es ser en. Europa tina de las pocas ciudades de juventud eterna. No se sabe más que de otra en Europa que la pueda emular en este privilegio celeste: Florencia. Francia, Inglaterra o Alemania no poseen ninguna ciudad que al cabo de los siglos haya sostenido este irresistible encanto juvenil. Por eso ningún viajero, ningún buen rondador de ciudades, ningún poeta ha podido aplicar a Sevilla o ¡i Florencia- -ciudades más que milenarias- -el calificativo de vetustas. Las piedras más viejas, medievales o romanas, recusan en estas ciudades toda ilusión a la vetustez. Una misteriosa juventud solar las ilumina. Sevilla y Florencia son, a lo largo de la historia de Europa, más qué ciudades madres, ciudades novias, llenas de enamorados; ciudades encantadas con nombres de princesas o especie de princesas de la fábula convertidas en ciudades por obra de la historia. Son cerno las novias de cristal de la geografía. Su belleza ha florecido lenta y maravillosa en el huerto latino. Pero, además, Sevilla, como Venecia, ha sido tocada por la varita de virtudes del Oriente mágico. Puede producir mayores mirajes y fantasmagorías del hada Morgana que Florencia. Más de una vez, en la Venecia de verano y a esa hora de la tarde que preferían Ticiano y Aretíno, he asistido a un espectáculo de magia geográfica. No sabría decir qué droga venía a complicarme el último cocktail de la tarde, cuando en el tramonto veneciano se me aparecían Giraldas y Trianas, alcázares y torres del Oro, hospicios y columnas de Hércules sobre espejos de Guadalquivires, y veía cruzar el puente de Rialto chávalas de la Pesquería con mantoncita negro, o presentía que la quinta de Don Juan se había puesto en los jardines de Murano a beber manzanilla para ingleses. ¡Aíi, pero esto último, no... E n ningún país de la tierra se bebe como en Sevilla. E n ninguna parte el vino es tan claro, tan dorado, tan alegre, tan fresco, tan soleado, tan benéfico, tan inagotable. L EL PATIO D E LOS NAHANJOS, D E L A CATEDRAL D E SEVILLA ¡AI diablo monumentos del Baedeker! Para ir a ver una catedral se va lo mismo a Ghartres que a Colonia. Pero sólo a Sevilla se puede venir del confín del mundo para beberse doce cañas de manzanilla sin perder el viaje. L a estúpida ley Seca hará que para los americanos sea un milagro, un acontecimiento casi religioso, un prodigio solar, una copa de vino sevillano bebido a la hora del crepúsculo, bajo el oro y el azul del cielo; en las brisas de abril y allá en ia venta de Antequera. No todo era embriaguez y fantasía cuando en ios tramontas de Venecia se me aparecían panorámicos trozos de Sevilla reflejándose sobre el canal grande. Aquí y allí, como en pocos, muy pocos lugares de E u ropa, los estilos occidentales, renacientes y góticos, se dan la mano con las arquitecturas del Oriente, y del Oriente toman aquí las cristianas mujeres el scialle y el mantón, el zendá y la mantilla, y hasta la calesa y la góndola. Es en los crepúsculos venecianos y sevillanos donde la profusión barroca florece con un lujo devoto y naval de sello inconfundible. Una riqueza de navios ha cargado las iglesias de candelas, candelabros y lámparas de plata; ha deco- VISTA PARCIAL D E SEVILLA