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LA MADRE DE D O N J U A N VALERA, O EN FOLLETÍN, LA AMBICIÓN DE U N A MADRE OGA de las biografías. Vidas noveladas, aunque ufo siempre novélables. L a moda, todas las modas, cruzan el P i rineo. ¡Por dónde se nos va a entrar la afición a la historia! Por la escalera de servicio, dirá el crítico severo. No somos críticos, y mucho menos seve- ros. ¡Éntresenos, pues, en buena hora, la afición a la historia, aunque sea a trompicones, resbalando sobre tal o cual punto de partida (de partida para la fantasía) excesivamente tenue. Paso a pasito, la anécdota interesa por el dato, y la busca del dato lleva a ese revolver paciente en p apelotes viejos, que se llama la erudición. L a erudición no siempre tiene seño fruncido y ademán adusto; véase si no lo3 V i llaurrutias, insistentes, y certeros y amables, sin embargo, co. mo si no lo fueran. Y ya que ese nombre se nos vino a la pluma, no vacilemos en declarar nuestra predilección por lo novelable menos novelado. L a imaginación preferimos ponerla nosotros. Así, aunque en buena Ihora llegue, quédese su exceso en procesos históricos para quienes carecen en a b s o l u t o de ella... o de base para distinguir los huecos que pretende rellenar, a modo de aserrín invisible. Nuestra predilección: los Villaurrutias, y ahora ese Valera en Italia, de Manatí Azaña. Azaña- -reposo en el planear del trabajo y en su resolución; saber siempre más que lo que se ostenta; dejarse siempre algo, voluntariamente, en el tintero, y apagar chispas inútiles en un claro día en lugar de lanzar cohetes- en la noche- Azaña, enterado, con respecto al padre de Pepita Jiménes, de cuanto le será dado enterarse a. quien más íntimamente le trate, no nos cuenta aquí sino lo preciso para situar al personaje. L a imaginación, pongámosla nosotros. Mas, para que vuele, tres figuras: las tres mujeres que acompañan, de cerca o de lejos, los días mozos de este don Juan sin donjuanismo. Dos amores: uno, harto terrenal, pero que acabó con el amor propio del héroe, deshancado por su jefe, el duque de Rivas, quien, si no era don Juan, pretendía serLA lo aún, va muy traspasada la edad natural del arrepentimiento; otro, harto etéreo (harto en cuanto a la voluntad de Vaiera) y que hubo de servirle al menos para procurar superarse, a fin de ponerse a tono- -con el corazón- y con la mente- -con la insensible. L a relación del amor primero, el de la Saladita esa alegre marquesa de Villagarcía, que revolucionó toda la Embajada española antes de adueñarse, por último, del propio embajador, nos hace evocar el Ñapóles del duque de Rivas, despreocupado, desenfadado y bel esprit, en donde los españoles de las tertulias aristocráticas jugaban alternativamente a un dieciochesco trasnochado y a un romanticismo para andar por casa. (Por la Embajada y sus salones adlátercs: E l amor segundo íiacia esa pobre marquesa de Bedmar. que Vaiera llama la griega pero a quien todos llaman la muerta a causa de su palidez y demacración, alza ante nuestros ojos un V a lera ni escéptico, ni zumbón, ni nada filósofo: un Vaiera realmente enamorado, que antes sufre de las amarguras de una pasión distante que saborea las mieles de una pa- B sión correspondida con gran elevación de espíritu, mucha literatura e inquebrantable platonismo. Ahora bien, la figura de mujer que más. recia se ofrece en estos años juveniles de Vaiera, no se nos presenta con nimbo amoroso. Su amor al menos es de muy otra calidad. Es la de la marquesa de Ja Paniega, la madre, la excelentísima señora madre, de la punta del chapín a las cocas del pelo, de don Juan. ¡Gran figura de mujer! Tal vez no muy inteligente, pero de seguró agudísima, percibiendo los hechos, olfateándolos de lejos, y, lo mismo que los hechos, las personas y sus posibilidades. Tal vez no muy culta, tal vez, incluso, casi nada; pero con esa ciencia infalible del mundo, que vale, para andar por él, y por él empujar a los suyos, por todas las sabidurías. Don Juan Vaiera- -él mismo lo reconocería- -no estuvo nunca a la altura de las circunstancias impuestas por madre de tai fuste. Si era ambicioso, tema aún más orgullo que ambición, o bien su ambición rayaba en esferas distintas a aquellas a que tendía la de la marquesa. N o debes, tener tanto orgullo para no pedir al duque ni a otras personas que le puedan a uno sacar de atolladeros, porque ese orgullo no sirve más sino para quedarse uno en un rincón, morirse de miseria y que todos lo desprecien; por fin, los antiguos ganaban gloria, pero en tiempos modernos, ni aun esta ilusión se gana con hacerse el hombre grande; en el día se atiende sólo al dinero y al puesto que se ocupa; los medios no se miran ni manchan; no he visto hombre, por bajo ni indecente que sea, que lo desprecie nadie como no tenga dinero u ocupe posición en el Gobierno; pero los desprendidos, los heroicos, son despreciados completamente y hasta huyen de ellos; no creas, por esto, que té aconsejo que hagas indecencias ni picardías; pero sí que le hables al duque en tu favor para lograr tu colocación; esa humillación de tu carácter, digno de elogio en cuentos y antiguas historias, pero en el día desconocidas, quizá te atraería tu carrera, y no que no veo más que males sobre ti, querido hijo mío, y sobre toda la familia están ya por tonterías semejantes MARQUESA D E L A PANIEGA, MADRE D E ¡Gran figura de mujer! Ella no regateará ningún sacrificio por su hijo; vivirá estrechamente para que su Juanito haga de pisaverde en la Embajada de Ñapóles, pero él habrá de dejarse de tonterías. L a vida es como es, y ha de vivir- se desde el mejor puesto posible. Y para conseguir éste, no hay sino proponérselo: Convengo contigo en que tú. no eres un sabio profundo en ninguna ciencia, lo que pudieras enmendar, puesto que lo conoces, y estudiar alguna cosa que te pueda ser útil, particularmente para una persona que puede ser diputado, y que no debes conVALERA cretarte a serlo de c... solamente; pero, afortunadamente, en tu Patria no es menester talento ni conocimiento científico para lucir y hacer fortuna; lo que sí convengo en qué te sobra, puesto que la tienes, es la vergüenza; es un obstáculo en el da ¡Gran figura de mujer! Si Vaiera siguió tonto y no llegó, bien sabe Dios que su madre no tuvo la culpa. Salvo el príncipe aleccionado por Maquiavelo, no ha habido mozo a quien se haya servido tan práctica experiencia. Y se la servían en bandeja, en la bandeja del cariño más puro, y, por tanto, menos sospechoso. A Azaña, que gusta de la historia novelada de por sí, pero cuya visión histórica no precisa novelerías añadidas, yo le pediría publicase íntegramente estás cartas de la marquesa de la Paniega a su hijo- -el rebelde de su hijo- nos pintarían, mejor que cualquier biografía de imaginación, el retrato, de cuerpo entero, de un ambiente que ya pasó, y de un carácter de mujer que no pasará nunca. DON JUAN VALERA A LOS DIECIOCHO ANOS MARGARITA N E L K E N