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Felipe II miraba mudo y sombrío a Aben- Shariar, que, irritado por la calma glacial del Rey, estaba pálido y convulso. -Y oye tú, Felipe de Austria, soberbio hijo de Carlos V yo aborrezco el nombre cristiano como tú aborreces el nombre musulmán. ¡A h! -exclamó el R e y- ¡T ú eres un impostor! -Yo soy Pietro Mastta, senador del Consejo de los Diez de Venecia, y, al mismo tiempo, SidiÍYhaye- ben- Shariar, Emir, Rey, señor de una de Jas siete provincias del África Occidental; y para que l o veas, para que engañado no te atrevas a talgo que rompa l a paz entre Venecia y España por una ofensa hecha a mi persona, mira. Aben- Shariar sacó de su justillo un tubo de plata y de él un pergamino vitela con un sello de oro pendiente de hilos de seda. E l Rey desenrolló con mano trémula de cólera el pergamino; porque jal saber que tenía delante de sí un moro, a un enemigo de Dios y del nombre cristiano, había perdido todo su aplomo, se había convertido en el terrible Felipe I I que conservaba aun en l a vejez toda su terrible energía, y leyó lo siguiente: El D u x en nombre del Consejo de los Diez ele la Serenísima República de Venecia; a t i Sidi Yhaye- ben- Sliariar, salud de buena voluntad: Teniendo en cuenta los grandes servicios que has prestado a l a República de Venecia, que por t i nuestras naves ejercen libremente el comercio en el Adriático y en el mar Mediterráneo: Considerando que eres el más poderoso y el más bravo de los siete Emires del África Occidental: Considerando que la Serenísima República de V e necia ha inscrito tu nombre como patricio por grandes servicios prestados a aquella República, conociéndote como Pietro Mastta, la Serenísima República de Venecia ha inscrito t u nombre en su L i bro de O r o y te ha nombrado miembro de su Consejo de los Diez. llenando contigo! a vacante que ha resultado por la ejecución, como traidor, de ¡Bartolomeo Su fani. es desde hoy al Consejo Supremo de los Diez de Por tanto, tú. monseñor Pietro Mu reviene a Serenísima República de Venecia, y tu nombre árabe es desde hoy un alto secreto de Estado. En Venecia, en nuestro palacio, a doce días del mes de enero de mil quinientos ochenta y cuatro. -El Diix. E l Rey enrolló violentamente este pergamino y le entregó a Aben- Shariar. -Concluyamos- -dijo con voz trémula el católico Rey don Felipe- N o hablo con el infiel enemigo de Dios, sino con el hombre que representa a la República de Venecia; tu mensaje terminante y concluyamos. -En cuanto al Rey don Sebastián- -dijo Yhaye- ¡le entregamos a tu conciencia; no ponemos mano ¡por él a nuestra espada, porque Venecia no pniquista a nadie reinos; pero en cuanto a la Sultán; Sayda Mirian- ben- Juzef- ben- al- Hbayzarí, la declaramos inviolable y te haremos cargo de todo lo que en su daño o menosprecio se haga. Entre l a guerra que puedes tú hacer a Venecia y el estrago que ¡puedo yo hacer con mis naves corsarias a las naves mercantes venecianas y a las costas del Adriático, Venecia prefiere una guerra contigo, que no pucJes hacerla tanto daño como yo. ¿Y por qué, por qué- -dijo Felipe I I con un altivo desprecio- tú, pirata; tú, infiel, que así dispones de Venecia, porque está dejada de l a mano ¡de Dios y caerá un día bajo l a cólera divina, no me pides me quite de l a cabeza la Corona de P o r tugal para ponerla en las sienes de tu pastelero? t i r a de Dios, que yo no sabía hasta dónde llegaba m i paciencia! -Si yo no te pido en nombre de Venecia l a inviolabilidad del Rey don Sebastián, es porque tú preferirías a esto la guerra con Venecia; es porque ya en t u poder, en el corazón de tus Estados, ese desdichado Rey no puede encontrar salvación sino en un milagro de Dios, que toque tu alma empedernida. L a guerra sería inútil; sería una venganza estéril que costaría mucho oro, mucha sangre y muchos desastres. Pero en cuanto a la Sultana Sayda M i r i a m -Tienes razón yo no arrostraré p o r una mujer una guerra con mi solapada enemiga Venecia. N o yale una Sultana mora una sola, gota de sangre de jf