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MADRID- SEVILLA 3 DE ABRIL 1 930. SUELTO 10 DE CTS. NUMERO REDACCIÓN: PRADO D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y CERCANA A TETUAN, SEVILLA ABC DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O V 1 GES 1 MOSEXTO N. 8.508 8 A N U N C I O S MUÑOZ OLIVE. TRIO U N AROMA. -Pasamos. Paseando. Lentamente. E s una carretera en Provenza. A s falto pulido. A un lado, la vía del tren. Más allá de la vía, el mar. A l otro lado, la vertiente suave de una colina. E n la pendiente, olivos, enebros, verdes pinos. Alguna palmera. H a pasado la tarde. V a cayendo el sol. H a alcanzado la v i d a- tal vez ya la ha cruzado? -la línea de la madurez. Por lo tanto, hablamos de asuntos trascendentales Intereses. Filosofía. Asegurar el pan- -y un poco de ocio- -para los pocos días que restan. Recontar lo breves, haladles, ilusionantes, decepcionantes que han sido, en suma, los pocos que pasaron. Artificiosa serenidad. Seudovoluntario desapego a cuanto el sino suprimió en nosotros. Sonrisa suficiente al recordar las alas juveniles cuyas plumas se han ido quedando en las espinas de las zarzas. Afirmación pedante de nuestro sobrevivir esencial: ¡Somos algo más que nuestra propia v i d a! Conviene, sin embargo, asegurarla hasta el fin, para poder meditar en su nada, al abrigo de importunas necesidades. Números. Citas. Platón. Tantos por ciento. Y un poco de arte, para redimir la hora i n dudablemente poética de la prosaica materialidad en que la envuelven nuestras preocupaciones. Qué bellamente se ha escondido el sol! ¡Qué majestuosamente triste se ha quedado el m a r! Atendamos a lo que importa. ¡Escucha! ¡N o es posible escuchar! ¡Atiende! ¡N o se puede atender! ¿Qué sucede? -No lo sé. Está en el aire. Es una fragancia inesperada, olvidada... ¡pero tan conocida! Es fresca, huele a fruta, se entra por los sentidos y llega a la memoria, lavándola de toda huella rancia... Acaba de exhalarse... De dónde? H a llegado hasta mí... ¡N o ha llegado! Me parece que ha estado siempre trascendiendo en la esencia misma de mi vida. ¿Tú no la notas? -H a y tanto buen olor en el campo -a estas horas... -Pero éste no, éste no. ¡N o es uno de tantos! ¡Es el único, el mío! ¿Qué recuerda? N o sé. Espera... Detengámonos para que no se escape... ¿Qué recuerda? N o es amor... no; ni siquiera el nuestro... ¡Es algo más lejano, más mío que el amor! N o es dolor. N i siquiera el que nunca deja de doler. N i alegría. N i triunfo. Ni- deseo. N i ¡ay de mí! Está más lejos... muchísimo más lejos... ¿De dónde viene? Déjame buscar olfateando como un animalejo o un salvaje. ¿Es la resina que sudan los pinos? ¿Es el incienso de los enebros? No. ¿Las juncias? ¿L a retama? N o no! Se pierde... ¡se evapora! ¿No encuentras? -Sí... ¡Y a! Es esta pequeñuela mata de cantueso... ¡De rodillas! ¿Arrancarla? ¡Ntinca! Déjame, cobijada con las dos manos, hundir la cara entre ellas, respirar, respirar... ¿Sabes? Es una tarde, muchas tardes. Las cercas de los huertos a la orilla del río. L a sombra de los verdes cerezos, de los guindos, de los avellanos sobre el agua que corre. Entre las piedras de las cercas, las matas de cantueso, y su aroma en el aire... E l mismo... Como ahora... ¡Como entonces! ¡Qué emoción tan intensa, tan única, tari mía! -Pero, ¿por qué? -Por nada... o por todo, quién sabe? Tendría, no recuerdo, seis años, tal vez menos, acaso un poco más... U n aroma olvidado tantos y tantos días... Por lo que toda mí substancia mortal siento al sentí de nuevo tu cariciaj bien veo 7 que recuerdas lo inolvidable, la hora eterna, la inmortal, aún más, ¡la inmarcesible... Seis años... tal vez un poco más... acaso un poco menos. ¡Cuando no sabía, cuando no esperaba, cuando no creía, cuando no hacía más que v i v i r! U N COLOB. -Amanece. Desde la cama, por la ventana abierta, veo correr el sol ligeramente sobre las ramas últimas, tan frágiles aún- -está empezando mayo- -del fresno y de la encina. Las ramas se iluminan en rosa viejo y cobre. Sigue subiendo el sol en el horizonte, y, por lo tanto, sigue bajando la luz. (No cabe duda. L a tierra es redonda, a pesar de que me lo afirmaran en la escuela solemnemente como otras cien verdades- mentiras, por lo cual ¡me sería tan grato poder no creerlo! H a y otras encinas menos altas que, a su vez, se sonrojan y doran a la luz matutina. Cobijada por ellas, una casa pequeña, pintada de ocre claro, tejada de rojo. E l sol naciente baja hasta tocar sus muros... ¡Oh; magia, encanto, hechizo inesperado! Ese color, esc vivo color ocre rojizo, reflejo de inexistente hoguera, bajo el verde obscuro, también rojizamente iluminado de las ramas de encina... ¡Ese color... es la felicidad! ¡N o! ¡Algo más hondo para la felicidad! Ese color- reflejo es la vida misma, aún más, la razón de nuestro existir. E n él está todo: el principio, el motivo, el impulso, la partida, el descanso, la inquietud, la quietud. Y es fugaz. Apenas se ha pintado en la visión, y ya intenta mudarse y apagarse. ¡No quiero! ¡X o quiero! Es preciso que dure, que no se apague nunca ese fulgor de hoguera que no existió jamás en ninguna parte. ¡Aguarda! Y a se fué... Los muros de la casa son de un ocre opaco y vulgar. Las frondas de las achaparradas encinas, de un monótono verde consuetudinario. Cesó la magia, se conjuró el hechizo. ¡Qué pesadumbre tan vacía de gracia la del día que empieza! ¿Dónde, en qué ocasión he podido contemplar el milagro de ese ladrillo, ese ocre, ese verde incendiado, para que así haya quedado en mí su vibración suprema, cousubstancialniente significativa? ¿Qué día marcado con piedra blanca o negra recuerdo en ellos? Indagaré, bucearé en el mar revuelto y rebelde de la memoria... X o es un día entre días, no es una hora. Son infinitos instantes de inconsciente consciencia. E n la pared frontera a mi cuna- -fué mi cuerpo niño tan menudo y pausado en crecer que dormí en cama- cuna acaso lustro y medio- -una oleografía, que ahora, sin duda, tendría por horrenda. L a casita en el bosque. E n sus muros ocre, en los verdes profundos del ramaje, en el rojo tejado, el reflejo de la invisible hoguera... Dormirme, despertar un día y otro dia. Cuando aún no soñaba, no podía soñar. E l alma no había señalado la frontera entre vigilia y sueño... U N A C A N C I Ó N -N O pongas ese disco en el fonógrafo. ¡N o lo puedo sufrir cuando esto triste! Me he resignado a todo, como todos. H e creído decir, de una vez para siempre, ¡A m é n! al Destino. Pero no puede ser. ¡Cuando oigo esa canción, no puede ser! ¡Es toda la promesa de lo que no ha llegado, de lo que no ha sabido llegar! Cuando sube en el aire su melodía, cuando su cadencia se desploma, caña de quemado y apagado cohete, sus notas me desgarran las entrañas con garfios de hierro. Pero, ¿por qué? ¡E s una canción tan sencilla! N i siquiera romántica. Simple cantar de aldea. De aldea, sí... es verdad. A h o r a recuerdo. M i madre la cantaba para dormir a mi hermanillo chico... G. MARTÍNEZ SIERRA MEDITACIONES POLÍTICAS Ayer y hoy Con interés creciente he leído un folleto que lleva por título La guerra hispanoamericana y sus resultados. L o escribió D. José A. Medel, capitán ayudante del secretario de l a Guerra y Marina de la República cubana; fué leído en el salón de actos de la gran logia de la Isla de Cuba y publicado bajo los auspicios de la misma y de la logia General Antonio Maceo No pueden pedirse más circunstancias para que España pueda utilizar los testimonios favorables, a e l l a- -y no son pocos- -que se desprenden palpitantes de las páginas del interesante folleto. Pero hay algo más que se debe poner de resalto. De las mismas se deduce que E s paña perdió la guerra única y exclusivamente por obra de los partidos políticos, que, a pretexto de gobernarla, la tenían inerme y desorganizada. Ahora que aquéllos alzan la voz, es conveniente rehacer su desdichada historia. E n España- -se lee en el folleto- -las cosas andaban al garete. Allí no había orden ni concierto. Nadie hacía nada práctico. Don Segismundo Bermejo, ministro de Marina, sostuvo una copiosa correspondencia con Cervera. Este almirante, conocedor profundo del estado de cosas, romo veremos más afielante, insistía en el mal estado de la escuadra y pedía urgentemente se repararan los barcos, se suplieran las grandes necesidades que había de torpedos, de municiones, de carbón, de cañones; explicaba de manera patética el lamentable estado de toda Ja escuadra y pedía con desesperación que, por lo menos, se le emplazaran sus grandes cañones al Cristóbal Colón y se repararan las calderas de los torpederos. ¡Horrible estado de confusión y descuido! Finalmente, con una despreocupación inaudita, sin arreglar nada, sin limpiar un barco, sin torpedos, con los mecanismos de varios cañones en mal estado, con. el Colón sin sus cañones de 10, sin casi carbón n i municiones, Cervera se hizo a la mar desde Cádiz, rumbo a Cabo Verde, con el Teresa v el Colón a encontrar la escuadrilla de torpederos ya en Cabo Verde, y al Viscava y al Oquendo, que venían desde Puerto Rico. Cervera, salió de Cádiz sin órdenes. ¡Solamente sab a que debia ir a Cabo Verde, y allí esperar al Oquendo y al Vizcaya, asumir el mando de la flotilla de torpederos, que incorporaría a su encuadra, y que las ordénes le serían enviadas por medio de un barco carbonero que no caminaba más de siete u ocho millas! E l cable de Cervert a Bermejo dando cuento, de su salida es un formidable comprobante de lo que liemos dicho. Dice así este cable: Saldremos mañana por la noche, rumbo Cabo Verde, donde se encuentra la flotilla de torpederos qu? X
 // Cambio Nodo4-Sevilla