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Además de esto, puede ayudar mejor que otra persona alguna a los jueces, si es que tú te propones juzgar en justicia al Rey don Sebastián. Por lo mismo, que la cárcel sea para ella un lugar de retiro y de custodia; que se la trate v se la respete como a quien es, y que se me entregue, cuando esté concluido, el proceso del Rey don Sebastián, favorable o adversamente. -Bien- -respondió el Rey don Felipe- Esa mujer será inviolable; por una miserable cuestión de soberbia, no quiero una guerra, que, sobre las que tengo, afligiría demasiado mis vasallos, y si la inviolabilidad de esa mujer ha de tener desarmados a los viles corsarios de Trípoli y de Túnez, sea en buen hora inviolable. Pues ya has dicho cuanto tenías que decirme, vete. -U n momento: llega un día en que Dios toca al coloso con cabeza de oro, cuerpo de hierro y pies de barro; llega un día en que Dios demuestra a los poderosos de la tierra que para E l todos los hombres son iguales; y en ese día tremendo, el espectro de su conciencia se levanta delante del Rey moribundo y convierte su agonía en un infierno, mostrándole las cabezas lívidas de sus víctimas. ¿P a r a qué es la venganza de los hombres, si existe la inevitable venganza de Dios? -Dips tiene en su mano el corazón de los Reyes y a Dios responderé del bien o del mal que haya hecho sobre la tierra. Vete. -Adiós, Rey don Felipe; Venecia te saluda. Y Aben- Shariar salió en paso lento, grave y altivo de la cámara. ¡Dios, Venecia, ese hombre, el otro, la guerra amenazándome por todas partes; cada día más t i rantes, más duras las riendas del Gobierno! i V e necia, la miserable, la impura, la prostituta Venecia! Venecia, República de mercaderes, que todo lo posponen: religión, honor, dignidad, a la v i l ga- más fuerza para evitar la guerra que para hacerla. -Gran principio político, de que yo soy muy partidario; porque yo, mejor que otros, sé lo que las guerras cuestan, lo que abruman con incesantes y, difíciles cuidados al que impera. -Pero tratábamos, señor- -dijo Aben- Shariar trayendo a la cuestión, a Felipe II, que se le escapaba- de una altísima persona, que bajo un nombre supuesto, y bajo una apariencia humilde, está presa en los dominios de Vuestra Majestad. -Sí, eso es; de una alta persona, ahijada de Venecia, para quien, por lo visto, se reclama, so pena de una guerra, la más absoluta inviolabilidad. -Eso es, señor- -dijo Aben- Shariar- Venecia no reclama, sino que declara a Vuestra Majestad lo inviolable de su ahijada doña María de Souza Carbalho. ¡A h ah! Pues no conozco ninguna dania que haya podido ser por derecho propio Reina y se llame doña María de Souza Carbalho. -Ese es un segundo nombre, señor. ¡A h 1 Ese nombre es también un nombre supuesto. -No, no, señor; esa princesa es descendiente en línea recta. -Confieso que no os comprendo bien. -Quiero decir que ese es el nombre que tomó al bautizarse la princesa de quien hablo a Vuestra Majestad. ¡A h! ¿Esa princesa no es hija de cristianos? -No, no, señor; esa princesa es descendiente en línea recta del profeta Mahoma. E l Rey se puso de pie. -Habéis pronunciado el nombre del maldito M a homa con un respeto que me hace también creer que vuestro nombre es falso. -Rey don Felipe: el que está ante ti vale tanto y puede tanto como t ú pero de una manera doble; como Pietro Mastta, como patricio de Genova y de Venecia. como uno de los Diez del Consejo Supremo del Estado veneciano, valgo tanto y puedo tanto, unido con mis compañeros, como tú v como el Monarca más poderoso de la tierra: ir. compañeros v yo somos la cabeza, el corazón y la espada de Venecia, y ¡ay del que se atreva a iu-