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v Mi O F R E C E P A R A L A N U E V A T E M P O R A D A E L MAS L I N D O S U R T I D O E N VESTIDOS Y S O M B R E R O S P A R A NIÑOS P ü r o S I D A D E S E N J E R S E Y S Y P U L L O V E R D E P U N T O -B A T A S D E S H A B I L L E S Y P I J A M A S P A R A SEÑORA, L O S ÚLTIMOS M O D E L O S I N M E N S O S U R T I D O E N J U E G O S D E C A M A Y M A N T E L E R Í A S CON P R I M O R O S O S B O R D A D O S A M A N O P R E C I O S B A R A T Í S I M O S -P K I M E R A CASA D E E S P A Ñ A E S P E C I A L I Z A D A K. E Q U I P O S B E N O V I A por el célebre campeón mundial, profesor J Ajordan. U n tomo en cuarto, en rústica, cubierta a colores, con 346 páginas y 230 grabados intercalados en el texto. Interesante a todos los aficionados. Industria Hispano Francesa. F á b r i c a de billares. 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UNA peseta en toda España. sfcS FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL P A S T E L E R O D E M A D R I G A L 445 sea, como lo cree Venecia, el Rey don Sebastián. -P e r o las pruebas, caballero, las pruebas- -dijo tranquilamente el Rey. ¡Las pruebas! E l testimonio unánime de cuantos portugueses conocieron al Rey don Sebastián, que le han visto en África y en Venecia; el admirable parecido que existe entre Gabriel de E s pinosa y el Rey don Sebastián, no sólo en la figuirja, sino en el carácter, en el genio, en el valor, en la destreza. ¿Cree Vuestra Majestad que un pastelero, un villano, puede ser tan buen caballero, es decir, tan buen hombre de armas y tan gran soldado como Gabriel de Espinosa? -Abundan en Portugal y en España hombres de baja cuna cuyo gran valor, cuya gran destreza, cuyo grande aliento asombra; ya sé que Gabriel de Espinosa es un gran soldado, que cabalga grandemente, que rompe una lanza en el aire, que justa a la perfección, y que espada en mano es terrible; sé que es soberbio, audaz, valiente y temerario, y si no me hubieran dado noticias de ello, me hubiera bastado para conocerlo lo arduo del negocio en que se ha metido. Para venirse a mí, a! Rey don Felipe, diciendo: Y o soy A Rey don Sebastián; el Trono de Portugal es mío; idos de él son necesarias una gran temeridad o una soberbia más grande aún. -O un derecho indudable y sagrado. -P a r a acreditar ese derecho se necesitan más pruebas que las que me habéis indicado. -E l Consejo de ios Diez sabe cómo hablan los Reyes y los caballeros, y cuando ha escuchado a Gabriel de Espinosa ha oído en su boca palabras ie caballero y de Rey, -Si es portugués, ios portugueses son muy i n flados; si es castellano, los castellanos son muy altivos; un cualquiera, portugués o castellano, sólo con que Dios le haya dotado de audacia, puede parecer un Rey en Venecia y en cualquiera otra parte donde no se conozca bien a los portugueses y a los españoles. E l Consejo de los Diez ha oodido muy bien equivocarse. -Pero un cualquiera no puede saber secretes de Estado. 1 indudables que, por desgracia, hay de su muerte. Esto puede ser causa de que un impostor protegido a ciencia cierta por los traidores a quienes me veo obligado a reprimir en Portugal para hacer respetar la santa voluntad de Dios, que ha querido que venga a mí, por legítimo derecho de herencia, el reino de Portugal; esto ha podido dar ocasión, repito, a que un impostor se atreva a usurpar un nombre ilustre: el nombre de un Rey muerto, de quien es de esperar ya habrá tenido Dios misericordia. -Venecia, señor, ha sabido punto por punto l a historia del Rey don Sebastián desde que fué recogido del campo de batalla y vuelto a la vida, y adoptado por una familia árabe, a la cual pertenece l a que hoy es esposa del Rey don Sebastián. ¿Y por qué, si esa familia protegía a ese que dicen ser el Rey de Portugal, ese hombre, en cuanto sanó de sus heridas, no se presentó en su reino? ¿Por qué no dijo al cardenal don Enrique: heme aquí; dejad de ser Rey, porque el Rey vive, y no puede haber dos Reyes en Portugal? -Vuestra Majestad debe recordar bien lo que era el Rey don Sebastián- -dijo Aben- Sbariar. -Sí, voluntarioso, antojadizo y temerario; su deseo de conquistar el África era un deseo santo y. noble, que sintieron los señores Reyes Católicos, mis abuelos; el gran Emperador Carlos V mi padre; que tengo yo, que recomendaré aficazmente al príncipe de Asturias, m i hijo, cuando, llamándome Dios a si, llegue la iipra de mi muerte; ese deseo deben tenerle y le tendrán los Reyes de España que me sucedan en lo porvenir; porque, a más de debernos los moros una deuda de honor y de sangre, un Rey cristiano no puede estar tranquilo, n i llamarse verdaderamente grande, mientras cerca de él, al alcance de su mano, hay una inmensa región habitada por gente bárbara e idólatra; pero no era la ocasión, y yo no quise ni pude ayudar a mi sobrino en aquella temeraria empresa; desgraciadamente, por cuestiones de derecho, de religión y de política, estaba yo empeñado en largas y costosas guerras, que con sus inmensos dominios me dejó en herencia el Emperador, mi padre; yo no podía quitar de FJandes, de Italia, de Francia, los bue-